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Martes 22 de Mayo del 2018

Carta a Libardo Botero

Señor

Libardo Botero

Director – Periódico DEBATE

Estimado amigo:

Haciendo honor al nombre del periódico, has abierto un sano debate en torno a mi carta del 25 de abril, a cuyos argumentos quiero responder para contribuir al propósito de fijar un rumbo ideológico al Centro Democrático.

Comienzo la carta con la referencia a les elecciones presidenciales de 2010, porque nada se puede entender si no ahondamos en las causas que llevaron a ese fracaso político del uribismo, que no obstante sigue siendo un tema poco analizado. Lo despachas de un tirón, hablando de "traición" por parte de Juan Manuel Santos y con una referencia irónica a mi "escapada anticipada". Te muestras además en claro desacuerdo con mi afirmación sobre las ventajas que habría tenido para la democracia colombiana un triunfo de AntanasMockus, al que consideras "antagonista declarado" de la seguridad democrática.

Para entender las razones que dan soporte a mi afirmación, es preciso recordar que la base fundamental de la democracia reside en el pacto que se establece entre el elector y el elegido. Romper este pacto de confianza es abrir las puertas a la mentira y la desinstitucionalización. Mientras AntanasMockus mantenía una relación recíproca con sus seguidores -así alentara tesis que no compartimos-, Juan Manuel Santos fingía parecerse a Álvaro Uribe con el único propósito de llegar a la Presidencia y gobernar según su agenda personal y secreta. Si pensamos en términos de institucionalidad democrática, es mucho mejor tener a un gobernante que cumpla lo prometido y no a otro que defrauda al pueblo que lo eligió, sembrando la corrupción desde la cabeza visible del Estado. Es en este contexto en el que debe entenderse mi afirmación: “Dije entonces, y lo sigo creyendo, que hubiese sido mejor para la democracia colombiana un triunfo del Dr. AntanasMockus”. No se trata de estar o no de acuerdo con Mockus. Lo que no quise hacer con mi voto fue pervertir una democracia que necesita con urgencia recuperar la confianza de los ciudadanos en los gobernantes.

En relación con lo que tu llamas "escapada anticipada", quisiera hacer algunas aclaraciones para muchos que siguen sin entender mi retiro del escenario electoral a comienzos del 2010, sin dar un debate a fondo que lo justificara. Dije entonces de manera pública que el Partido de la U, del que había sido Director, era una construcción del marketing político, como una marca bien posicionada. Pero que al igual que "Coca-Cola", era un misterio su contenido. Y anuncié que prefería votar en segunda vuelta por AntanasMockus, lo que al final no hice, pues un escrúpulo de conciencia me impidió hacerlo. En fin de cuentas, no compartía sus tesis, y no suelo votar por un candidato sólo para hacerle daño a su rival.

 

Llovieron sobre mí todo tipo de críticas, pues entonces como hoy, el debate estaba polarizado.  Se me dijo que los "antisantistas" eran "antiuribistas", no obstante que la doctrina de la Seguridad Democrática había quedado en manos de un personaje tan oscuro, que representaba, sobre todo en temas de negociación con la guerrilla, todo lo contrario de lo que el uribismo defendía. Me quejé porque el debate se había empobrecido, argumentando el miedo a las Farc como única razón para votar por Santos, como si 8 años de seguridad democrática hubiesen sido en vano.

 

Entendí muy pronto que cualquier cosa adicional que dijera en ese momento sólo llevaría a crispar más los ánimos, y en vez de convencer a los amigos serviría para atacar al Presidente Uribe y a sus seguidores. De allí mi silencio y discreto retiro de la vida pública, pues no podía legitimar ante la Nación un fraude como el que se cometió, a los ojos de todos, sin que los más preclaros dirigentes del uribismo se dieran por enterados. ¿Cuál fue el origen de esta ceguera? ¿Por qué fue tan fácil que un oportunista político como Juan Manuel Santos se apropiara del capital electoral del uribismo?

