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Viernes 21 de Septiembre del 2018

La candidatura frustrada de Gabo

Publicado en:

Periódico Debate  | 

Autor(a): Libardo Botero Campuzano  |

Fecha: 03/05/2014

 

Uno de los fenómenos más desconcertantes es la distancia que media entre la obra de muchos de los genios de la literatura y sus andanzas políticas.

Esa “contradicción”, para apelar a un término tan caro al marxismo, fue uno de los hechos que generó mis primeras dudas sobre esta doctrina que postula la correspondencia absoluta entre la militancia política, las convicciones ideológicas, la “posición de clase” en suma, y la producción artística. Y que llevó a proponer e imponer cartabones como el de los “artistas revolucionarios”, comprometidos con el “hombre nuevo” del socialismo, que generaron tantas injusticias y atropellos, así como el endiosamiento de no pocas mediocridades. Lo que se conoció como el “realismo socialista”. El artista valía por su lealtad a las ideas políticas y al aparato del poder y no por la calidad de su obra, salvo que, como ocurrió en contados casos –la excepción confirma la regla, podría decirse-, ambos factores resultaran entrelazados.

Soy un apasionado por la buena literatura –sin evitar la mala y regular, a las que tampoco podemos escapar- de todos los tiempos. Después de meditarlo mucho he llegado a concluir que una misteriosa razón aísla las grandes joyas de la literatura, convertidas en obras eternas e inmortales, de las veleidades políticas de sus autores, que la posteridad termina por despreciar u olvidar. Para la historia y la valoración de su obra, poco interesa que Balzac haya sido monárquico, Tolstoi nihilista, Gorki y Neruda comunistas, Borges confidente de Pinochet, García Márquez amigo y admirador de Fidel Castro. Devoramos sus escritos sin tamizarlos por sus debilidades o excentricidades. Sigo admirando tantas y tantas novelas, cuentos, poesías, crónicas, pasando por encima de la variopinta, frágil y efímera condición humana de sus autores.

Lo que no impide que podamos referirnos a esos avatares de su periplo vital, con el rigor crítico que sea necesario. Más cuando se trata de un acontecimiento de tremenda actualidad como la muerte de nuestro Nobel de Literatura y genio de las letras, Gabriel García Márquez. Otros harán la evaluación de la factura de sus libros, tema en el cual no somos expertos la gran mayoría; en ese terreno seguiremos siendo simples  y fieles admiradores, prisioneros de la magia de su palabra. Pero en el de sus aventuras políticas si tenemos unos párrafos qué relatar. Sobre todo cuando el precioso patrimonio acumulado en la literatura se puede aprovechar para innobles empresas políticas.

En mi caso, como lo han hecho tantos otros, describiré de manera anecdótica un encuentro fugaz con el escritor, precisamente en un muy especial trance político.

Corría el año de 1977, según creo. Recién casados, mi esposa y yo residíamos en Bogotá junto con Francisco Mosquera –fundador y jefe del Moir- y su compañera. Compartíamos un modesto apartamento, no lejos de la carrera séptima, a una o dos cuadras de la famosa casa que Carlos Lleras Restrepo tuvo que abandonar saltando paredes en la época de la persecución a los liberales, posterior al 9 de abril de 1948. Yo estaba vinculado a la dirección nacional del Moir, movimiento de izquierda, marxista, de inclinación ideológica maoísta, y fungía de cierto modo como “asesor” o “asistente” de Mosquera.

En las elecciones de 1974 que ganó Alfonso López Michelsen se fraguó por primera vez en la historia política de la izquierda colombiana una alianza amplia, bajo el nombre de la Unión Nacional de Oposición (Uno), que además de algunos sectores desprendidos de la Anapo congregaba a las dos organizaciones políticas marxistas más reconocidas: el tradicional Partido Comunista, de orientación pro-soviética, y el Moir, de inclinación maoísta. La Uno presentó la candidatura de Hernando Echeverry Mejía y obtuvo una votación decorosa. Pero la unidad duró poco, por los coqueteos del Partido Comunista con López, quien hábilmente los atrajo otorgándole personería jurídica a la Cstc (central sindical orientada por ese partido), la rectoría de la Universidad Nacional a uno de los suyos, Luis Carlos Pérez, y restableciendo las relaciones diplomáticas con Cuba.

Ese mismo año de 1974 ocurrió la fundación de la revista “Alternativa”, liderada por Gabriel García Márquez, acompañado de un significativo grupo de intelectuales y periodistas. Hecho que condujo a la presencia muy frecuente de Gabo en el país y su participación en el acontecer político de entonces, hasta comienzos de los años ochenta. La revista, como se recuerda, tenía una decidida inclinación de izquierda y una identificación declarada con la revolución cubana.

