‘Iván Márquez’ manosea la paz

‘Iván Márquez’ manosea la paz

No le hace nada bien al proceso que un excabecilla del Secretariado de las Farc suelte vaharadas venenosas de añoranza por las armas. ¿Al fin en qué está Luciano Marín? El país le exige claridad.

Al exjefe guerrillero Luciano Marín, más conocido como alias “Iván Márquez” le hacen falta, según lo enfatizó en un reciente video, las armas para lograr que el Estado cumpla los compromisos del Acuerdo con las Farc. Sus palabras riñen con la supuesta intención de apostarle a la paz que pregona en su retórica, mientras permanece en la clandestinidad. Por eso el país, que no sabe a qué juega en el limbo en que se encuentra, les exige claridad a él y al Gobierno Nacional para saber finalmente en qué orilla camina este exmiembro del Secretariado: la del posconflicto o la de las disidencias y la reedición de su perfil criminal.

Después de cinco años de negociaciones en La Habana y dos de haber firmado el acuerdo perfeccionado del Teatro Colón, en Bogotá, plantear que las Farc no debieron entregar las armas e invocar a “Manuel Marulanda”, “Tirofijo”, para sustentar que la conservación de los fusiles era “el seguro” para exigir cumplimiento del Estado, ofende a la ciudadanía y a quienes creyeron en el proceso y lo apoyaron.

“Márquez” deja notar el vacío que lo asalta porque ya las Farc no pueden imponer condiciones con la pistola en la mesa (recuérdese a las Farc en San Vicente del Caguán con sus fusiles y uniformes todo el tiempo, en cada sesión y audiencia de la negociación con el gobierno Pastrana). O con la pistola en la cabeza de sus víctimas y contradictores (recuérdese a los cientos de secuestrados políticos y económicos). Es el reflejo, bastante gráfico, de una guerrilla que durante 52 años estuvo empeñada en martillar sus fierros para poner al país de rodillas y alcanzar el poder a través de las armas.

El peor mensaje es el que da “Márquez” a los reinsertados que, ante la debilidad de la implementación del acuerdo y la oferta tentadora de los ejércitos ilegales del narcotráfico, la minería criminal y la extorsión, dudan de su continuidad y compromiso con el retorno a la civilidad y su respeto a las leyes y la Constitución. Una figura de su ascendencia entre los desmovilizados, ante las cojeras ciertas del proceso, no puede hacer una reflexión pública cuyo efecto final es ahondar las dudas de quienes fueron guerrilleros rasos y que con estas vaharadas venenosas de Márquez pueden perder el juicio y creer que el futuro es volver a cruzar la puerta que lleva a la violencia y la destrucción suya y del país.

Más allá de estos análisis pérfidos del exjefe guerrillero, es urgente entrar al terreno de las definiciones: que la Farc, sus compañeros ya afiliados a la política y al Congreso, empiecen a reclamar con cuál versión de sí mismo se queda su copartidario: la de “Iván Márquez”, el clandestino, el disidente, el ilegal, o la de Luciano Marín, el que porta su cédula de ciudadanía y está dispuesto a afrontar los caminos de la política y las vueltas ordinarias y las vicisitudes de un ciudadano de a pie.

Esta condición tan parecida a la de la novela de El doctor Jekyll y el señor Hyde, la de un individuo con doble personalidad que dice que su máxima apuesta es por la paz, pero que al tiempo flaquea ante la añoranza de las armas, debe acabar. Ante la JEP, que lo sigue esperando de cuerpo presente en las audiencias; ante el Gobierno, con quien pactó por su libre voluntad la desmovilización, y ante la ciudadanía, que exige saber si aportará a construir otro país, sin las Farc y sus armas, o si continuará en la tarea de destruirlo.

Sería bueno que el señor “Márquez” divulgue otra pieza de video con esas respuestas.

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