Miércoles 22 de Noviembre del 2017

Populismo y oportunismo

Santos tenía -según Ipsos- 71% de favorabilidad en julio de 2011, de manera que ha caído 13 puntos en nueve meses.

La última encuesta de Ipsos-Napoleón Franco debió caer como una bomba atómica en el Palacio de Nariño. En ella se revela dramáticamente lo que el pueblo colombiano piensa del Gobierno de Santos. No solo cae abruptamente la imagen del presidente en los últimos 16 meses, pasando de 73% en noviembre de 2010 a 58% en la actualidad, sino que se raja en casi todos los temas, desmejorando su calificación en relaciones internacionales, seguridad, relaciones con el Congreso, medio ambiente, economía, inversión social, lucha contra la corrupción, manejo de la emergencia invernal y desempleo.

Es decir, peor imposible, aunque en realidad todo puede empeorar. Y es que Santos tenía -según Ipsos- 71% de favorabilidad en julio de 2011, de manera que ha caído 13 puntos en nueve meses; mientras la satisfacción por su desempeño cayó 16 puntos en el mismo lapso, de 68% en julio de 2011 a 52% hoy, y la sensación de que ha cumplido sus promesas ha bajado del 60 al 47%.

Frente a este panorama, los círculos cercanos al Gobierno se muestran sorprendidos como si hace meses no estuviera claro que el pueblo colombiano está molesto y preocupado por el deterioro de la seguridad, los coqueteos de Santos con las guerrillas y con los vecinos que las apoyan, la imagen frívola y derrochadora de su Gobierno, el escaso contacto con la gente y, en general, con la evidencia de que le dio la espalda al ideario uribista que lo llevó al poder. A pesar de eso, algunos creyeron que el pueblo se iba a tragar el cuento del liderazgo internacional de Santos, como si la gente comiera tapas de revista y cumbres al horno.

Por eso, el anuncio de las 100.000 casas gratis para los más pobres de los pobres, solo puede entenderse como una reacción desesperada a la baja en las encuestas, un acto oportunista de un populismo no tan barato que digamos, puesto que el programa cuesta unos 4 billones de pesos -sin los terrenos y las obras de urbanismo- que hasta ahora no se sabe de dónde saldrán pero que Santos justifica con el argumento de que la economía anda muy bien y que eso tiene que redundar en beneficio de los más pobres.

Sin duda, este es un acto de prestidigitación digno de su mejor amigo, el compadre Chávez, quien ha regalado desde casas hasta electrodomésticos con el fin de mantenerse en las encuestas y conservar una masa crítica de seguidores para poder ganar elecciones. Y, claro, quienquiera que critique estas decisiones corre el riesgo de ser señalado porque es de suponerse que todos los demócratas estamos empeñados en combatir la pobreza.

Sin embargo, esta decisión de Santos no es plausible por varias razones, principalmente porque se trata de un proyecto absolutamente improvisado que -además- cambia planes anteriores. El Gobierno se había comprometido con construir un millón de viviendas en el cuatrienio, de las cuales tendrían subsidio 526.000, de tal manera que las 100.000 parecen una reducción de lo inicialmente ofrecido pero con el gancho efectista de ser gratis, para deslumbrar a la galería. Asimismo, se hace a un lado el Plan de Habitabilidad que se lanzó apenas un año atrás y que tenía por objetivo mejorar las condiciones físicas de las cuatro millones de viviendas más humildes con cuatro metas concretas, como eliminar el piso de tierra.

Esta es una administración que se caracteriza por hacer anuncios con bombos y platillos, que luego se desvanecen en el aire generando grandes frustraciones. No ha podido atender a los damnificados de tres inviernos, no ha podido refundar a Gramalote, donde apenas se requieren poco más de un millar de viviendas, tuvo que despedir al director del Incoder porque iba muy lento en la restitución de tierras y tendrá que hacer lo mismo con el ministro de Transporte por su ineficiencia absoluta.

Todo esto sin mencionar los graves efectos del asistencialismo: con eximir a las personas hasta del más mínimo esfuerzo no se resuelve la pobreza, no se enseña a pescar. Ocurrencias de un Gobierno que por echar la brújula al mar ya no sabe para dónde va.

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