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Lunes 19 de Agosto del 2019

Camino a la Autopista

Publicado en:

El Espectador  | 

Autor(a): Alberto Carrasquilla  |

Fecha: 02/10/2014

 

Por estos días, apareció un oportuno e interesante libro (infortunadamente no está en versión electrónica aún) cuyo objetivo es visitar el tema de los costos económicos implicados por el conflicto colombiano o, patas arriba, los beneficios que implicaría para el país acabar la violencia. El libro es oportuno por muchas razones, empezando por la de honrar la mas simple responsabilidad de la comunidad académica, que es ponerle reflexión, cifras y autopista a debates trascendentales que, sin ese aporte, siempre terminan en los trillados caminos vecinales del show mediático. El libro es interesante porque recoge y presenta de manera didáctica trabajos que podríamos llamar de segunda generación, es decir, estudios que hacen grandes esfuerzos por superar problemas complicados que tenían sus predecesores y que hacían imposible interpretar, de manera útil para la discusión de política pública, sus resultados econométricos.

Debo comenzar reconociendo que me cuesta trabajo entender el concepto mismo de “conflicto” cuando el tema de fondo es la violencia criminal. No es claro por que los efectos económicos de un asesinato, varían según quien sea el asesino, máxime cuando los asesinos mutan de una tipología (por ejemplo guerrilleros) a otra (bandas criminales, narcos) según el momento o la región en las que actúan. Suficientes problemas tienen los investigadores identificando cadenas claras de causalidad, por ejemplo, como para agregarle otro desafío en buena parte irrelevante para los efectos prácticos de estimar los costos implicados por nuestra violencia. No es fácil entender la lógica inherente al importante trabajo de Villa, Moscoso y Restrepo, por ejemplo, quienes consideran importante distinguir entre dos tipos de homicidios con efectos potencialmente distintos, que los autores se obligan a identificar en medio de la sequía de cifras que nos agobia, y al final, no muy sorprendentemente, encuentran que estadísticamente sus coeficientes son iguales.

En segundo término, dado el carácter pionero y apto para quienes nos iniciamos en este tipo de análisis, uno lamenta la ausencia de un capítulo que formulara y discutiera las paradojas mas obvias para el lego. Se me ocurren dos. Uno, si los costos económicos de la violencia son tan altos, se habla de 2 puntos del PIB anualmente, entonces cabe preguntar: ¿Por qué en Colombia la tasa de interés real, que debería reflejar este costo gigantesco, es mas baja que la de Costa Rica, que no tiene violencia? ¿Por que la duración de los activos financieros no ha hecho sino subir si hay tanta neblina espesa en la parte larga de la curva? Dos, si la violencia ha originado un enorme desplazamiento del campo a las ciudades, cabe preguntar: ¿Por que la tendencia de la tasa de urbanización es tan poco volátil en el ultimo medio siglo y se parece tanto a la de América Latina en su conjunto? ¿Por que la probabilidad de terminar viviendo en una ciudad es tan parecida para un campesino colombiano que para un campesino de casi cualquier otro país latinoamericano, sea en 1960 o en 1990?

Tercero, lo cierto es que terminé la lectura fluctuando entre el entusiasmo que a uno siempre le produce haber sentido desafiados sus prejuicios y sus errores con argumentos sólidos y bien presentados, de una parte, y la convicción de que nos falta demasiado trabajo todavía, de otra. Una teoría general de los efectos económicos de la violencia colombiana y una estimación global de sus costos debe ser capaz de manejar simultáneamente las diferentes dimensiones que se estudian de manera aislada en el libro. La violencia genera cambios en las decisiones que toman los ciudadanos, como personas naturales y como núcleos sociales (familias, empresas) con consecuencias observables sobre aspectos que van desde la demografía, la educación y la participación laboral, hasta el ahorro, la utilización de insumos productivos y la escogencia de productos financieros. El libro me convenció en el sentido de que hemos avanzado varios órdenes de magnitud en la comprensión de un problema trascendental respecto de los trabajos pioneros de M. Rubio, C. Parra y M. Cárdenas, entre otros muchos. Es, en consecuencia, asunto de la primera importancia que estos destacados profesionales cuenten, hacia adelante, con los recursos necesarios para seguir ampliando su aporte a una sociedad cuyo recurso escaso es, tan frecuentemente, conocerse a si misma.

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