 

Es sencillo descargar la responsabilidad personal en Santos, tildándolo de traidor. De él podemos decir lo mismo que del alacrán que le pide a la rana que lo pase de un lado al otro del lago, y en la mitad de la travesía la pica con su veneno: el doctor Santos actuó de acuerdo con su naturaleza. Y nosotros, ¿con qué naturaleza actuamos? Tal vez, como solía decir el presidente Uribe, fuimos muy quijanos, y quedamos atrapados en una red de lealtades que nos obligaba a tener un sucesor, que terminó ungido por la unión inescrupulosa de un sentimiento popular auténtico y unas coaliciones políticas que reproducen los viejos vicios de la democracia colombiana. O tal vez no estuvimos a la altura del sentimiento popular que se generó en torno a Álvaro Uribe y era necesario pasar por la forja de la oposición para dar verdadera forma a nuestro movimiento político.      

 

Prefiero considerar que todos, y no sólo Juan Manuel Santos, somos responsables de este desastre. Lo soy yo, porque no fui capaz de convencer al Presidente Uribe de anunciar a tiempo que no habría una segunda reelección, para poder adelantar una consulta popular interna entre los precandidatos uribistas, que nos habría permitido un debate público para una mejor selección. Soy responsable de no haber podido transformar el Partido de la U, aunque debo aclarar que desde el mismo día en el que me eligieron como su Director Único, me retiraron todas las funciones para entregárselas a una Dirección Nacional compuesta por congresistas cuyo único objetivo era reelegirse, y por fuera de la cual carecía de iniciativa. Soy responsable por no haber generado una crisis política, diciéndole al país que era falso el compromiso del Partido de la U con la segunda reelección, pues al contrario todo se movía para imponer a Santos. E incluso, soy responsable por no decirle al país que siendo todavía Álvaro Uribe presidente, sufrí el asedio de quienes desde el interior de su gobierno me hostigaban, por considerar que era un estorbo para sus planes.

 

Debo aclarar, sin embargo, que no vi nunca la posibilidad de un debate constructivo. Intenté manejar una situación adversa con la mayor prudencia, pues detesto las polémicas cargadas de acusaciones paranoicas. Por demás, mi seguridad personal y la de mi familia estaba en peligro. Me limité por eso a conceder las escuetas declaraciones a las que ya me he referido. Y sigo esperando que podamos dar a fondo, ahora sí, el debate que nos permita entender porque dilapidamos ese enorme capital político que tuvo el presidente Uribe entre sus manos. Algunos documentos escritos por mí, que ha publicado el Centro de Pensamiento Primero Colombia, van en ese sentido, sin que hasta ahora nadie los haya respondido o confrontado. Y creo importante el debate, porque temo que las mismas causas que nos llevaron al error político de 2010 siguen vivas, dejando abierta la puerta para que el uribismo arrastre a cargos de elección popular a oportunistas que le han hecho un enorme daño a nuestra causa.

 

Pero bueno, mientras realizamos esos análisis, yo parto de un hecho irreversible. Que con la ingenuidad de los troyanos, llevamos al corazón del uribismo el engañoso regalo de donde salieron los saqueadores que han hecho todo lo posible por destruirnos. Y que es iluso pensar que Troya puede ser la misma después del caballo intruso. Con sus decisiones Juan Manuel Santos nos devolvió doce años atrás, como si estuviéramos al final del gobierno de Ernesto Samper, cuando él intentó por primera vez pactar un cogobierno con las Farc. La aceptación de un conflicto armado interno, el reconocimiento político dado a las Farc en el ámbito latinoamericano, y la conversión de Cuba y Venezuela en garantes de un proceso de paz con este grupo guerrillero, no son asuntos fácilmente reversibles.

