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Lunes 18 de Junio del 2018

Obituario de una revolución

 

Si Chávez falta y la oposición se une, el Socialismo del Siglo XXI será derrotado en las urnas.

Chávez creó unas milicias que solo tienen por objeto mantener la revolución por la fuerza.

Lo peor que le podría pasar a Venezuela (y al continente), en este momento, es que Hugo Chávez se muera. Sí, y parece extraño que ese sentimiento aflore después de más de una década de estar anhelando la caída de un sátrapa que ahogó al país más rico de este vecindario en un cáncer que casi ha hecho metástasis en toda la región gracias a sus petrodólares.

Sin embargo, el final de Chávez, por lo menos en lo político, es inminente. Lo que en principio parecía ser una estrategia electorera ha resultado ser un grave mal: lo confirman los seis meses que, al parecer, estará por fuera de su país y del poder, practicándose tratamientos que, por lo que se sabe, serán más paliativos que curativos. Por lo tanto, para las elecciones de diciembre del 2012, Chávez tendría que afrontar, si es que sobrevive, un despiadado año de campaña en plena convalecencia y con un precario estado físico.

Y como él no es Dios, en este caso no podrá acudir a sus acostumbrados trucos dictatoriales. Esto no tiene nada que ver con las regulaciones de la Constitución Bolivariana, que él maneja a su antojo, y ni siquiera con "errores fundamentales", como el de descuidar la salud. El famoso gurú Sai Baba, considerado un dios, murió de un paro cardiaco, y Krishnamurti, de cáncer pancreático. Y eso que estos se mantenían meditando, orando y prodigando buenos deseos.

Los "errores fundamentales" de Chávez son muchos otros. Uno de los más graves es el de abrazarse a la revolución de los hermanos Castro hasta el extremo de tener solo cubanos en su guardia pretoriana y despreciar a los médicos venezolanos. Según expertos, tratarse en Cuba sería entregarse a la parca porque la cacareada medicina cubana carece de los adelantos que los soñadores de revoluciones le endilgan. Incluso, se rumora que Chávez fue víctima de un mal procedimiento de un cirujano cubano que lo intervino "como si se tratara de un absceso pélvico" y no de cáncer, lo que ha impedido que le apliquen la quimioterapia.

Paradójicamente, es en EE. UU. donde tienen los mayores adelantos para su tratamiento y no hay duda de que en la misma Venezuela lo podrían atender mejor. Ahí, donde otros enfermos de cáncer como Alejandro Peña Exclusa, uno de sus presos políticos, aspiran a que el régimen les permita tener acceso a la asistencia médica que hasta ahora se les ha negado.

Pero, ¿qué consecuencias tendría la ausencia repentina de Chávez? De morir en los próximos meses -y que nadie se escandalice, para allá vamos todos- sin haber restañado los odios y rencores que ha sembrado y sin dejar en marcha una salida democrática que sea respetada por sus seguidores, habrá una radicalización de la revolución bolivariana que tendría infaustas consecuencias.

Chávez no tiene un sucesor que recoja sus banderas por la vía democrática. Su personalismo omnipresente, por la pretensión de gobernar hasta la eternidad, ahogó todos los liderazgos políticos que pudieron aflorar a su alrededor. La prueba es que Henrique Capriles, el opositor más opcionado, le ganó la gobernación del estado Miranda nada menos que a Diosdado Cabello. De manera que, si Chávez falta y la oposición se une, el Socialismo del Siglo XXI será derrotado en las urnas. Un resultado que los radicales no aceptarán.

Sin embargo, Chávez creó unas milicias que solo tienen por objeto mantener la revolución por la fuerza. Su hermano Adán, el más seguro sucesor, acaba de afirmar que la vía armada es una opción válida para garantizar la permanencia de la revolución, cosa que apoyarán los Castro porque Cuba sin Venezuela se hunde. Así que, en ausencia del caudillo, esto terminará en una debacle que solo él podría evitar en un último acto de magnanimidad: o facilita una transición democrática o bajará al sepulcro con la intranquilidad de dejar a su país en llamas. ¿La proximidad de la muerte obrará el milagro?

Saúl Hernández Bolívar

El Tiempo, Bogotá, julio 04 de 2011

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