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Sábado 18 de Agosto del 2018

ABDÓN ES ABDÓN, PERO…

"El proceso de paz y la reelección están inexorablemente combinados", di jo Enrique Santos hace un par de semanas en un foro en Washington, y con esas declaraciones dio inicio inequívoco a la campaña electoral de su hermano Presidente.

Enrique no improvisó. Sus declaraciones fueron hechas durante su intervención inicial en el foro, con notas en la mano que revisaba de manera continua. Durante el tiempo de preguntas ratificó lo dicho, con muy ligeras variaciones. Sus palabras estaban preparadas y no hubo en ellas imprudencia alguna. Por mucho que Augusto sea Augusto y Abdón sea Abdón, aun si se concediera que lo expresado por Enrique no fue de antemano acordado con Juan Manuel, es imposible sostener que no corresponde exactamente a lo que cree el Presidente.

Y ratifica lo que hemos sostenido desde hace meses: las Farc y el Presidente son dos simbiontes que sacan provecho común del proceso de paz. Las unas para legitimarse en el plano internacional, para lavar su imagen de terroristas, para repotenciar sus contactos políticos y "diplomáticos", para conseguir un nuevo aire para algunos de sus comandantes y para tener un espacio sin riesgos que les permita planear sus acciones políticas y militares en La Habana. Santos para darle norte a su gobierno y para asegurar su reelección y, quizás, su paso a la historia y al Nobel de Paz.

Si de encarar un proceso de paz se trata, yo hubiera preferido, dadas las circunstancias, un Presidente más desprendido de su futuro político y personal, decidido a levantarse de la mesa en el momento en que concluyese que el esfuerzo será fallido o que son inaceptables las exigencias y condiciones de la guerrilla y sus mentiras o sus permanentes dilaciones o sus interminables infracciones al DIH y crímenes de guerra. Sujetar la reelección al proceso solo tiene como resultado hacer dependiente a Santos de las Farc y de su ritmo. Peligrosísimo.

Con todo, intuyo que el mensaje de Enrique en este punto no tenía como objetivo la opinión pública colombiana. La reacción en Colombia a sus palabras parecieron agarrar al curtido periodista desprevenido. La controversia interna fue un efecto colateral e imprevisto.

El objetivo de Enrique eran las Farc. Transmitía el deseo presidencial de apurar el ritmo de las conversaciones, adormecido entre sones y habaneras y el sabroso sol cubano. Y el riesgo de no mostrar pronto resultados, aunque sean parciales. Enrique estaba advirtiéndoles que Juan Manuel es la oportunidad singular, el dorado, el único que puede darles las garantías que las mismas Farc, confiesa Enrique, han pedido.

Por eso tan importantes como las previas son las afirmaciones subsiguientes de Enrique: "¿Seguirá el proceso de paz con cualquier persona que pueda venir después?… Con una persona como Germán Vargas también habrá que preguntarse si está tan jugado personal y políticamente con el proceso de paz como lo está el presidente Santos".

A pesar de los coqueteos mutuos, del vals de oportunidad que bailan a la perfección como buenos cachacos criados en los pasillos del poder, no creo que Juan Manuel Santos sea vargasllerista. Por las mismas razones, no creo tampoco que Vargas Lleras sea santista. En ambos gravitan ineluctables tanto las ambiciones personales como el antecedente del comportamiento de Santos frente a Uribe. La declaración de Enrique lo que quería, en realidad, era frenar cualquier aspiración presidencial de Vargas Lleras para el 2014.

Y Vargas Lleras tomó nota. De manera muy inteligente, a la pregunta de los periodistas sobre lo dicho por el hermano del Presidente, respondió que "no le faltan razones". Así se sacó el clavo del vainazo de Enrique y marcó distancias con la política de paz de Santos. Si tiene éxito, no pierde nada. Si fracasa, puede decir que se desmarcó. Y si Santos no va o Germán lo ve débil y derrotable, tendrá bandera para la contienda y podrá disputarle votos en la derecha al candidato uribista.

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