 

Intentar hacerlo de manera unilateral sólo por mantener nuestra coherencia ideológica, propiciando una ruptura de la Mesa de La Habana si llegamos de nuevo a la Presidencia, puede exponernos a una intensificación de la violencia, perdiendo además el control del entorno internacional que se ha convocado para acompañar el proceso. Nos veríamos obligados a desatar una persecución implacable contra los cabecillas que podrían seguir actuando desde La Habana o Venezuela, con la justificación de invocar las garantías perdidas a causa de la ruptura. Y me hago la pregunta sobre el papel que jugarían dos generales retirados, con ascendiente sobre las Fuerzas Armadas -los generales Mora y Naranjo-, que se encuentran públicamente comprometidos con la política de Juan Manuel Santos, legitimando con su presencia lo que sucede en la mesa de diálogo.

 

Si nuestra decisión, como movimiento político, es romper los diálogos de La Habana, debemos entonces decir con seriedad cómo lo vamos a hacer y presentar a los electores un plan claro para someter a los violentos sin recurrir a ningún tipo de diálogo. Si al contrario, consideramos que en un Estado de Derecho las acciones de guerra se combinan con acciones de diálogo, estamos en el terreno que yo he propuesto, en el que por demás no estoy inventando nada nuevo. Pues ese fue el escenario que todo el tiempo manejó el presidente Uribe durante sus dos mandatos.

 

Entiendo y comparto los argumentos ideológicos expresados por  ti. Por ejemplo, que nada, ni siquiera la problemática social o la miseria, justifican el uso de la violencia con fines políticos. Sigo considerando, como lo he dejado por escrito en documentos cuyo contenido no he rectificado, que quienes recurren a la violencia para imponer sus ideas son terroristas. Y que un Estado Democrático que se respete debe eliminar incluso el "delito político", que aparece en nuestra Constitución no para imponer sanciones a quien lo comete sino para concederle beneficios. Pero ¿si en pleno auge de la presidencia de Álvaro Uribe no dimos ese paso, porque se supone que podemos hacerlo ahora? No es bueno, en los análisis políticos, pensar con el deseo. Ni imagino a ninguno de los precandidatos del Centro Democrático descartando por completo la posibilidad de un diálogo. Sin embargo, sigo creyendo que el escenario de una constituyente sería el espacio ideal para cerrar de una vez por todas esa justificación del delincuente político que tiene en Colombia rango constitucional.

 

Lamento, por demás, que tomes de manera sesgada algunas de mis afirmaciones, para aplicarme el esquema de análisis que de manera tan brillante se usan adiario para desenmascarar discursos apaciguadores, que se disfrazan con el lenguaje de la paz pero que esconden odio contra el Estado liberal y la propiedad privada. Entiendo tus prevenciones, pero no puedo permitir simplificaciones que deforman mis planteamientos. Por ejemplo, me parece de mal gusto ponerle doble sentido a lo que digo de los dirigentes del Centro Democrático: que "ninguno está apostándole a un futuro de guerra, ni es ajeno a la posibilidad de una salida concertada con quienes han tomado las armas en contra del Estado”. No puedes concluir a partir de una lectura a la carrera de esta frase, que desconozco la necesidad de enfrentar la "amenaza" terrorista, o que me desentiendo de la defensa de las instituciones democráticas, sugiriendo que "de hacerlo estaríamos 'apostándole a un futuro de guerra'”. Y menos aún decir que mi propuesta consiste en "sumarse a las negociaciones desde ahora, con algunas condiciones inanes".

 

Como hablo de una “una salida concertada con quienes han tomado las armas en contra del Estado” -expresión que para ti resulta "vaga y riesgosa"-, supones sin ningún fundamento que se trata de conversaciones que no tienen como norte la "desmovilización" y "el desarme" de quienes se encuentran por fuera de la legalidad, o que estoy justificando la "impunidad". Conclusión a la que llegas porque imaginan que soslayo ahondar en estos temas para dejar "abiertas las puertas a una 'salida concertada' como la que se está sellando en Cuba". Por favor Libardo, no uses tanto la imaginación y atiende más a lo escrito. Pues solo en una cabeza demasiado imaginativa puede anidarse la idea de que hago parte de lo que se está concertando en La Habana, lo que además te lleva a ridiculizar mi propuesta de ponerle a este proceso “correctivos” decididos por los ciudadanos en las urnas.