Pero el tema de Cuba suscitaba ya enconadas controversias y cismas en el continente. El encanto de los primeros años de aquella revolución, que atrajo como imán a vastos sectores de la juventud y de la intelectualidad, se había desvanecido. La intervención masiva de tropas cubanas en Angola, Mozambique y otras excolonias africanas a partir de 1975, disfrazada de “internacionalismo revolucionario”, pero realmente sirviendo al expansionismo soviético, desató fuertes choques entre las vertientes revolucionarias. Ese fue precisamente uno de los factores que condujo al rompimiento de la Uno, al no aceptar el PC la idea de que dicho frente debería proclamar que no estaba alineado con ninguna potencia extranjera –EE.UU., la URSS o China, igual daba-. Taimadamente el PC quiso conseguir la adhesión a la URSS de sus aliados en la Uno, con la treta de declarar la solidaridad irrestricta con Cuba. Una cosa conllevaba la otra.

Pues bien. De repente un día cualquiera de 1977 apareció en primera página de El Tiempo la noticia de que se estaba ambientando la candidatura de Gabriel García Márquez a la presidencia de la república para los comicios de 1978, para lo cual el escritor solo ponía la condición de contar con el respaldo de todas las fuerzas de izquierda. No tardaron en dar fe pública de su anuencia a la candidatura del futuro Nobel precisamente la corriente que se agrupaba alrededor de Alternativa y otros círculos y grupos de izquierda.

Pero sobre todo el Partido Comunista, a quien le venía como anillo al dedo esa candidatura, la acogió sin reservas. “García Márquez sería un buen candidato presidencial de la izquierda para las elecciones de julio del próximo año…  Si él estuviera decido a realizar actividad política en el país, le propondríamos que fuera el candidato único de todas las fuerzas democráticas… tenemos las mejores relaciones con García Márquez; no sólo es un novelista genial, sino un hombre que puede jugar un importante papel en la vida política colombiana, por el gran prestigio que tiene entre nuestro pueblo”, declaró Gilberto Vieira, secretario del PC.

Solo faltaba que el Moir definiera su posición. La decisión era difícil. Las presiones se acentuaban con el paso de los días. Hasta que un día se concertó una entrevista entre el secretario general del Moir, Francisco Mosquera, y García Márquez. Se suponía que allí se definiría el respaldo a su candidatura para sellar la unanimidad reclamada por Gabo para aceptar la postulación. La reunión se efectuó en el apartamento de Mosquera, una tarde y hasta bien entrada la noche, y en ella solo estuvimos además del escritor, las dos parejas que habitábamos allí.

En verdad, el Moir no tenía una decisión formal sobre el tema. Solo las prevenciones naturales y muy fundadas sobre quien tenía relaciones tan estrechas con Cuba y compartía sus aventuras africanas. Gabo, para entonces, había publicado varios escritos defendiendo la invasión cubana a Angola. Sobre todo uno titulado ‘Operación Carlota: Cuba en Angola’, que publicó en la revista Tricontinental aquel mismo año 1977, destinado esencialmente a demostrar lo imposible: que aquella intervención había sido una decisión autónoma, no impuesta por la URSS, e incluso anticipada a cualquier interés ruso en el asunto. Pequeño desliz de su pluma en pro de una causa innoble, folletín que seguramente no hará parte de sus obras cimeras. El artículo –que puede encontrarse fácilmente en internet- efectúa una descripción pormenorizada de la operación militar. Con tal minuciosidad en el relato que Mario Vargas Llosa, quien ya se había distanciado de Gabo por diferencias de este tenor, calificó a su antiguo amigo de “lacayo” y afirmó que el escrito había sido hecho bajo la supervisión y revisión de Fidel Castro.

Pasaron varios años, hasta que fue publicada la biografía autorizada de García Márquez, escrita por Gerald Martin. Allí apareció confirmada con crudeza la intuición de Vargas Llosa. Le relató Gabo a su biógrafo una de las varias visitas a Castro para elaborar su documento: “En un salón donde estaban todos los asesores, con los mapas, empezó a destaparme los secretos militares y de Estado, en una forma que yo mismo me quedé sorprendido. Los especialistas traían cables cifrados, los descifraban, me explicaban todo, los mapas secretos, las operaciones, las instrucciones, todo, minuto a minuto. Así estuvimos (de las 10 de la mañana) hasta las 10 de la noche. Con todo ese material me fui a México y describí la Operación ‘Carlota’ completita”. Para rematar, Gabo le envió el borrador para que Fidel le otorgara el imprimatur. El escritor relata que Fidel no se limitó a mirarlo, quitarle algunas cosas y darle aprobación: “Acabé de ganarme la lotería porque, en vez de quitar cosas, lo que hizo fue aclararme cuestiones importantes y agregar detalles que no estaban”.

