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Miércoles 17 de Julio del 2019

La chispa que no incendió la pradera

Publicado en:

Ventana Abierta  | 

Autor(a): Darío Acevedo Carmona  |

Fecha: 21/11/2014

 

Foto: contraluzcucuta.co

Los tres experimentos de guerrillas revolucionarias de inspiración marxista fueron impulsados entre una población que venía de superar una guerra diferente a la que ahora le proponían. Había fatiga en el campesinado ya que fue el sector social más afectado por la violencia interpartidista de los años cincuenta.

Por otra parte, no hubo, ni en el corto ni en el mediano ni en el largo plazo, una acogida a sus discursos y a sus proyectos. En sus años iniciales, sobre todo en las filas del ELN y del EPL, se presentaron graves enfrentamientos internos saldados con penas de ejecución de aquellos que se atrevieron a formular críticas sobre la conducción de las operaciones militares o sobre la inutilidad de la guerra en una sociedad hastiada de sangre derramada. Muchos jóvenes universitarios, como Jaime Arenas, rápidamente se desilusionaron con la experiencia armada. Su actitud disidente fue castigada con su “ejecución” por un comando del ELN en las calles de Bogotá.

Estas reflexiones y apuntes no pretenden llegar hasta la coyuntura en que las guerrillas, confrontadas por el grupo nacional-populista M-19, se vieron obligadas a introducir variaciones en su discurso. Reivindicaron, por ejemplo, a Simón Bolívar y al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, a quien en su época tildaron de fascista, con la finalidad de obtener una mayor aceptación y reconocimiento. No es este el espacio para hablar de sus relaciones con el narcotráfico ni del surgimiento del paramilitarismo que llevaron el conflicto a un escalamiento del accionar militar ya de corte terrorista, a la degradación moral y al debilitamiento profundo de la mística revolucionaria, producto de crímenes de guerra y de lesa humanidad que se justificaron en una supuesta conexidad con objetivos altruistas.

Propongo, para pensar el tema del origen de las guerrillas, dos conclusiones. La primera apunta a que el surgimiento de estas tres guerrillas, dos de las cuales siguen insistiendo en la revolución por la vía armada, fue más el producto de decisiones políticas e ideológicas, de voluntades arrojadas y aventureras, de un misticismo alimentado por la idea de estar llevando a cabo una misión trascendente y épica. Por ello la militancia fue asumida con un sentido de entrega y sacrificio que podía llevar a ofrecer la vida por una causa sublime. En la práctica, el voluntarismo les hizo creer a los dirigentes que la teoría marxista les otorgaba la razón histórica.

La segunda es que la hipótesis sobre la existencia de condiciones o causas objetivas del “conflicto” o “levantamiento armado” no es convincente. Hasta el momento ninguna tesis en nuestro pequeño mundo académico de especialistas en la “violencia” ha logrado demostrar con datos, fuentes y racionalidad histórica que haya habido una conjunción o relación mecánica entre las deplorables condiciones materiales de existencia de amplios núcleos campesinos y el surgimiento de grupos revolucionarios. No hubo en el periodo 1958-1974 del Frente Nacional, un levantamiento social ni en el campo ni en las ciudades de tipo pre-revolucionario, aunque el Régimen se jugó por el control del orden público con decretos de estado de sitio para enfrentar protestas, movimientos sociales, huelgas, paros cívicos.

Los lazos entre grupos guerrilleros y luchas populares nunca llegó a ser algo profundo, sistemático y permanente. La intelectualidad de izquierda y liberal-progresista que ha defendido la tesis de las causas objetivas del conflicto, además de sostener que detrás del mismo se encuentra la no resolución histórica del problema de la propiedad de la tierra, no ha podido presentar evidencias documentales de lo que afirma, más allá de argumentos moralistas y relatos justicieros e ideológicos. Es prisionera de un vulgar determinismo estructuralista según el cual, precarias condiciones materiales de existencia de la población provocan la lucha armada y a la protesta violenta, un cliché desgastado. Por lo demás, dicha perspectiva analítica desconoce u omite referencias a la teoría leninista y gramsciana para la que no basta la existencia de la opresión y la miseria para que estalle la revolución, sino que es requisito de primer orden la creación de las condiciones subjetivas que solo se pueden producir a través de la educación de las masas en sus luchas cotidianas, gremiales y políticas hasta madurar en un partido.

Luego de medio siglo, las guerrillas colombianas no pudieron erigirse en intérpretes, voceros y representantes de las necesidades de la población “explotada y oprimida” y no han querido aceptar que fracasaron en su intento. No se puede negar la subsistencia de graves injusticias en el campo y que estas deben ser resueltas por el Estado colombiano, pero, no es lógico que se negocie su resolución con quienes no representan el campesinado.

La teoría política contemporánea explica con claridad que representar es una noción ajena al voluntarismo. Representar, en términos políticos, significa ser reconocidos, aceptados y seguidos por sectores importantes de la población. Un movimiento o partido político o fuerza armada no representa por el solo hecho de proclamarlo, debe mostrar apoyos sostenidos, liderazgos constatados, mediaciones efectivas, organizaciones, votos, presencia diaria, vocería, y nada de eso han podido cristalizar las guerrillas colombianas.

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