 

De verdad no entiendo lo que pretendes. Como asumo que no es ésta una discusión académica sino política, pongámonos entonces frente a los hechos concretos. El proceso de paz con las Farc está en marcha, gústenos o no nos guste. Y dicho proceso va a continuar, cruzándose con las elecciones presidenciales de 2014, en las cuales el presidente Juan Manuel Santos va a buscar su reelección mostrándose como el abanderado de su continuidad, mientras nos caricaturiza a nosotros como los adalides de la guerra. Muy probablemente la fórmula vicepresidencial del doctor Santos va a ser el general Oscar Naranjo, quien dirá que él hizo parte de la seguridad democrática pero que ahora es el momento de la paz. Y tu consideras que la única propuesta que debemos tener desde el Centro Democrático es que, una vez ganada la presidencia, acabaremos el 7 de agosto de 2014 con esa mesa de diálogo e iniciaremos la implacable persecución militar de quienes están allí sentados.

 

Si es así, debo suponer que estás pidiéndole a la ciudadanía que nos de su voto para aplicarle al proceso de paz de La Habana un "correctivo" extremo, como es acabarlo. Propuesta que me parece torpe, pues eso es lo que buscan Juan Manuel Santos y el Partido Liberal. Mostrarnos como unos vampiros ávidos de sangre que sólo quieren la guerra, mientras ellos posan como los ángeles de la paz. Será fácil estigmatizarnos, y también fácil enredarnos en un discurso confrontacional, reactivo, haciendo de las críticas a lo que pasa en La Habana el tema central del debate electoral. De esta manera le quitamos importancia a otras propuestas, más vitales para los ciudadanos. Lo que convoca a los electores es la esperanza en una vida mejor, no la crítica diaria a un grupo armado ilegal que no tiene simpatía entre la población.

 

Me parece más realista y sensato pedirle a los ciudadanos que nos apoyen para aplicar correctivos que lleven al cese de la violencia, exigiendo “gestos de paz” al grupo armado ilegal, que se convierten en condición para "continuar el proceso”.  Pongo tres ejemplos de lo que podrían ser estos gestos, como “cesar la extorsión, el reclutamiento de menores y dejar de sembrar minas en los campos”. Y pido que se tenga en cuenta a las víctimas. A ti te parecen pocas las exigencias, y te generan desconfianza porque de algunas de ellas habló el presidente Santos para después abandonarlas. Lamento que me compares con Santos, pero a mi me parecen importantes estas exigencias, pues supondrían un gran cambio en la vida cotidiana de miles de personas. Pero si consideras que la lista de exigencias debe ser más larga, el debate está abierto, pues se trata de buscar el apoyo popular para hacerlas realidad.

 

En relación con el espacio que pido para las víctimas, de manera atrevida me muestras como si me silenciara adrede frente a los victimarios. Si utilizo el término cristiano perdón, para decir que sólo una víctima puede perdonar a su victimario, no lo hago porque desconozca la diferencia que hay entre el perdón y la aplicación de la justicia. Se trata más bien de resaltar, frente a mis amigos del Centro Democrático -a los que considero interlocutores de buena fe-, que me parece insultante para las víctimas que se esté hablando de beneficios jurídicos y perdón, sin tener en cuenta la voz de quienes han sufrido de manera directa por los crímenes de aquellos cuyas responsabilidades y penas supuestamente serán condonadas.

 

Digo por eso con claridad que nuestra tarea inmediata consiste en organizar a nivel nacional a las víctimas de la guerrilla, para no repetir lo que han hecho algunas organizaciones que se muestran como representantes de las víctimas de agentes del Estado o de los paramilitares, para suplantarlas y usar su dolor con propósitos político-electorales. No quiero ponerme de manera arrogante en el lugar de quien ha sufrido, para decir cómo reparar su dolor. Ni repetir en abstracto, en un país con una justicia sesgada que ha sido utilizada como instrumento político incluso en mi contra, que se trata de la aplicación de la justicia, desconociendo la campante impunidad. Dejo pues abierto el debate, pero que apenas lo inicie no te autoriza para atribuirme intenciones que no he expresado.

