Viernes 20 de Octubre del 2017

Carta de José Felix Lafaurie a Luis Carlos Restrepo

Apreciado Doctor, Restrepo.
 
Al margen de mis comentarios sobre la carta que usted dirige al expresidente Uribe y a los precandidatos del Centro Democrático, valoro mucho su actitud de tener una mirada sobre el actual proceso y, aún más, de abrir un debate constructivo sobre lo que el país debe hacer a propósito de los diálogos para ponerle fin al conflicto. Aprovecho entonces la oportunidad, para avanzar en algunos comentarios que pueden ser útiles.
 
Comparto con usted que el Gobierno inició un proceso sin pedir a cambio lo elemental: el cese de toda hostilidad. Sin embargo, otra cosa estaba pensando el jefe de Estado cuando, desde su posesión, empezó a decir que tenía la llave de La Paz. Es evidente que Santos, ante el protuberante fracaso de un gobierno que fracturó la ecuación política que lo llevó al poder y abandonó el legado que le devolvió la esperanza al país, terminó en el callejón sin salida de una paz impune, solo con el propósito de hacerse reelegir.
 
Contrario a lo que se propuso, el Presidente Santos es cada vez más rehén del proceso. Así lo advirtió su hermano Enrique en tres oportunidades. Primero, cuando dijo que había que dejar las bravuconadas por el fallo de La Haya, porque podía afectar el proceso de paz, y después, en dos entrevistas en las que, claramente, ligó la suerte del proceso con la reelección. Ahora, sin las locomotoras en marcha, con una economía a la baja y con una sintonía con el elector cada vez más baja, su única tabla de salvación es lograr firmar un acuerdo. No importa qué tanto se dé a cambio. Aún más, soy de la opinión que, de firmarse, dejará graves secuelas a la democracia colombiana, como lo advertí en un reciente debate sobre el tema, organizado por La Universidad Javeriana y La Silla Vacía.
 
Las Farc han demostrado con creces que  el único lenguaje que conocen y usan es el del terror. Las manifestaciones de la opinión pública interna o a nivel internacional les resbalan, y es evidente que las víctimas no les interesan. Ya anunciaron públicamente que no reconocen a ninguna y que, por el contrario, ellos son víctimas del Estado y de la sociedad, y aún así el Gobierno sigue negociando.
 
Una vez más pretenden confundir la paz con una negociación vergonzosa para el país; que además es ilegítima e inconveniente. No pagarán un día de cárcel; exigen representación política amplia y, lo que es peor, como ya le expresé, no reconocen ninguna víctima, mientras todos los días, en especial entre la población rural, las víctimas siguen cayendo sin justificación alguna, si es certo que estamos negociando con un grupo que dice tener voluntad de paz. Y mientras tanto, como sucedió recientemente, el país es convocado, el mismo día instituido por la Ley para honrar la memoria de las víctimas, a marchar para apoyar la negociación con quienes más las han causado y ni siquiera las reconocen. Es un sinsentido, con el solitario cuestionamiento de quienes, desde la orilla de un uribismo doctrinario, pretendemos, a fuerza de pedagogía, convencer a los colombianos de que el camino emprendido conduce a una paz falsa; una paz que, más pronto que tarde, derrotará la promesa de valor de vivir en un país donde la excepción sean los actos de violencia.
 
Por ello me sorprendió su carta, no sólo por algunas afirmaciones que usé en mi tuiter,  sino por venir de quien, de manera exitosa, logró someter a paramilitares y guerrillas en un proceso sin antecedentes en Colombia, por el número de actores armados que se incorporaron a la vida civil. No obstante tamaña tarea, ahora es usted  injustamente acusado de una presunta falsa desmovilización, por cuenta de unos criminales que abusaron de la generosidad del Estado.
 
