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Lunes 18 de Diciembre del 2017

La renuncia

Autor(a): Antonio Sánchez García  | 

Fecha: 18/01/2015

Exclusivo para FCPPC
 

Foto: catedraideologiabolivariana.net

Vuelve a elevarse el clamor por la renuncia. Por el referéndum, el plebiscito y la Constituyente. Con una diferencia tan de bulto, que avergüenza subrayarla: Venezuela no es la loca inmadura y caprichosa en manos de sus delirios golpistas, como cuando los Idus de Carlos Andrés Pérez. Es una ruina, una cloaca moral, un matadero.

Que Dios se apiade de nosotros.

Dice bamus hesterna die. Y henos aquí, luego de 23 interminables y desastrosos años, mordiéndonos la cola de nuestros propios estragos. No está vivo Hugo Chávez para intentar su tercer golpe de Estado; no están vivos Rafael Caldera, Arturo Uslar Pietri y Juan Liscano para volver a conspirar y exigir la renuncia del presidente constitucional de la República, que no existe; ni están vivos muchos de los constituyentes que lograron imponer la llamada "bicha!, luego de tironeos y exabruptos que se prolongaron por otros turbulentos años.

Fueron los tres expedientes con que el golpismo cívico militar intentó sacarse del medio a CAP y de paso cortar el hilo constitucional y atropellar las instituciones, hasta hacer tabula rasa de la democracia instaurada este próximo 23 de enero hará 57 años. Uslar y Liscano, en representación del establecimiento literario y académico del país, de la derecha ilustrada que nunca existió y del odio a la democracia del mantuanaje que jamás se atrevió a montar sus propios parapetos políticos, un partido liberal y un partido conservador como Dios manda. Sino que, aprovechándose del cambalache característico de la sociedad venezolana en que ricos y pobres, aristócratas y pat’enelsuelo de consuno, han vivido de chupar voraz e insaciablemente de las ubres del Estado petrolero. Ergo: mediante un parapeto dizque democrático multirracial, multiclasista, multideológico y multipolítico. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remaches ver llorar la Biblia sobre un calefón…

Majadero repetirlo, pero como bien decía André Gide, debemos hacerlo todas las mañanas porque los venezolanos somos particularmente olvidadizos: los alquimistas de AD, en primer lugar, y luego sus aprendices y principiantes de brujos socialcristianos, que lograron con el auxilio de los ingresos petroleros la magia de meter a todas las clases, castas, grupos y partidos en un mismo saco. El de la mercantil repartija del ingreso petrolero. Capaz de mantener la moneda venezolana durante medio siglo anclada respecto del valor del dólar en términos verdaderamente homéricos. Y así, durante toda la primera mitad del siglo XX y gran parte de la segunda, el Bolívar fue más fuerte que el dólar, el franco, el marco, la libra esterlina. No hablemos de la Lira, la peseta y las miserables monedas latinoamericanas que nunca valieron una locha.

Al amparo de la renta petrolera y del dólar a 4.30, con escasos habitantes y hábitos disciplinados por una tiranía de 27 años y una dictadura militar desarrollista por otros 10, ¿quién y por qué insólitas razones habría de quejarse en Venezuela? A partir de la erupción del pozo de La Rosa, en Cabimas, nos volvimos multimillonarios. Y sin necesidad de rompernos el espinazo trabajando de sol a sol ni viviendo del sudor de nuestras frentes, nos hicimos famosos como el pueblo más feliz del planeta. Y comenzamos a dar lecciones de civismo, de estabilidad democrática, mirando con curiosidad pasar el cortejo dictatorial de nuestros vecinos, unos muertos de hambre que se entusiasmaron con las promesas de felicidad del comunismo castrista.

Fue así una eternidad, hasta que dejó de serlo. Un viernes 18 de febrero de 1983, gobernando Luis Herrera Campins, se derrumbó el valor de la moneda. Y aunque resulte difícil de creerlo, por ese hueco del exacto tamaño de un dólar americano, que sellaba las arcas del tesoro del Banco Central, se vaciaron todas las instituciones, todos los hábitos, todas las certidumbres, todas las buenas costumbres. Ahogándose en el deslave del desmoronamiento del bolívar, los náufragos de la felicidad despertaron de un sueño que duraba medio siglo a la peor de las pesadillas de un instante: Venezuela no era la excepción a la regla, el país de los milagros, el ejemplo del hemisferio, el islote de la felicidad, el resguardo de los desheredados y perseguidos. Venezuela era un país tanto o más miserable que los países de su vecindario.

Si hasta allí hubiéramos llegado, se hubiera tratado de un simple balde de agua fría. A los que los ciudadanos de otros lugares del planeta están más que acostumbrados. Americanos, alemanes, italianos, franceses, españoles, chinos, ingleses, japoneses – por mantenernos en lo alto de las naciones – ¿quién no ha vivido devaluaciones, quiebras, procesos inflacionarios? ¿Quién no se vio afectado por el crash de 1929? Y así nosotros, de haber sido un pueblo como cualquier otro – Colombia o México, por ejemplo, o Chile y Argentina? Que hubiéramos extraído las debidas lecciones de la crisis asumiendo los necesarios correctivos. Pero a nosotros, los malcriados del petróleo, los subvencionados de nacimiento, los tá’ barato del Caribe, nos significó un océano de pesadumbre. Para decirlo en seis palabras: el mundo se nos vino abajo.

