Sábado 21 de Octubre del 2017

La bancada terrorista

Sembrar una bancada terrorista en el Congreso, pasándose por encima del sentir de los colombianos, sería una temeridad imperdonable del señor Santos, que nos traería consecuencias verdaderamente lamentables.

Mucha gente se pregunta qué puede tener de malo negociar un acuerdo de paz con las Farc si a todos nos beneficia vivir en un país en paz. Vistas así las cosas, es evidente que no hay nada de malo y que, por el contrario, se trata de un logro deseable que ha sido esquivo por largos años. Sin embargo, la cosa cambia cuando se mira desde el ángulo de las pretensiones de las Farc, que no son pocas.

Por ejemplo, desde hace meses, el Fiscal General Eduardo Montealegre dijo que prefería ver a los cabecillas de las Farc en el Senado y no en el monte echando tiros. Pues bien, en días pasados se filtró la información de que las Farc están pidiendo 15 curules en el Senado y 15 más en la Cámara de Representantes, y eso que han estado afirmando en entrevistas que no les interesa ir al Congreso ni convertirse en partido político; que ellos no se metieron al monte para terminar seducidos por las mieles de la burocracia y que solo se desmovilizarían cuando en el país se acabe la desigualdad y la injusticia social.

Es obvio que las Farc solo tienen dos objetivos por alcanzar en la mesa, más allá de ganar tiempo y notoriedad internacional: uno es lograr introducir el mayor número posible de reformas sobre los temas que están en discusión, y el otro es firmar su inclusión en la política antes de que las patas de la mesa se rompan, aprovechando que la oferta del Gobierno es excepcionalmente buena, casi como una rendición. Esto porque Santos hará muchas concesiones ambicionando la reelección y el Nobel que le prometió ‘Andrés París’ y porque para las Farc es mejor aceptar la impunidad ofrecida a pesar de tan graves delitos y las comodidades de un cargo público y la dieta parlamentaria, que volver a los montes y las selvas a esperar el golpe certero de la Fuerza Aérea.

Mejor dicho, en esta feria de concesiones, las Farc llevan todas las de ganar. Cualquiera supondría que los terroristas no van a tener éxito en las urnas porque —según encuestas— el apoyo con que cuentan es del 3%, con lo que difícilmente alcanzarían el umbral y perderían, de entrada, la personería jurídica. Pero lo que muchos no saben es que uno de los ganchos para que las Farc se desmovilicen es el otorgarles una circunscripción especial con un número fijo de curules por un periodo de tiempo determinado, de manera que aun si nadie votara por ellos obtendrían sus asientos fijos en cada cámara, que podrían ser los 15 que piden, los 5 que propone el Gobierno o una cifra intermedia que deje las partes contentas.

Lo cierto es que las Farc deben estar haciendo cuentas acerca del número de curules que requerirían para hacer aprobar leyes de consuno con el Polo Democrático, los Progresistas de Petro, la Marcha Patriótica y cualquier otro movimiento que les sea afín o que se deje seducir por los cantos de sirena de la demagogia. Si se mantiene la actual composición de 102 senadores y 166 representantes, los 15 en cada una podrían conformar una bancada de peso y, con sus aliados, una coalición de enorme poder que podría introducir virus funestos para nuestro estado de derecho pero guardando apariencias democráticas, como se ha hecho en los últimos tiempos en varios países de la región.

Santos sí puede alcanzar este año un acuerdo con las Farc. Pero no sería un acuerdo de paz sino la legalización de ese grupo terrorista; la claudicación de todo un Estado y toda una Nación ante un grupo de criminales que habrán dado un paso trascendental en pos de tomarse todo el poder —objetivo al que con las armas ni siquiera se han acercado—, pero valiéndose esta vez de una estrategia tan sutil como un veneno.

A diario nos martillan con el cuento de que este país va a despegar como un cohete cuando se firme esa ‘paz’ con las Farc, pero abrirle las puertas de la democracia a ese caballo de Troya desatará una infección letal desde adentro. Es, simplemente, un suicidio; bien decía Marx que los capitalistas venden la soga con la que se les ha de ahorcar. La única tabla de salvación es que esta conjura tiene que ser refrendada por el pueblo, que en todas las encuestas se opone vehementemente a que haya impunidad y a que a estos individuos se les permita hacer política. Sembrar una bancada terrorista en el Congreso, pasándose por encima del sentir de los colombianos, sería una temeridad imperdonable del señor Santos, que nos traería consecuencias verdaderamente lamentables.

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