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Lunes 19 de Agosto del 2019

Nunca antes

Aunque parezca un sano juego democrático, esta polarización entre uribistas y santistas nos coloca de espaldas a los reales problemas del país.

Qué lejos estamos de la realidad. La polarización política que vive el país no nos permite juzgar objetivamente a los dos últimos gobiernos. Razón tenía Gabo cuando dijo que en Colombia la opinión pública no está formada por electores sino por hinchas.

Como hinchas, los partidarios de Uribe nos recuerdan siempre solo los extraordinarios logros de su gobierno: duros golpes a la guerrilla y al fin una seguridad conseguida en todas las áreas del país; su empecinada microgestión para vigilar cuanto proyecto había puesto en marcha; las garantías dadas a la inversión extranjera; buenos índices de crecimiento y una política social destinada a favorecer a los sectores más pobres de la población.

Al mismo tiempo, apartándonos de los hinchas santistas que lo critican ferozmente, deberíamos reconocer algunas fallas propias de Uribe y de su imperioso liderazgo, como el afán de tener en sus manos todas las palancas del poder, el empeño de buscar una segunda reelección dándole con ello nuevas alas al clientelismo político y algo realmente grave: la supresión del fuero militar, que puso a oficiales y soldados en manos de una justicia ordinaria infiltrada por amigos de la subversión.

Con Santos, por obra de los hinchas contrarios a él, sucede algo parecido cuando desconocen o cuestionan éxitos de su gestión en el campo económico (los TLC, nuevas inversiones, baja inflación, descenso del desempleo), su política de vivienda, la educación gratuita para los niños en edad escolar y, sobre todo, el hábil manejo de su política internacional, que ubica a Colombia en organismos regionales capaces de grandes y efectivas decisiones, como la unión Asia-Pacífico.

Lo cuestionable de su gobierno se relaciona esencialmente con sus juegos de efectos e imagen, los anuncios de proyectos que no despegan y, sobre todo, el llamado proceso de paz, que, si bien responde a una profunda aspiración de la gran mayoría de los colombianos, tiene hoy algo del juego de la gallina ciega, con inesperadas concesiones puestas sobre la mesa, como la ausencia de sanciones penales para delitos propios del terrorismo, la indiferencia frente a sus innumerables víctimas y la peligrosa opción de una asamblea constituyente.

Aunque parezca un sano juego democrático, esta polarización entre uribistas y santistas nos coloca de espaldas a los reales problemas del país. Nunca antes nos habíamos encontrado con una descomposición tan profunda de la justicia: cuestionable idoneidad de fiscales, jueces y magistrados, comercio de falsos testigos y condenas flagrantemente injustas. Al mismo tiempo, nunca antes nos habían salpicado en diarios y noticieros tantos escándalos de corrupción en el manejo de los fondos públicos.

Nunca antes habíamos visto a los partidos convertidos en maquinarias osificadas por la búsqueda y el reparto de favores. Nunca antes habíamos tenido una burocracia tan obesa, inepta y a veces corrupta. Nunca antes los servicios de salud habían sido tan desastrosos. Nunca antes nos habíamos encontrado a la vez ante las amenazas del conflicto armado y del postconflicto. Es decir, de la guerrilla y las ‘bacrim’.

Al margen de las pugnas atrás mencionadas, el colombiano que hoy se muestra apático frente al mundo político, sus partidos y contiendas electorales, debería tomar conciencia del peligro ante el cual nos encontramos y hacerse sentir. Pero no con cacerolazos, sino con nuevas y limpias formas de acción política, ajenas a las viciadas prácticas políticas que hoy prevalecen en los partidos. De lo contrario, abriéndole la puerta a un outsider milagroso, nos exponemos a la ciega aventura que representó un Chávez en Venezuela o, en nuestro campo distrital, un Petro. Cuidado. Ni apatía ni tercerías mesiánicas vestidas de populismo.

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