No somos enemigos de la paz. No somos enemigos de nada ni de nadie. Simplemente no estamos de acuerdo con una negociación que no solo les entregó a las Farc las decisiones sobre el desarrollo del campo colombiano, cuando el Gobierno afirmó que no negociaría el modelo de desarrollo ni la economía de mercado; sino que va a llevar a los líderes guerrilleros al Congreso de la República y, como si fuera poco, pretende borrar de nuestra historia de dolor a todas las víctimas de las Farc.
 
Si las Farc no declaran públicamente y cuanto antes, que han secuestrado, asesinado, extorsionado y desplazado durante 60 años, las conversaciones deberían suspenderse. Esa debió haber sido una condición de inicio. Lo contrario es aceptar oficialmente que no lo han hecho, lo cual es una traición a la historia del país y una afrenta a los millones de víctimas.
 
Por supuesto que quienes conocemos de cerca la violencia y la inequidad en el campo, sabemos más de cómo sufren otros colombianos. Llevo décadas hablando del sesgo contra el sector rural, de la exclusión del modelo de desarrollo y de la falta de compromiso del Estado y los partidos políticos con los 14 millones de colombianos que viven en esa otra Colombia.
 
Mas no me he quedado en el lamento. Cuando constituimos, de la mano con María Fernanda Cabal, la Fundación Colombia Ganadera, Fundagán, lo hicimos no solo pensando en llevar un mensaje solidario a los que menos tenían en el entorno rural, sino en avanzar en la construcción de la memoria colectiva sobre el ganadero como víctima de todas las violencias. Ahí están, como testigos de ese esfuerzo, no solo hermosos programas como “Una Vaca por La Paz” y “Alimentando la Esperanza”, y el de Acompañamiento a las Víctimas Ganaderas de la Violencia, PAVIC, sino el documento “Acabar con el Olvido”, donde están los nombres, los hechos y las graves infracciones – todas impunes–  al código penal o al DIH.
 
Estuve recientemente en el Caquetá. Allí el Plan de Consolidación se quedó, como muchas otras iniciativas de este gobierno, sólo en el título y en ampulosos titulares de prensa. No sé si recuerda un libro que me atreví a escribir en 2006: “Posconflicto y Desarrollo”. Quizás debí regalárselo cuando le hice una entrevista para Carta Fedegán -a propósito, qué buena entrevista-. Pero volviendo al libro, en él dejé plasmada mi visión de cómo se lograría una paz estable y sostuve que sin desarrollo en el campo no habría paz posible.
 
Bien sabe usted que son muchas las décadas de abandono. Zonas estratégicas del país dejaron de ser espacios útiles para producir y generar bienestar, a cambio de escenarios de guerra y criminalidad. Cambiar esa ecuación era y es necesario. Si con el Plan de Consolidación se hubiera invertido siquiera en las vías terciarias, muchos de los territorios liberados por las FF.AA. hoy estarían sembrados de esperanza por el esfuerzo y la tozudez de nuestros campesinos. Pero este gobierno dio la espalda y no se vieron las vías, ni el apoyo a la producción rural y ni siquiera el Ministerio de Agricultura, porque el titular de esa cartera parece estar dedicado exclusivamente a la restitución de tierras, como sí la vida rural no siguiera su rumbo y demandara todos los días más instrumentos de desarrollo. En fin….
 
También habla usted de la integración de la Policía con la justicia. No sé si logró escuchar las declaraciones de Santrich, que juzga a esta última indigna e indecorosa, y en consecuencia, niega que el Estado colombiano pueda juzgarlos. Pero al margen de las delirantes declaraciones de Santrich, usted sí que tiene razón. He venido diciendo que la paz se logra con más Estado; con la simple aplicación de la Ley. Las democracias se fortalecen cuando confrontan el crimen, no cuando negocian con los criminales. Es con más justicia, con más fuerza pública y, claro, también con más Estado en favor de los más necesitados. Estos eran los principios detrás de los logros de la doctrina de la Seguridad Democrática: garantizar la seguridad como bien público fundante, para que floreciera la confianza inversionista y se pudiera hacer realidad una política social activa, que construyera tejido social. Y el milagro se hizo efectivo, o mejor, no el milagro, sino la consecuencia lógica de construir condiciones para el desarrollo, con la seguridad en primer lugar. Un dato: los recaudos fiscales alcanzan la suma de 100 billones de pesos. Impensable hace una década. Dios no quiera que estos diálogos generen un punto de inflexión en los ingresos fiscales para hacer política social y, más grave aún, otro en la esperanza de la sociedad para seguir creciendo y generando bienestar.
 
