Jueves 19 de Octubre del 2017

El engaño de La Habana

Autor(a): Saúl Hernández Bolívar  | 

Fecha: 24/10/2013

Exclusivo para FCPPC

Colombia no se merece tanta ingenuidad. Nos pueden seguir tildando de enemigos de la paz o como prefieran, pero es un absurdo que algunos sigan vendiéndole al país la idea de que los diálogos con las Farc marchan de forma adecuada y que ya estamos prácticamente en el postconflicto.

La nueva justificación para mantener la mesa de La Habana es el supuesto de que ninguna negociación de este tipo tarda menos de dos años, pero desde ahora podemos asegurar que cuando esta —de continuarse— llegue a los dos años, estaremos en las mismas y sobrarán los pazólogos que arguyan que un conflicto de medio siglo no se arregla en tan poco tiempo.

Sin embargo, no hay que dejarse meter los dedos en la boca. Las negociaciones del Caguán estuvieron activas por más de tres años sin que se avanzara un centímetro hacia la paz y la actual negociación entre Santos y las Farc —según fuentes de entero crédito— se iniciaron poco después de la elección de Santos, antes de su posesión, en cuyo discurso señaló su entera disposición a usar la llave de la paz.

No olvidemos que la negociación se vino a destapar por las denuncias del expresidente Uribe, a quien el Gobierno tildó de mentiroso hasta que pudo presentarle a la opinión pública el acuerdo en el que fueron plasmados los temas a negociar. Como es su costumbre, las Farc fueron tan inabordables que se tardaron dos años en llegar a ese acuerdo a sabiendas de que eso consumiría el tiempo de un gobernante a quien le hicieron creer que el acuerdo final estaba en la puerta del horno.

Esa misma fue la esperanza que le vendió Santos a los colombianos, como si no supiéramos que las Farc no están listas para la paz y la democracia sino obcecadas en obtener el poder a cualquier costo para destruir las libertades y fundar su régimen totalitario. Y para conseguir esos objetivos el sainete de La Habana ha sido tremendamente efectivo hasta el punto de haber revivido lo que era un cadáver tanto desde el punto de vista militar como político.

No cabe duda de que las Farc son dignas de admiración por mantener la coherencia durante tantos años entre lo que dicen y lo que hacen, pero sobre todo por mantener claro el objetivo de su ‘lucha’, que no tiene más propósito que tomarse el poder. Y como nada ha variado en su plan estratégico, y hasta sus posibilidades han mejorado por los avances del comunismo en la región, una negociación de paz solo puede servir para que las Farc se fortalezcan y vuelvan a ser las mismas de sus días de gloria.

Ya en la mesa de La Habana figuran como un actor que le habla de tu a tu al Gobierno, o sea que se considera una contraparte de lo que tantos, tan equivocadamente, llaman ‘guerra’. Poco falta para que sus países amigos les reconozcan el estatus de beligerancia, con lo que el gobierno de Santos quedará entre los palos.

Pero esa solo sería una carta que las Farc usarían como último recurso. Tienen otras alternativas como la propuesta por Álvaro Leyva para decretar un cese bilateral que él, pretenciosamente, llama ‘armisticio’, el cual viene con el anzuelo de incluir el trabajo de desminado por parte de la guerrilla. Un salvavidas para un gobierno prácticamente ahogado al que solo lo salvaría un papel firmado por ‘Timochenko’.

Lo que sí está claro es que Santos no va a romper el proceso de La Habana, pues es lo único que tiene para mostrar en pos de una insólita reelección que es rechazada por las mayorías en todas las encuestas. Y para las Farc lo rentable es mantener este engaño por más tiempo. Así que lo que viene es un acuerdo parcial y aparente que catapulte la reelección presidencial mientras los terroristas van tomando posiciones para suceder a su mentor en el 2018. Ojalá el espejo de Venezuela nos sirva para entender que debemos y podemos evitar que lo mismo pase aquí. Aun estamos a tiempo y las elecciones del año entrante serán el momento de actuar.

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