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Domingo 21 de Octubre del 2018

Elecciones y encuestas

Publicado en:

El Tiempo  | 

Autor(a): Alfonso Gómez Méndez  |

Fecha: 13/10/2015

 

Foto: primiciadiario.com

El debate no debe centrarse en cómo le va al candidato en la encuesta, sino en cuál es la aceptación de sus propuestas.

El debatido tema de las encuestas electorales comprende tópicos de importancia: –su relación con la política en general, forma de realizarlas, momento de divulgación, papel del Consejo Nacional Electoral (CNE), riesgos de indebida influencia en la voluntad del elector, manipulación y hasta conflicto de intereses entre quienes las hacen y los candidatos–.

Sin embargo, anunciar ahora investigaciones del CNE, proponer limitaciones a los medios para divulgarlas y aun acordarse de probables conflictos de intereses parece inútil e inoportuno, a solo 15 días de las elecciones regionales. Tanto como, según López Michelsen, dar clases de natación a quien se está ahogando.

La discusión debe darse, pero en frío, pasadas las elecciones y dentro de un “pacto por la democracia”, como uno de los acuerdos complementarios al proceso de paz.

Hay, sí, indispensables supuestos: las encuestas, necesarias en el mundo moderno, son insustituible instrumento para medir tendencias; deben sujetarse a un rígido marco de regulación, pero sin censura, acordado previamente por todas las fuerzas políticas; las sanciones deben ser efectivas y pasan por el rechazo ciudadano a la orientación de resultados; en modo alguno, prohibir su publicación y menos endilgar responsabilidad a los medios que las divulgan.

Como aquí no hay partidos, la controversia se centra muchas veces en las personas y no en los programas. Ahí las encuestas no registran hechos políticos, sino que los “crean”, acarreando por ello enorme potencial dañino, puesto que recogen la percepción de los potenciales electores sobre la “imagen” del candidato, pero no sobre sus propuestas de gobierno.

Por eso, en el extraño mundo político actual es más “rentable” para los aspirantes contratar un “asesor de imagen” que conformar equipo programático. Los candidatos son “maquillados” y presentados cual “productos” que pueden venderse mejor, como cualquier artículo comercial generosamente publicitado.

Como ahora no hay solo compraventa de votos, sino influencia directa sobre el voto de los indecisos, las encuestas pueden ser utilizadas ajustando adecuadamente la metodología para favorecer a determinado candidato, creando así un “hecho político” (por lo demás, antidemocrático camino al “voto útil”), que a su vez puede ser utilizado en la intención de voto.

Por tanto, en la práctica estas encuestas son inútiles para el ejercicio democrático, pero sí un buen negocio para quienes las realizan, fuentes noticiosas que aumentan la sintonía mediática y una buena herramienta para influir en el voto indeciso, manejadas por los estrategas de imagen de los candidatos.

Se impone establecer reglas claras en varios puntos. Por ejemplo, sobre el papel del CNE, sobre financiación y gastos de campaña. A pesar de que “volarse” los topes electorales es causal de pérdida de la curul, esta figura nunca se ha aplicado si bien es fácil, por notorio, probar los excesos. Podría pensarse en una especie de “policía electoral”. Lo mismo debe hacerse sobre utilización privilegiada de canales del Estado por candidatos o precandidatos. Y para los encuestadores deberían existir causales de impedimento. Además, las fichas técnicas debieran ser legibles.

Claro que pueden presentarse errores entre lo que señalan las encuestas y el resultado final. Pero no que en una misma semana, en coincidencia en el trabajo de campo, se den resultados tan contradictorios. En la primera vuelta presidencial en el 2010 las encuestas registraban casi un empate técnico entre Santos y Mockus, y todos sabemos cuál fue la amplia ventaja que el Presidente obtuvo sobre el profesor.

En la última campaña presidencial, las encuestas asignaban a la candidata Clara López poco más del 6 por ciento en intención de voto. En las urnas alcanzó el 15 por ciento de la votación. Entonces, el debate no debe centrarse en cómo le va al candidato en la encuesta, sino en cuál es la aceptación de sus propuestas.

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