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Miércoles 18 de Septiembre del 2019

El abismo anarquizante

Publicado en:

El Nuevo Siglo  | 

Autor(a): Editorial  |

Fecha: 29/05/2019

 

Juan Manuel Santos expresidente de Colombia - Foto: tiempo.com

El país en arena movediza
La parálisis de las Fuerzas Militares

Es por supuesto difícil aceptar que, después del prolongado proceso de paz entre el gobierno Santos y las Farc, la situación general del país haya llegado a los términos inimaginables de lo que hoy ocurre. Las calamitosas noticias de orden público siguen en la agenda del día y la pugna fratricida por los corredores estratégicos del narcotráfico es parte irredimible de la cotidianidad nacional. Los líderes comunitarios y veredales caen permanentemente, aun desde antes de firmarse el pacto de desmovilización guerrillera, como parte de la endeble imposición de la soberanía en los lugares donde impera la anarquía como fértil barbecho de los propósitos de lucro subrepticio y violento. La vida humana se concibe por tanto de circunstancia meramente accidental, como si fuera un tropiezo secundario del cual salir fácilmente frente al gigantesco negocio de las drogas ilícitas, con la bonanza de las 210.000 hectáreas sembradas de hoja de coca y las 900 toneladas métricas de exportación anual del alcaloide. Semejante incentivo, derivado en grado importante de la laxitud y el cambio de estrategia en medio del proceso de paz antedicho, tiene hoy a Colombia en vilo, sin poderse constatar en lo absoluto que se pasó del llamado conflicto al denominado posconflicto. Por el contrario, mucho de lo que se ve a la redonda, en las notas periodísticas, son amenazas y muertes.

A todas estas, hay gente que parecería regodearse, de otra parte, con el mal semblante que ha adquirido el país frente a los poderosos elementos anárquicos que descomponen la identidad nacional. Aquella identidad supuestamente renovada que ha debido emerger vigorosa, fecunda, con vocación futurista, luego de la desactivación de una parte considerable de las Farc (hoy en competencia regresiva por sus bases inciertas). O al menos esa era la aspiración elemental de cualquier espectador desprevenido tras décadas de barbarie esterilizante que en buena parte agotó la energía, la vitalidad y los recursos nacionales en procura del bien común. Haber obnubilado de ese modo el futuro de los colombianos fue, al mismo tiempo de la depredación cruenta, un crimen de lesa patria que señaló un destino agobiador y altamente contaminante. Y del que está costando muchísimo trabajo salir.

Esta situación de fuga, en que la algarabía política no deja sopesar las realidades circundantes, exige ante todo poner el foco en la anarquía. El desquiciamiento del orden, que hoy perdura en muchas vertientes de la desinstitucionalización premeditada, tal vez sea el factor determinante que tiene a la nación entrampada en las arenas movedizas. Y es ello, y no otras excusas como la supuesta “polarización”, lo que pone en riesgo la economía, genera el ambiente pesimista de las encuestas y sume a los colombianos en la impotencia de la melancolía. Es de allí, ciertamente, de donde nace la desconfianza colectiva, porque al corroborarse que el fermento anárquico no encuentra dique de contención es fácil llegar a la conclusión de que la política, desprovista del aliciente social del orden, no sirve para mayor cosa que no sea la feria de los reflectores y la coyunda de los intereses creados. Que es a fin de cuentas lo que en los sondeos palpa atónita una expresión preponderante del país. Y es allí, también, donde se requiere de una revitalización institucional, ya que esa anarquía, no solo en los territorios, sino en la política y la justicia, da rienda suelta a la corrupción como el fenómeno que tampoco encuentra talanquera efectiva y que es una consecuencia de la misma naturaleza perniciosa.

En ese teatro, en que el descuaderne sigue su marcha, se añade ahora la erosión que se pretende sobre la única tabla de salvamento frente al anarquismo reinante: las Fuerzas Militares. Se trata, en efecto, del entredicho que se busca instaurar sobre ellas. Y con esto, claro está, afianzar la anarquía y dejar expósitos los territorios de autoridad legítima. Andar trapeando por ahí con la dignidad de las personas, es más, en este caso nada menos que con la dignidad de los más altos oficiales cuyo único galardón final es la gloria de haber servido bien al país, sin ninguna prueba fehaciente de lo contrario, solo es demostrativo de los desbordados apetitos internos para conseguir preminencias, seguramente no merecidas, a partir de una campaña sórdidamente orquestada desde adentro. Si en verdad se tratara de denunciar la nunca demostrada reedición de los hórridos “falsos positivos” bastaba asumir por estos elementos la protesta pública, valerosa, digna, en una rueda de prensa, en vez de camuflarse en el anonimato y la mullida comodidad de las fuentes inéditas. Son esos criterios anarquizantes los que pretenden la parálisis de las FF.MM. Y con ello completar las maniobras desestabilizadoras.

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