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Sábado 17 de Noviembre del 2018

Farc: persistencia en el daño

Publicado en:

El Colombiano  | 

Autor(a): Editorial  |

Fecha: 28/08/2014

 

No puede convertirse en paisaje que las Farc se empeñen en golpear más la infraestructura cuando el país ya espera, por lo menos, que sus pulsiones destructivas rebajen. Pero no hay sensatez posible.

Así como frente a las víctimas el proceso de paz colombiano pretende ser sui géneris, dándoles participación y voz, las Farc deberían tener algo de arrojo e iniciativa y escuchar el pedido de los ciudadanos para que cesen, unilateralmente, por lo menos los ataques a los bienes y la vida de la población civil y a la infraestructura vial y el medio ambiente, que son patrimonio de toda la gente, sin excepciones de clase ni credo político.

Pero esa guerrilla reedita su inclemencia y su soberbia. Vuelve sobre sus métodos terroristas para hacerse sentir y conseguir algún rédito mediático: que se difundan imágenes de tractocamiones incendiados, de militares y policías rematados indefensos, de madres llorando a los muertos colaterales de sus incursiones, de viajeros atascados al pie de los cráteres de sus bombazos… en fin, de un país que quiere escribir una nueva historia, pero al que, desafiantes, las Farc le queman el libreto del optimismo y la esperanza, una y otra vez.

Ayer en la madrugada incineraron una tractomula, otra la vararon a balazos y abrieron un boquete en la carpeta asfáltica de la Troncal a la Costa Caribe. Luego vino el combate con las tropas oficiales, que llegaron a Llanos de Cuivá a neutralizar la amenaza y frenar la destrucción.

Esos daños persistentes de una guerrilla dañina y dañada en sus objetivos. Lo reiterado de la palabra tiene su intención: dañar es causar detrimento, perjuicio, menoscabo, dolor o molestia. Daniño se refiere a un sujeto que "comúnmente hace perjuicio". Y lo que está dañado es aquello que es malo, perverso.

Así están las cosas: cuánta riqueza, tranquilidad y convivencia les arrebatan las Farc a los colombianos. Cómo nos desmoraliza y descompone ese ánimo criminal de sus acciones. Y finalmente, qué contenido perverso se descubre en su lenguaje empobrecido y envilecido por una lucha armada sustentada en principios y medios de corte cuasi demencial.

Este año las Farc han derramado miles de barriles de petróleo sobre fuentes comunitarias de agua. Han atentado contra acueductos ya de por sí precarios de pueblos periféricos. Han matado dos niñas que apenas abrían sus ojos para vivir este país. Han fusilado o molido a garrote a policías, sin fórmula de juicio. Han desbaratado carreteras y buses intermunicipales.

¿Será esa su promesa de bienestar a los colombianos más necesitados? ¿Están de verdad imbuidas de un espíritu de reconciliación y reinserción a la vida civil y política, sin armas? ¿Sobrevive en la guerrilla algún espíritu constructivo, altruista, humilde, edificante? ¿O apenas hacen gala de un discurso de retórica desueta para prometer un bienestar que nunca podrán darnos desde el cobijo de legalidad y perdón que les ofrece el país generoso e ilusionado?

Aunque se negocia en medio del conflicto, ya es hora de que en Cuba y en el monte, los jefes guerrilleros piensen en opciones más creativas de protagonismo que arreciar sus acciones militares a medida que, supuestamente, se acerca el momento de su desmovilización.

Esa fórmula de la guerrilla salvadoreña de intentar copar San Salvador a semanas de la firma de la paz. O esos estallidos como coletazos agónicos del IRA, en Irlanda, ya los conocemos. Les quedaría mejor a las Farc ensayar mensajes de mayor contenido político y de menos fuerza destructiva y atemorizante. No se les olvide que los acuerdos deberán pasar el filtro de un mecanismo de consulta popular. Y la gente en Colombia, aunque pareciera que no, es bastante memoriosa frente al daño y el malestar históricos causados por la guerrilla.

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