También tiene usted razón, aunque en parte solamente, cuando afirma: " No podemos caer en la trampa del presidente Santos y sus aliados, que quieren mostrarnos como los abanderados de una guerra de exterminio para quedarse, ellos, de manera oportunista con la bandera de la paz. En medio de la guerra política que padecemos quienes hemos acompañado al presidente Uribe en sus ideas, debemos mantener la prudencia y audacia necesarias para reconquistar por las urnas la presidencia en el 2014. Rechazar por principio las salidas dialogadas, que la misma Constitución y la Ley permiten, no creo que sea, dentro de este propósito, un punto de vista afortunado". Debemos luchar contra la estigmatización injusta de enemigos de la paz -es cierto-, sin embargo, no podemos, ligeramente, hacer parte de esa masa amorfa que afirma querer la paz -un anhelo legítimo e incuestionable- y, desde esa posición anhelante, apoya sin reparos las negociaciones de La Habana, pero, a renglón seguido, acota que esa paz anhelada no se puede alcanzar con impunidad, ni eligiendo a Timochenko al Congreso. Sencillamente, no saben quienes están sentados del otro lado de la mesa de negociaciones, ni cuánto está dispuesto a entregar el Gobierno para alcanzarla.
 
Creo que hemos hecho un inmenso esfuerzo de pedagogía para mostrar la otra cara. Recientemente tuve una experiencia maravillosa, que ya le mencioné. Por invitación de “La silla vacía” y la Universidad Javeriana, participé en un debate en el que debíamos defender si le conviene o no a la democracia otorgarle participación política a las Farc. El procedimiento consistía en hacer cambiar de opinión a 150 invitados ubicados en la sala contigua. Antes de exponer las posiciones se votaba y, al final, se volvía a votar. No ganaba el de mayor votación sino el que lograra, con la fuerza de sus argumentos, modificar la posición inicial del auditorio. Mi contraparte, por el “SI”, era Antonio Navarro Wolff, un ex militante del M19, que incorporado a la vida civil ha tenido una trayectoria respetable. Sin embargo, los resultados me hacen pensar que no todo está perdido y que el disenso es el motor de toda democracia.
 
En esta ocasión, la fuerza de los argumentos logró cambiar la postura inicial del auditorio, de un 77% por el “SÍ”, es decir, a favor de la participación en política de las Farc, contra un 23% por el “NO” o en contra de dicha participación, a un resultado diferente: de 61% por el “SÍ” y 39% por el “NO”. Un 26% cambió de opinión: 39 asistentes. De eso se trata el juego de la democracia. Esperemos que, cuando el gobierno dé a conocer a la opinión los resultados de La Habana, el disenso logre construir mayorías para avanzar en el respeto por la Ley.
 
El ejercicio, valioso en una democracia, da cuenta de que sí es posible construir sociedad, a partir de una pedagogía directa con el ciudadano. Claro está, una cosa es alternar con universitarios y, otra distinta, con vastos sectores de opinión que no responden a los mismos estímulos y a los que la democracia llega por retazos.
 
Estoy totalmente convencido de que en el corazón y en la retina de los colombianos se conservan las historias y las imágenes aterradoras de los actos de violencia de las Farc en todas sus formas; y de la misma forma, también en sus corazones sigue vigente la fuerza argumental de lo que significó la Seguridad Democrática y los resultados efectivos de una política que nos devolvió la esperanza.
 
Recibe un fuerte abrazo y toda nuestra solidaridad.
 
 

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