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Domingo 18 de Agosto del 2019

De clara a oscura…

Publicado en:

El Espectador  | 

Autor(a): Reinaldo Spitaletta  |

Fecha: 02/05/2016

 

Clara Eugenia López Obregón - Foto: elpais.com.co

Que son de cama ancha, de cama suelta, de estera y canapé, de somier y bañera de espuma, de club de alcurnia y de fonda folcloroide de arribistas y nuevos ricos; que al son que les toquen bailan, que no se definen, que posan de revolucionarios y son en esencia de la reacción al servicio de la derecha; que son de la loma y del bajo fondo.

Eso y más, dice la galería, pero también los de la platea, sobre los políticos oportunistas, aquellos que afirman que hay que voltearse para asarse bien, y resultan quemados.

En Colombia, y a lo mejor en todas partes, la política (entiéndase politiquería, para no aristotelizar el asunto) se convirtió en un modo de la payasada, la falta de seriedad, la vanidad y la indignidad. Una melcocha en la que los principios (cualquier vaina que esto signifique) se ponen en feria, se anulan, se mandan al cuarto de San Alejo. “¿Principios?”, con qué se come eso. ¿Acaso se dejan untar de mermelada? ¿Se cambian por un ministerio, por una curul, por una butaca en oficina de tapete rojo y aire acondicionado? ¿O por una notaría?

Ya lo dijo el poeta de la pipa y la taheña barba (el que, además, no era poeta por la alta pipa ni por la barba ni el pelo ni porque tomara chirrinchi, sino por razones de más altura, o bajura que el mundo da tantas vueltas) que uno puede cambiar la vida por “el más infantil espejismo” o “por la cándida aureola del idiota o del santo”, o de Santos, que para el caso que nos ocupa es lo mismo. O peor.

Con el nombramiento de la señora presidenta del principal partido de oposición al gobierno de Santos, se armó una barahúnda de padre y señor mío, que de todos modos se presentía, desde los días en que la doña comenzó a apoyar ciertas “bondades” de la santería, cuando, en rigor, su partido había declarado no estar ni con Santos ni con Uribe, ambos el diablo, o, mejor dicho, “la misma perra con distinta guasca”, que todavía dicen los campesinos.

¿Cómo es que un partido puede estar en la oposición y en el gobierno al mismo tiempo? ¿De qué treta barata se trata? Y en la lleca, lugar de sabidurías y consejas y chismorreos con sabor, se empezó a preguntar cuál era la seducción que ejercía el señor presidente sobre la dama opositora, que no dama de hierro, sino, más bien, de principios oxidados. Qué le vio ella al sujeto aupador del modelo neoliberal que desde hace años tiene al país, o sea, a los más pobres en la pobreza cuasi absoluta, y a unos cuántos magnates en las máximas sabrosuras de la riqueza material.

El asunto de la señora de la chaqueta amarilla y los apellidos de rancio abolengo se volvió comidilla de plaza pública y animó el ingenio popular. No solo por la agresión santista contra el partido opositor, sino porque, pasándose a su colectividad por la faja, la “cucha” (así dijo un rapaz universitario) aceptó y se dejó obnubilar por la pura pacotilla presidencial. “Vendo diez chaquetas amarillas. Motivo: cambio de ideales. Están en perfecto estado, solo les cayó un tris de mermelada”, se anunció con guasa en las redes sociales. “Ni en el Pobre Luis las compran”, dijo uno. “No, ni en la prendería las reciben”, dijo otro. “¡Gas!, es una seudoizquierdista”, se oyó decir.

A nombre de la paz, el santón de la presidencia tiene “enmermelados” a tirios y troyanos, y con su táctica vulgarota busca dividir a los que se oponen a su estafa neoliberal y a su constante agresión contra los trabajadores (por ejemplo, con la tercerización laboral) y el pueblo raso. La señora que pasó de amarilla a pálida, ha dicho que no cambiará de “opinión ni de principios ni de ideas” por el hecho (más parece helecho) de recibir un ministerio. Más hilaridad causó en la parroquia.

Los platos de lentejas no son nuevos. Y continuarán seduciendo a los mercaderes de la politiquería, no importa si se indigestan o se llenan de ventosidades. Los denominados “principios” se compran y se venden. Como decía el Tuerto López, la cuestión es asunto de catre y de puchero. La doña no empeñó la Singer (“que ayuda a malcomer”) sino su conciencia (¿?). Vaya, “¡qué diablo! … si estas cosas dan ganas de llorar”. O de reír llorando.

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