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Miércoles 17 de Enero del 2018

El poder y el fantoche

Publicado en:

El Tiempo  | 

Autor(a): Óscar Collazos  |

Fecha: 12/03/2015

 

Foto: nicaraguaaldia.com

Los manejos del poder han seguido siendo una parroquiana repartición de familia. Daniel Ortega parodia el sentido dinástico de las dictaduras que lo precedieron.

El viejo héroe de una insurrección armada contra el dictador Anastasio Somoza se ha convertido ahora y quizá hace tiempo en un fantoche del poder. El primer presidente de una revolución que se creía socialista y acabó en una “piñata”–como lo recuerda con sinceridad y dolor el escritor Sergio Ramírez en su libro Adiós, muchachos–, ese es el hombre que gobierna Nicaragua con su familia.

La grandeza de los personajes de Shakespeare es tanta que llevan cinco siglos repitiéndose en la realidad de todos los pueblos como símbolos del poder. En algunos casos, como tragedia; en otros, con el patetismo de una comedia de enredos.

Nicaragua, la patria grande de Sandino y Darío, vive hace rato el infortunio de tener una pareja presidencial que remeda las ambiciones de poder de Macbeth y su intrigante esposa. No mandaron a matar al rey para ocupar su trono, pero han matado a punta de nepotismo y folletines de familia la posibilidad de encauzar la democracia en esa antigua república bananera.

Desde hace algunos años, el poder es compartido en Nicaragua por el presidente, Daniel Ortega, y su esposa, Rosario Murillo. Faltaba que le diera un título y se lo dio: es la Canciller oficiosa de su país. Nada extraño. En los primeros años del sandinismo victorioso, la esposa del presidente Ortega le disputaba subrepticiamente los honores de Ministro de Cultura al poeta Ernesto Cardenal.

Este enredo de familia, al que ahora se suman los hijos del presidente convertidos en funcionarios de su confianza, es la alianza de caricatura y opereta que hoy gobierna a Nicaragua. Con una mezcla de patriotismo sandinista y peroratas antiimperialistas, Ortega ha sido embutido a la fuerza en ese cajón mal cortado y pegado del “socialismo del siglo XXI”. ¿Qué hay de socialismo y del siglo XXI en un capitalismo doméstico que tolera las excentricidades del presidente y da gabelas fabulosas a los ricos que lo apoyan?

Nicaragua ha sido para los latinoamericanos un país entrañable y digno, atravesado por las desgracias, dignificado por la gesta de un patriota llamado Sandino y recordado en la historia del idioma por la música sencilla de la gran poesía de Rubén Darío. Pero resulta que su presidente de hoy ilustra mejor el despotismo del dictador que ayudó a tumbar que los ideales de una revolución que no pudo ser, que, en una gran medida, fue devorada por sus propios hijos.

El poder, para Ortega, es un asunto de familia, como lo fue para los Somoza y Trujillo. Es un gobernante pintoresco del siglo XIX en un accidentado siglo XXI. Ni siquiera tiene los arrebatos del caudillo: es torpe en sus discursos. Y confuso de personalidad.

La recuperación de instituciones democráticas ha sido muy precaria en los años que siguieron a la dictadura somocista. Entre las corrientes políticas que componían el sandinismo de los 80 parece haber perdido la tendencia socialdemócrata de centroizquierda, y dejado la puerta abierta a un autoritarismo de estirpe militar.

Pero mucho más precaria ha sido la adopción de un talante democrático por quienes combatieron la dictadura. No solo envilecieron la posibilidad de construir una sociedad más justa; convirtieron el socialismo inicial en una bravuconería de foros internacionales.

Los manejos del poder han seguido siendo una parroquiana repartición de familia: esposa, hermanos, hijos; al soldar un primer círculo de poder con la parentela, Ortega parodia el sentido dinástico de las dictaduras que lo precedieron. Ha acabado pareciéndose a los enemigos que combatió en los remotos años 70 del siglo pasado.

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