Viernes 24 de Noviembre del 2017

Gasolina por las nubes

Con la gasolina por las nubes, ¿queremos ser competitivos y productivos para aprovechar el TLC?

Cuando secuestraron a los uniformados Luis Alberto Arcia y Luis Alfonso Beltrán, en marzo de 1998, el salario mínimo mensual vigente era de 203.826 pesos y el galón de gasolina corriente costaba alrededor de 1.300 pesos. El mínimo alcanzaba para comprar 156,7 galones. Hoy tenemos un salario mínimo de 566.700 pesos y el galón de gasolina está por el orden de los 9.000 pesos. Es decir, solo se pueden adquirir 62,9 galones con un salario mínimo, menos de la mitad que hace tres lustros.

¿Perdió capacidad adquisitiva el salario? ¿Se disparó el precio del combustible? En estos 14 años, el mínimo se ha incrementado 2,78 veces mientras el costo de la gasolina se ha multiplicado por 7. Si uno se atiene a diversos estudios que sostienen que el salario mínimo ha ganado poder adquisitivo, tiene que concluir que el combustible es el que se ha disparado, pero no solo aquí. Cuando Chávez llegó al poder, en 1999, el barril de crudo estaba a 12 dólares. Hoy supera los 100 y en el 2008 coqueteaba con los 150, mientras el dictador se frotaba las manos. De manera que el problema es mundial, aunque el serlo de muchos -como reza el dicho- es un consuelo de tontos.

Colombia es un país pobre que está pagando gasolina a precios de país desarrollado. Nos llevan de cabestro con el cuento de que ese es un problema de los ricos y no de los que toman aguapanela. Es cierto que la dinámica de la venta de automóviles, justo cuando el combustible alcanza niveles estratosféricos, parece darle razón al Gobierno en el sentido de que hay un colchón para seguir subiendo. Pero si hacemos el cálculo de lo que han subido los precios del transporte público -o de los fletes de carga- en estos 14 años, seguramente encontraremos que el alza ha sido descomunal.

Según la última medición del Dane, tan solo el 14 por ciento de los colombianos tiene carro propio, pero los pobres no se movilizan en burro, sino en bus, que es lo que algunos soslayan. Cuando menos, el 30 por ciento del costo del combustible corresponde a impuestos tan antitécnicos y lesivos como se dice que lo es el 4 x 1.000. Gravámenes que encarecen de manera notoria los combustibles y que, de rebajarse, conllevarían una disminución similar en las tarifas de transporte público, puesto que la gasolina es el componente principal de la estructura de costos.

Reducirle 1.000 pesos al precio del galón podría (y debería) propiciar una disminución de unos 150 pesos en los pasajes de bus. Así, una familia de cuatro miembros que hace un promedio de ocho viajes diarios -a menudo hacen el doble- economizaría más de 30.000 pesos mensuales, que para un pobre no son poca cosa y que podrían redundar, por ejemplo, en una mejor alimentación.

Y es que las implicaciones de tener un galón por las nubes van más allá. Un estudio del Banco de la República establece que un aumento anual de los combustibles del 19,6 por ciento provocaría un impacto inflacionario de 0,9 por ciento. ¿Cuánta de la inflación de los últimos años es atribuible a las constantes alzas de los combustibles y cuántos traumatismos nos hubiéramos evitado si, en vez de subir tasas para controlar la inflación, se hubiera controlado el precio de la gasolina?

Que haya consenso sobre los perjuicios de subsidiar la gasolina
debería ir de la mano de otro consenso, como es el de entender los perjuicios de convertir el combustible en un impuesto. Y, además, habría que considerar si en realidad se puede hablar de subsidios del combustible con base en el costo de oportunidad y no en el de producción.

No hay que ser economista para entender que un galón a 9.000 pesos es un castigo para todos, porque constituye un lastre para la economía y el empleo, al igual que la revaluación del peso y el costo del kilovatio, que también es más caro aquí que en EE. UU.
¿Así es como queremos ser competitivos y productivos para aprovechar el TLC?

@SaulHernandezB

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