Y en esa conmoción de carajitos consentidos y malcriados, hijitos de papá Estado, millonarios de nacimiento, zánganos y regalados desde la cuna, no sólo no se nos ocurrió sacar la elemental conclusión que en tales casos recomienda la sabiduría popular – no hay mal que por bien no venga -, buscándole el lado bueno, como por ejemplo, romper de una buena vez el cordón umbilical que nos ata al petróleo y comenzar a producir riqueza con el sudor de nuestras frentes, sino que en el colmo de la inconsciencia y la estulticia consideramos que quien sí lo quiso hacer, y hasta comenzó a hacerlo con tan singular éxito que logró ser reconocido en el Foro de Davos de enero de 1992, merecía ser fusilado, con mujer, hijas y nietos.

Y abriendo las compuertas de la barbarie, el dinosaurio cuartelero despertó del letargo y las espadas y puñales de la traición se pusieron en acción. Fue cuando además de llevar a cabo el mayor acto de felonía y estupidez cometida en el siglo XX venezolano, de las cloacas de la política nacional salieron los Caldera, los Liscano, los Úslares, los Escobares, los Rangeles y toda esa cofradía mencionada al comienzo de este artículo. Y la masa de desharrapados copn o sin corbatas a la caza del botín, como en una película de horror ficción.

Nos pusimos consciente y tenazmente a la búsqueda del abismo. Y nos lanzamos.

Y aquí estamos. Luego de no sólo haber acuchillado lo mejor de lo mejor que hemos producido con algunas gotas de sudor de nuestras frentes en doscientos años de República – la democracia de Punto Fijo – de haber descuartizado a las pocas instituciones que hemos sido capaces de crear, y de haber triturado la cultura bicentenaria que habíamos erigido en un prolongado esfuerzo civilizatorio, nos revolcamos durante una década completa en un océano de dólares, logrando el sueño incumplido del tío Mc Pato: literalmente nadar desnudos en millones de millones de dólares, de euros, de yenes, de libras esterlinas, regalárselos a todos los amigotes del barrio latinoamericano invitados al festín no por bolsas de cientos de miles sino en baúles, camionadas y barcos de miles de  miles de millones de dólares.

Si no nos merecemos el dudoso prestigio de ser uno de los pueblos más tarugos, incultos, echones, irresponsables, aventureros, ignorantes, fabuladores, farsantes, estultos y bárbaros de los pueblos de este hemisferio, yo quisiera saber si luego de regalarle más de cincuenta mil millones de dólares en efectivo a los tiranos cubanos, otro tanto a los mendicantes de la región – de Kichner a Lula y de Daniel Ortega Evo Morales – de andar construyendo carreteras en Nicaragua y hospitales en Uruguay, regalando helicópteros y ambulancias en Bolivia y manteniendo zánganos como Pablo Iglesias y otros aventureros marxista leninistas nos caben otros epítetos y adjetivos más deshonrosos.

De allí que no sea nada extraño que otra vez circulen en el viciado ambiente político nacional los mismos expedientes: golpe, constituyente, referéndum, plebiscito, renuncia. Si una costurera mágica pegara el mes de enero de 1992 con el mes de enero del 2015 y solapara una página central con los meses de mayo o junio de ambos años posiblemente la historia no registraría tropiezo alguno. Pasamos del 92 al 2015 como en un suspiro, en un pestañeo, en una modorrita. No cambió nada.

Eso ha sido la historia venezolana. Una siesta interminable con unos despertares de pesadilla, asaltos y asesinatos a mansalva, saqueos e iniquidades por mayor. Luego, otra vez la modorra, la duermevela, el sobresalto, el griterío, el bochinche. Un insoportable dolor de cabeza, un embotamiento de los sentidos, una fétida y nauseabunda aparición de liderazgos uniformados.

De entre todas las opciones, la mejor de entonces hubiera sido la renuncia. No por darle en el gusto a Uslar Pietri y Juan Liscano, sino por permitir un elegante mutis por el foro. Que la renuncia de CAP no hubiera cambiado el destino que los dioses le habían marcado a Venezuela desde el 4F y la conspiración de los cuarteles: hundirse en el fango de la barbarie y la escatológica inmundicia de sus peores genes. Pero hubiera rescatado un poco de vergüenza nacional. El juicio fue el primer acto de la criminalización descarada de la Ley, su prisión un magnicidio disfrazado de hipocresía y los gobiernos de Ramón Jota y Caldera sórdidos capítulos de un sainete.

Vuelve a elevarse el clamor por la renuncia. Por el referéndum, el plebiscito y la Constituyente. Con una diferencia tan de bulto, que avergüenza subrayarla: Venezuela no es la loca estúpida y caprichosa en manos de sus delirios, como entonces. Es una ruina, una cloaca moral, un matadero. Pedirle la renuncia a un presidente ilegítimo, es de una cortesía versallesca. Como lo hubiera sido pedírsela a Gadaffi o a Sadam Hussein. Una forma elegante de exonerar a los venezolanos de ejercer su derecho a la legítima defensa. Y asumir la pesada carga de su histórica responsabilidad ante esta ignominia. Pero aún así: sigue siendo la fórmula menos onerosa. Si bien con un giro que se hará necesario: imponérsela. La renuncia se las pide, incluso exige, a quienes tienen la capacidad intelectual de comprender el foso en que se encuentran y tienen una pizca de honor. Me temo no ser éste el caso.

Que Dios se apiade de nosotros.

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