 

Como has estado tan empeñado en ver en mi escrito lo que no digo, lamentablemente has pasado por alto algunos ejes fundamentales. Por ejemplo, cuando afirmo con claridad que la realidad política de Colombia nos obliga a oscilar entre la guerra y la paz, y que así será por un tiempo mientras aclimatamos la convivencia. Es decir, que un gobernante serio debe atender tanto a los temas de la paz como a los de la guerra, entendiendo que se trata de dos campos complementarios. Así me comporté durante los 7 años en los que me desempeñé como Alto Comisionado para la Paz -labor que alabas-, y no puedes juzgarme ahora de manera diferente, haciendo caso omiso de lo que ha sido mi actuación pública.

 

Otra cosa es mi invitación a enfrentar con realismo los cambios que se han producido, minimizando los riesgos para que un proceso de paz mal llevado no nos conduzca a nuevas situaciones de violencia (como sucedió durante los gobiernos de Belisario Betancur y Andrés Pastrana). Para impedir que unas relaciones internacionales mal manejadas terminen con una deslegitimación del Estado colombiano, es mejor tomar en nuestras manos las riendas de este proceso de diálogo, en vez de mantenernos alejados y asépticos, como si estas negociaciones no fueran tema de debate electoral y asunto central para un nuevo gobierno.

 

Es por eso que planteo la fórmula sencilla de decir públicamente desde ahora, que si al llegar a la Presidencia en el 2014 encontramos este proceso de paz en marcha, estaremos dispuestos a continuarlo, previa evaluación según el mandato popular que recibamos y aplicándole los correctivos que sean necesarios. De esta manera, le quitamos a la reelección de Santos la bandera que quiere agitar, mostrándose como líder de la paz mientras nos estigmatiza como los monstruos de la guerra. Y quedamos a la espera de lo que suceda en esa mesa de diálogo, sin mermar en nuestra actitud crítica, impidiendo que el tema se convierta en el eje central del debate electoral. Si a alguien le conviene que así sea es a nuestros opositores políticos. El pueblo, en caso de apoyarnos, nos dará su voto porque nuestro candidato genera confianza y esperanza, y no por la oposición que le hagamos a Santos o por la denuncia que hagamos de las atrocidades de las Farc. 

 

La crítica a mi carta encuentra un momento de paroxismo al encontrar lo que tu llamas una condición "de antología". Se trata de mi afirmación: “Y creo además, como claman intelectuales y sectores de izquierda, que se necesitan cambios estructurales para que la paz sea duradera”. Deduzco por tus expresiones, que creíste encontrar la prueba reina de que algo extraño había pasado en mi mente, invadido tal vez por una extraña fiebre que me acercaba peligrosamente a los postulados de las Farc. Tengo plena conciencia de la expresión que he utilizado y sé que en un país polarizado como Colombia, lleno de esquematismos heredados de disputas que nos han costado miles de muertos, es fácil acusarme de "volver, a estas alturas, a justificar la actividad de los terroristas por la existencia de desigualdades e inequidades sociales y económicas".

 

No mi querido amigo, no estoy legitimando el terrorismo. Ni creo que la "lucha armada" se justifique por la existencia de inequidades sociales. Pero no puedes ser tan ciego para desconocer que la falta de una política social sostenida e incluyente, expone a diario a miles de niños y jóvenes a caer en manos de delincuentes que los usan para expandir sus imperios criminales. Las Farc saben utilizar bien esta cantera de niños y jóvenes desprotegidos por el Estado, como lo ha sabido hacer el Eln, como lo hicieron las Autodefensas y lo siguen haciendo las bandas de narcotraficantes. Decir entonces, como afirmo yo en mi carta, que “no podemos dejar que la miseria urbana y campesina sigan siendo caldo de cultivo para que nuestros jóvenes se vinculen a la ilegalidad”, no puede interpretarse con la indolencia que muestras al considerar que por justificar esta reivindicación -que así no nos guste formulan algunos intelectuales de izquierda-, estoy justificando a quienes usan la violencia y el terror para imponerse sobre el Estado democrático.

