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Miércoles 18 de Septiembre del 2019

Cuando se juega con el poder

Publicado en:

El Colombiano  | 

Autor(a): Juan David Ramírez Correa  |

Fecha: 01/09/2015

 

Foto: mangodaltonico.com

Leyendo sobre la crisis que Colombia tiene hoy con Venezuela, me encuentro que, según la Constitución de Venezuela, el presidente de allá, este señor Nicolás Maduro, podría decretar el estado de excepción: “en circunstancias que afecten gravemente la seguridad de la nación”. Me encuentro también que el polvorín que desató la paranoia de Maduro fue un asunto entre unos contrabandistas y tres militares que terminaron heridos en la frontera con Colombia.

Entonces, el tipo de marras, con un ánimo camorrero de macancán de pueblo, le dio por decretar dicho estado -el de excepción- para proteger Venezuela de la amenaza colombiana. “Restablecer el orden, la paz, la tranquilidad y la justicia”, fue el planteamiento que hizo ante la crisis de seguridad nacional que, para él, causaron los contrabandistas. Patético que piense que la hermana nación esté amenazada por unos comerciantes ilegales de whisky, leche en polvo o gasolina, que han existido, existen y siempre existirán en los pasos fronterizos. En otras palabras, un pensamiento y actitud esquizofrénica y hasta surrealista, tanto así que tuvo que disfrazarla con retórica de guerra.

Y es que la situación creada por Maduro es el resultado de su miope visión y su incapacidad como gobernante. Este personaje tiene la casa tan desordenada que no le queda otra que ir a revolcar las de los demás. Y nos cogió de parche porque revolcar en este lado es muy fácil, porque el gobierno Santos está maniatado: si templa, se le dañan las conversaciones con las Farc en La Habana.

Obviamente, quisiéramos que este señor se preocupara por lo que se tiene que preocupar. Por los más de 25.000 asesinatos que suceden al año en el país que gobierna y no por tres heridos en la frontera, como si representaran una amenaza nuclear. Quisiéramos que se preocupara por el desabastecimiento que se vive en su país en vez de estar tumbando casas de personas humildes, estigmatizándolas, tirándolas al otro lado del río fronterizo a empellones, un acto que no le da ni popularidad ni lo hace mejor gobernante.

Es increíble lo que el poder enceguece. Todos nos damos cuenta de que amagando con una guerra con Colombia no podrá hacerles olvidar a los millones que lo rechazan que es un represor, que tiene encerrados en condiciones infrahumanas a personas como Leopoldo López y otros opositores, que oprime la libertad de prensa, que tiene al pueblo con hambre, que no le importa ver a miles de famélicos haciendo filas eternas para ver si logran conseguir algo que les permita paliar el hambre. El único que cree que sí puede hacerlo es él. Confirmado, el poder enceguece y hasta embrutece.

Hoy, Venezuela paga las consecuencias de una verborrea que nació en Chávez y sigue con Maduro. Es una triste mezcla entre la megalomanía del primero y la dislexia del segundo, que hace metástasis. Maduro está mal. Está buscando distraer a la gente con el cañazo de una cruzada evangelizadora de justicia en la frontera, donde los herejes son los colombianos, los dueños de todos los vicios.

Pero el tema es a otro tenor. El pueblo está empezando a sentir vergüenza de los excesos de su gobierno. Hay personas que se dan cuenta de que viven en una completa corrupción, en un país desorientado, sin rumbo. Ya no le comen cuento a Maduro. Por eso, la oposición figura como posible ganadora de las elecciones parlamentarias que se harán en diciembre y eso sí es un riesgo para su séquito. Ahí es donde se le nota el miedo al macancán de barrio.

Colombia no entrará en guerra. No es su talante, no le gusta ser folclórica a costa del sufrimiento de otros. Seguro que buscará salidas diplomáticas a pesar de que parece sumisa y subyugada frente al abuso que se vive en la frontera. Bobita no es. La dignidad la mantendrá, pero quedarán secuelas: le cogerá física pereza a todo lo que sea Venezuela y reafianzará que ese país, desde que milita en el socialismo del siglo XXI, está condenado a ser inviable.

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