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Jueves 14 de Diciembre del 2017

Encrucijada de democracia en Latinoamérica

Están equivocados quienes piensan que Chávez era subalterno del castrismo. Es al contrario.

Los sucesos funerarios de Venezuela deben servirnos a los demócratas liberales (no de partido, sino de concepción) para repensar en los caminos recorridos y en los asaltantes indoctrinados que, con la máscara del socialismo o de la justicia social, se apoderan de los pueblos y del poder político.

La esencia del comunismo ortodoxo, el que tuvo como adalides a Marx, Lenin, Stalin y Mao, basaba su pensamiento en la supresión de la propiedad privada, la desaparición de las clases sociales, el internacionalismo proletario y la creación de “un hombre nuevo”. Para lograrlo se crearon los partidos comunistas dirigidos por la clase obrera y la alianza con los campesinos. Cada partido organizaría sus militantes para tomarse el poder mediante la revolución, de por si armada y violenta, e instalar la dictadura del proletariado, es decir, del partido que sería la única organización política del país o del estado. Después de lo que ocurrió en la URSS, que ya no existe, la estrategia ha mutado y da nacimiento a formas inéditas.

La revolución mundial no se pudo hacer porque las revoluciones nacionales, después del colonialismo, tomaron la delantera y se instalaron en el poder, casi todas dirigidas por militares. Las revoluciones nacionalistas se hicieron en países donde la clase obrera tenía poco desarrollo orgánico o sindical por la ausencia de la burguesía, al menos de la forma como se la imaginaban los marxistas. Lo cierto es que mientras los partidos comunistas en América Latina utilizaron o utilizan todas las formas de lucha, en Cuba el Movimiento 26 de Julio, con banderas anti dictatoriales y democráticas llega al poder por la vía armada, 1959, y luego se transforma en el Partido Comunista de Cuba que impulsa la revolución en América Latina y África, sin que logre obtener similares resultados. La revolución cubana estaba agotada, más aún al caer el muro de Berlín, 1989, una catástrofe para el socialismo. Hasta que un militar en Venezuela, después de ensayar el golpe de estado, obtiene el poder por la vía electoral y reemplaza el modelo cubano para triunfar.

Están equivocados quienes piensan que Chávez era subalterno del castrismo. Es al contrario. Y es su socialismo del siglo XXI el que renueva la ideología comunista, al menos en América Latina,  con unas características esenciales: los militares como casta burocrática reemplazan a la clase obrera, la estatización de la tierra o de sectores particulares empresariales es la apropiación privada por los militares que también comparten la dirección del Partido Socialista Unido de Venezuela. Otra característica de fondo del Socialismo Siglo XXI es la redistribución de la riqueza venezolana: la plusvalía del petróleo no es del estado burgués, sino del caudillo presidente que la reparte interna e  internacionalmente. El pueblo venezolano de bajos ingresos o de nula participación laboral, el lumpen  proletariado, se beneficia ahora del paternalismo, del asistencialismo oficial del estado que tiene un líder carismático y un aparato militar que lo sostiene.

El Estado venezolano, bajo la escuela económica del cesarismo populista, no siembra para el futuro productivo ni en la industrialización, ni en las empresas agrícolas ni en la acumulación de capital estatal nacional para el desarrollo. Por lo tanto no crea, no forma una clase obrera con ingresos equilibrados, para impulsar una sociedad basada en el trabajo productivo, no en el regalo que soborna la voluntad popular. El cesarismo populista  abastece, mediante una política de importación de alimentos a gran escala, a las masas chavistas y a la burocracia “socialista”. De paso destruye la clase media y lanza a la diáspora a los empresarios. Este tipo de economía es disolvente de una sociedad porque no tiene futuro a largo y a mediano plazo.

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