 

Me pides, según tu lógica, no "mezclar el análisis de los problemas económicos y sociales con la cesación de las actividades de los terroristas", pues lo consideras "un completo despropósito". ¿Cómo hago entonces para esconder que son los jóvenes de los sectores más pobres de las ciudades y del campo colombiano, los que terminan engrosando las bandas criminales? Tu temor ideológico, que comparto, de no justificar la acción criminal con discursos sociales, no puede desconocer que los graves problemas de marginalidad que afectan a nuestra sociedad perpetúan los ciclos de violencia, así sea que este capital de muerte lo centralicen los grupos guerrilleros o las autodefensas, o cualquier estructura de poder interesada en imponerse a los ciudadanos mediante el terror.

 

Decir que con mis planteamientos otorgo legitimidad a los terroristas, o que dejo "abierta las puertas para nuevos brotes violentos", o que revisto la violencia "de una aureola de virtud", son imputaciones tan engañosas como las que me han hecho los sectores de izquierda por haber acompañado al Presidente Uribe en su gobierno. Sólo una justificada prevención a nuevos descalabros ideológicos, que no vienen de mí sino de tanto oportunista que se sigue colando en el uribismo, me lleva a comprender tus temores, que en mi caso no puedo aceptar. Porque es fácil gritar consignas radicales contra la guerrilla o contra la izquierda para ganarse por la vía emocional unos votos, para después acomodarse en las mieles del gobierno, como han hecho decenas de concejales, alcaldes, gobernadores, diputados, congresistas y hasta un presidente, que en los últimos años se han hecho elegir bajo las banderas de Álvaro Uribe.

 

El tema de la convocatoria de una Asamblea Constituyente lo despachas de entrada, diciendo que se trata de la misma Constituyente que ha pedido la guerrilla. Quiero recordar, al respecto, que la necesidad de convocar una Constituyente la formulé mucho antes de que se conociera la existencia de diálogos entre el Presidente Santos y las Farc. Y que en dicho planteamiento han coincidido, en diferentes momentos, personas exentas de toda tacha para ser señaladas como cercanas a la guerrilla, como el doctor Álvaro Uribe, el senador Juan Carlos Vélez y el representante Miguel Gómez. Incluso, en un documento que puede consultarse en la página web del Centro de Pensamiento Primero Colombia, está consignada desde hace más de un año esa propuesta, sin ninguna referencia al proceso de paz.  

 

Me reafirmo, por demás, en que son necesarios cambios en el modelo económico y en la doctrina militar, "no para ser debatidos en la mesa de La Habana, pero sí para ser acordados entre los ciudadanos”. Y no tienes que hilar fino para tratar de encontrar convergencias con las propuestas de las Farc, pues de tiempo atrás he dicho que dicha Constituyente debe abordar además la reforma a la justicia, la propuesta de un Estado federal y de un régimen parlamentario. Con proceso de paz o sin él, considero necesaria esa reforma, en la que incluyo muchos otros temas, que no es del caso tratar en este momento.

 

Pues lo que me corresponde ahora es deshacer ese galimatías con el que pretendes satanizar mi propuesta. Vamos entonces por partes. Cuando digo que “el gran Acuerdo de Paz se logra con los ciudadanos desarmados, y con dirigentes capaces de liderar los cambios que necesita el país, abriendo así los cauces a una paz duradera”, la afirmación debe entenderse como la entendió Francisco Santos, quien en respuesta a la carta enviada anotó en su twitter que el núcleo central de mi planteamiento no eran los acuerdos con los armados, sino con los ciudadanos. Es por eso que agrego: “Los acuerdos a los que se llegue con los grupos armados ilegales son accesorios a este pacto nacional, que debe pasar por una Asamblea Constituyente”. Y es allí donde tu le tuerces el pescuezo al texto, sacando, no sé de dónde, que en mi escrito "se concede a los acuerdos con los terroristas la potestad de ocuparse de las grandes reformas del país".

