Ningún terrorista se sometió, ¿qué hacemos?

Ningún terrorista se sometió, ¿qué hacemos?

Con la ley 1908 el Gobierno del Dr. Santos pretendió remendar lo que tantas veces le advertimos desde la oposición. Cuando el Presidente les prometió la paz a los colombianos, respetuosamente le manifestamos que ello constituía una vil mentira. Las razones eran muchas, pero entre todas ellas sobresalía una inobjetable: la paz no se alcanzaría si algún grupo armado organizado (GAO), como el Eln, se rehusaban a deponer las armas.

Total, refundamos un Estado a través de la expedición de todo un ordenamiento jurídico nuevo, con bloque de Constitucionalidad y Acuerdo Internacional Especial incluido y más de 400 normas que desarrollan la nueva Constitución Política (todo lo cual se dio a costa de la división nacional) para albergar en las filas de la civilidad a algunos miembros del ex grupo terrorista Farc.

Y, como quiera que quedaban por fuera los elenos, los urabeños, el Clan del golfo y cuanto sátrapa continúa por ahí suelto, pues no se pudo hablar de paz,  menos de posconflicto y mucho menos de desarrollo integral estable y duradero, como nos lo prometieron.

Fue allí cuando el Dr. Santos propuso una ley de sometimiento para todos las GAO que, a cambio de reducción sustantiva de penas, se sometieran a la justicia en un término máximo de 6 meses.

El problema fue que, con esos GAO, no habría negociación sino sometimiento; a ellos no se les iba a dar status político; con ellos no se hablaría de bloque de constitucionalidad, acuerdo internacional especial ni fast track. De plebiscitos refrendatarios, modificación de censo electoral, juez hecho a la medida y garantía de curules en el Congreso, ni hablar. A esos terroristas se les exigía lo que no se les exigió a las Farc, sometimiento al Estado de Derecho.

Una vez vencido el término y como era de esperarse, ninguno de estos GAO se sometió, ni siquiera amagaron con someterse pues, en últimas, se sienten con los mismos derechos que los miembros de las Farc. Y, desafortunadamente, no les hacen falta razones salvo, quizás, que han sido menos exitosos que las Farc a la hora de matar, secuestrar, extorsionar, desplazar, acribillar, mutilar, violar, corromper y delinquir.

Lo grave, además, es que a ellos tampoco los hemos logrado vencer en el campo de batalla, -ni en el político ni en el militar-. ¿Qué hacemos? Sin sometimiento y sin victoria del Estado, ¿cómo poder hablar de paz y posconflicto con más droga que nunca, con cientos de líderes sociales asesinados y con un alud de violencia comparable a la de los tiempos más tenebrosos?

No la tenemos fácil.

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