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Jueves 18 de Octubre del 2018

La última carta

Publicado en:

Fcppc  | 

Autor(a): Jesús Vallejo Mejía  |

Fecha: 09/05/2014

 

En una de sus vallas de campaña, dice Santos que ha hecho muchas cosas, pero todavía tiene más por hacer.

Trata de justificar de ese modo su aspiración reeleccionista. Pero la gente no cree que haya hecho tantas cosas como las que él jactanciosamente se adjudica. Y cree bastante menos en sus promesas de aplicarse, ahora sí, a ejecutar lo mucho que falta.

En realidad, como suele decirse en el lenguaje de la teoría de los servicios públicos, son muchísimas las necesidades insatisfechas que en todos los órdenes agobian a las comunidades colombianas. Los promeseros pueden hacerse lenguas hablando de la salud, la vivienda, la educación, las ciudades y el campo, la inseguridad, la justicia, la infraestructura, la alimentación, el fomento de la economía, la promoción de la productividad, la innovación y el emprendimiento, la situación de niños y ancianos, etc., etc. Pero a esta altura del debate, parece haber consenso acerca de que cualquiera de los candidatos que compiten contra Santos lo haría muchísimo mejor que este. Todos le ganan en solvencia técnica; más aún, todos producen en los auditorios la impresión de seriedad y decencia que echan de menos en el discurso del Presidente-candidato.

Fuera de las mañas que se le conocen, de las cuales traté en mi escrito anterior denominándolas “Estrategias Perversas”, a Santos solo le queda una carta por jugar: la de la paz con las Farc y el Eln.

Por eso anda diciendo que la paz está cerca y quizás podrían firmarse acuerdos con ambas agrupaciones terroristas en lo que resta del año en curso. Pide entonces que le demos esta oportunidad, que garantizaría su puesto en la historia y permitiría, como dice la propaganda oficial, utilizar los recursos que hoy se destinan a la guerra, en la construcción de un país grato para todos los colombianos, con casas, escuelas, hospitales, vías, acueductos, instalaciones deportivas y todo cuanto se necesita para que la vida de nuestros compatriotas sea placentera.

Pero, ¿de qué paz se trataría?

Nadie lo sabe, ni siquiera el propio Santos. A juzgar por el discurso de las Farc, cuyos voceros han sido enfáticos en declarar qué es lo que quieren, el precio de la firma de un acuerdo comenzaría por la impunidad y la elegibilidad de sus cabecillas, lo que les permitiría hacer parte del Congreso, el Gobierno y las Altas Cortes, conservando además sus armas por ahí guardadas y obteniendo que a la fuerza pública le aten las manos para no entorpecer sus propósitos.

Pero eso sería tan solo el abrebocas, pues también quieren que les adjudiquen puestos, no les apliquen la extradición que reclaman los Estados Unidos, les garanticen seguridad, les otorguen medios de comunicación y les entreguen el control de vastas zonas de reserva campesina que configurarían circunscripciones especiales, en las que, si uno lee con cuidado lo que ha dicho Sergio Jaramillo Caro, los narcoterroristas ejercerían el liderazgo de la organización de las masas y de los proyectos de supuesta redención del agro.

Esto es muchísimo, pero ellos quieren todavía más: una asamblea constituyente que se integre dándoles ventajas que no serían otras que las de contar con efectivos que les permitirían controlarla.

Desesperado por mostrar que su paz es posible, es lógico pensar que Santos está dispuesto a darles el oro y el moro, así De la Calle y el general Mora juren y perjuren que nada que afecte la tranquilidad de los colombianos se está discutiendo en La Habana, y que cualquier acuerdo a que se llegue se sujetará a la aprobación del pueblo soberano.

Esto no es más que un engañabobos. Lo previsible es que cualquiera sea el acuerdo –bueno, regular o malo-, se pondrán en marcha ipso facto los mecanismos de presión emocional e incluso física para intimidar al electorado a fin de que vote en favor de lo que se convenga.

Bueno es recordar que en 1989 hubo una deplorable iniciativa para convocar al pueblo a fin de que mediante la vía plebiscitaria decidiera sobre la suerte de la extradición. Esa propuesta dio al traste con la reforma constitucional que estaba a punto de aprobarse por el Congreso, pues, fuera de lo extemporánea y estrambótica, se vio cuán inconveniente sería una votación sometida a la amenaza de un narcoterrorismo que no se paraba en pelillos para ejercer la más atroz de las violencias.

Pues bien,¿queda alguna duda acerca de que los guerrilleros de las Farc y del Eln son tan desalmados como lo fueron los cárteles de Medellín, Cali o el Norte del del Valle? ¿Qué nos garantizaría que no harán uso de los medios más extremos del terrorismo para lograr que el pueblo se hinque a sus pies votando la aprobación de un acuerdo leonino?

Por otra parte, el modus operandi de cualquier refrendación popular de un acuerdo con los guerrilleros está erizado de tantas dificultades jurídicas y prácticas, que los golillas de Santos no han podido elaborar alguna fórmula que sea presentable. Le dan vueltas y revueltas al asunto y no atinan a decirnos cuál podría ser la fórmula salvadora.

Habida consideración del estado actual de la opinión pública, en gracia de discusión tenemos que admitir que por lo menos ella está dividida en torno de  temas básicos de un posible acuerdo con los capos que han sentado sus reales en La Habana. Ellos mismos han advertido que un acuerdo que no goce de respaldo abrumador sería inconveniente. Y dicho respaldo solo podría lograrse si ellos modificaran sus actitudes arrogantes y cínicas, lo cual sería mucho pedirles. Como lo recordó en estos días un agudo comentarista, alacranes son y de ellos solo cabe esperar que nos claven sus aguijones ponzoñosos.

La historia está llena de acuerdos de paz que suscitaron más violencia que la que pretendían solucionar. Como van las cosas, el etéreo acuerdo que ofrece Santos tiene todos los visos de ser uno de ellos.

Baste considerar que las Farc en ningún momento han mostrado disposición de acogerse a nuestra institucionalidad. Todo lo contrario, la rechazan tajantemente y exigen que se la modifique radicalmente para ajustarla a sus pretensiones, que no son otras que conquistar el poder, no por la vía de la deliberación democrática y la persuasión racional del electorado, sino por un “FastTrack” que, como por ensalmo, les haga el milagrito de concederles en la mesa de negociación lo que no han podido conseguir a lo largo de más de medio siglo en los campos de batalla ni en las urnas electorales.

Ojo, pues, compatriotas con la jugada tramposa que está preparando el tahúr Santos.

Hay por quiénes votar, muchísimo mejores que él. Yo, por mi parte, lo haré con todo entusiasmo por Oscar Iván Zuluaga.

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