Aparte de esa vergonzosa tarea, para Mosquera era claro que la operación cubana en África no había podido ser una empresa decidida por su cuenta, ni menos costeada con los famélicos recursos de la isla. Así lo escribió años después, en 1983, cuando indicó que “Cuba ha enviado durante un lapso relativamente corto alrededor de 100.000 soldados a campear en el continente negro”. Agregó luego: “Tamaño despliegue bélico, realizado en una extensión tan dilatada, a tantos miles de kilómetros de distancia de su base de origen y activado por una pequeña nación –la tercera parte de los habitantes de Colombia y un décimo de su territorio-, que pasa apuros en las lonjas internacionales para vender su azúcar de país mono-exportador, no se comprendería sin la asistencia financiera de sus asistentes militares”. Es decir, los soviéticos, que iniciaban su ofensiva estratégica de expansión imperial. La cifra de 100.000 se creció hasta unos 450.000 con el correr de los años. Solo a comienzos de los años noventa del siglo pasado, luego de desaparecer la URSS, los cubanos definitivamente retiraron los últimos efectivos militares de África.

“García Márquez –continúa Mosquera-, en un gesto que habla bien de su calidad de amigo pero no de su vocación por la economía, juró que la misión expedicionaria sobre Angola 'fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo que se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética.” Y cierra el jefe del Moir su requisitoria con esta observación mordaz y contundente: “No hubo quien tomara en serio estas frases. Ni siquiera el escritor, quien pronto las habría de olvidar, pues con motivo de su controvertido exilio y refutando las sindicaciones de los mandos castrenses contra La Habana acerca de la incautación de un cargamento de armas del M-19, aclaró perentoriamente: Los cubanos no tienen plata para darle a nadie ni un fusil de esos que vinieron ahí.”

Pero lo cierto es que Mosquera mantenía la puerta abierta frente a la candidatura de Gabo, y no descartaba buscar algún entendimiento programático que permitiera evadir ese escollo y lograr que efectivamente se pactara un punto que asegurara el “no alineamiento” de la candidatura con ninguna potencia.

En esas circunstancias se verificó la reunión. Paradójicamente, no se habló de la candidatura presidencial ni por equivocación. Fue sobre todo una velada deliciosa, en la que los dos principales contertulios, García Márquez y Mosquera, ambos excelentes conversadores y dueños de un bagaje cultural envidiable, dieron rienda suelta a sus ocurrencias y opiniones sobre lo divino y lo humano… menos la bendita candidatura. Se habló de viajes, de literatura, de chismes, de historias diversas, pero de aquello… nada. Ambos parecían dedicados a evitar ocuparse del espinoso tema.

Incluso, invitado por Mosquera en algún momento de las pláticas, con el pretexto de mi admiración por la narrativa del maestro, yo que tenía la mitad de la edad de ellos, tuve oportunidad de exponerle algunas modestas y elogiosas consideraciones sobre varios de sus escritos que me habían causado particular impresión. En especial, recuerdo, sobre el cuento “Un día de estos”, uno de mis favoritos, seguramente un retazo desprendido de su novela “La mala hora”, en el cual pinta con excepcional capacidad de síntesis y crudeza, aprovechando un episodio banal y cotidiano, la carga de odios y rencores partidistas de los años 50 del siglo pasado en Colombia. He perdido el recuerdo de los comentarios que mis observaciones le pudieron haber merecido a Gabo.

Así transcurrían las horas, hasta que se hizo evidente que algo había que hablar sobre lo inevitable. En los últimos momentos de la reunión el tema de la intervención cubana en el continente africano terminó por colarse en la conversación. No había manera de evadirlo. Mosquera reiteró, de una manera diplomática y prudente, pero clara, la esencia de los argumentos que ya he citado. Y Gabo hizo lo propio con los suyos. No estaba dispuesto a ceder en ese terreno. Pero agregó con sutileza una serie de indicaciones y anécdotas que querían dar a entender que a más de su amistad con Cuba y los rusos, discrepaba de ellos en algunas cosas, y sobre todo que también tenía afecto por los chinos… Ustedes no tienen por qué preocuparse conmigo, de querer inclinar la balanza, pretendía tal vez decir. He olvidado los detalles que describió en este sentido, no solo por la distancia en el tiempo, sino probablemente también por lo insustanciales o intrascendentes.

Pero ya era la hora de la partida y la velada no daba para más. De pie todos en la puerta para despedirnos fui testigo de la expresión de Mosquera al decirle adiós a Gabo -refiriéndose a sus explicaciones finales-, más o menos de este tenor: “Desafortunadamente Gabo, estos últimos son amores secretos tuyos. Los únicos públicos son con Cuba y con Fidel”. Quedó dicho todo.

Nunca el Moir expidió declaración alguna sobre aquella candidatura. Pero indiscutiblemente en esa cáustica frase final Mosquera aquella noche no solo pintó una realidad, sino que dejó flotando en el aire un dilema para Gabo, acaso imposible de dilucidar. Haya sido esa o no la razón, lo cierto es que la candidatura de García Márquez no prosperó, acaso para fortuna suya y del país mismo.

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