 

Como después de lanzar esta temeraria acusación no tienes como demostrarla, con sagacidad sofística insinúas que tienes "fundadas dudas" sobre el carácter de "accesorios" que doy a los acuerdos a los que se pueda llegar con los grupos ilegales, como si yo fuera un timador tratando de vender gato por liebre en un mercado de baratijas. Y como tampoco puedes demostrar esa "fundada sospecha" -que de "fundada" solo tiene lo que aspiro sea una involuntaria malinterpretación de buena fe-, sales después con el cuento de que para el "desarme y reinserción" no se requieren cambios de la Carta Política, como si yo los estuviera pidiendo. Y, cosa curiosa, de manera sorpresiva se ponen en los zapatos de las Farc, dando a entender que la Asamblea Constituye será inútil porque cabe la posibilidad de que dicha Asamblea deseche las pretensiones de la guerrilla, cuando nunca he hablado de someter dicho escenario -como ustedes lo sugieren- al "chantaje" de una "minoría violenta".

 

Para finalizar, y cuando ya nada queda de ese Luis Carlos Restrepo comprometido con la seguridad democrática del que algunos méritos reconoces al comienzo -perfilándose más bien como un oscuro titiritero que le abre caminos a las Farc-, guardas un solemne silencio sobre los planteamientos centrales que hago en torno al Centro Democrático, como la necesidad de separarnos de la dicotomía izquierda-derecha para defender la democracia en torno a cinco ejes fundamentales. Tampoco dices una sola palabra de la defensa de la democracia con libertades en contra de las democracias socialistas con sesgos autoritarios; ni de la defensa de la libre empresa y la visión de Colombia como país de emprendedores.

 

Parece que nada de esto cuenta, pues mi suerte está echada. Todo lo que digo, incluso el llamado a superar ese ambiente de mezquindad al que quieren arrastrarnos quienes criticaron nuestro proceso de paz con las autodefensas y hoy defienden el proceso con la guerrilla, todo eso queda en letra muerta, pues en nombre de "la moral y los principios", termino siendo juzgado por lo que dije y por lo que no dije, por mis palabras malinterpretadas y por mis silencios, a los que les supones una intención que no tienen.

 

De allí que el artículo culmine con una pregunta, que acojo de manera fraterna aunque no por eso deja de ser grosera: "¿Por qué Luis Carlos Restrepo está proponiendo, ni más ni menos, respaldar las negociaciones de “paz” de La Habana?". Dices que no atinas a dar una respuesta. Y no puedes darla, porque la pregunta está mal formulada. Pues en vez de empezar a sospechar y hacer cábalas sobre un supuesto apoyo mío al proceso de paz de La Habana, que ni estoy dando ni lo necesita, te sugiero estimado amigo volver a leer la carta sin claves marcadas, que nunca las ha tenido. Lo que estoy formulando es una propuesta política para el Centro Democrático, a partir de un profundo compromiso con las ideas y la obra de Álvaro Uribe, y de mi experiencia como Alto Comisionado para la Paz durante su gobierno.

 

Y lo hago como ciudadano que ama a Colombia, que tiene claros los riesgos en los que nos encontramos, preocupado por los graves problemas que ha enfrentado el uribismo para pasar de ser un sentimiento de opinión en torno a un líder a un movimiento organizado capaz de persistir en el tiempo e incidir en la historia nacional por largo tiempo. Pero ante todo, lo hago, porque después de haber logrado lo que logramos, y de haber perdido lo que perdimos, veo que tenemos una pequeña oportunidad para retomar el rumbo, y no quiero que nos equivoquemos de nuevo.

 

Atentamente,

Luis Carlos Restrepo Ramírez

IV-28-2013

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