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Autor: FCPPC

Fecha: 02/11/2011

El nuevo mapa político local y regional del país ofrece lecturas más amplias de las que hasta ahora representaban los colores de los partidos políticos. El triunfo de Petro en Bogotá, de Fajardo en Antioquia, y el castigo a las maquinarias en Bello con el triunfo del voto en blanco, son manifestaciones claras de una voz de opinión que habla del cambio en nuestra cultura política. No es por colores de los partidos que hay que analizar el nuevo mapa político colombiano, sino por los mensajes que están enviando las nuevas generaciones, representadas no sólo en muchos nuevos candidatos, sino en los propios electores, pero ambos agrupados en un instrumento democrático por fuera de las maquinarias: el voto de opinión.

No es casual, aunque necesite otras pruebas de validación en las urnas, que 10 de las 32 gobernaciones del país estén ahora en manos de grupos independientes y que buena parte de las alcaldías de las grandes ciudades hayan obtenido altísimas votaciones por cuenta de alianzas entre grupos políticos en consolidación e independientes. El caso del ex senador Gustavo Petro en Bogotá es un hecho sin precedentes en la historia política colombiana, no sólo por su pasado como miembro de la guerrilla, sino por la forma en que llegó al segundo cargo más importante del país: en medio de un escándalo de corrupción dentro del que hasta hace unos meses era su partido, el Polo Democrático, y derrotando a pesos pesados como Enrique Peñalosa y Gina Parody, la candidata de Antanas Mockus.
Dentro de esa nueva composición política, no deja de ser un hecho relevante el aplastante triunfo de Sergio Fajardo en Antioquia, quien, aunque ya había sido alcalde de Medellín, se enfrentaba ahora a la maquinaria partidista y a un candidato con su jefe político en ejercicio. La debacle de la corriente política del gobernador Ramos es estruendosa. Su representación en la Asamblea Departamental y el Concejo de Medellín será menos que mínima. El caso de Bello, fortín histórico de la clase política y donde ganó el voto en blanco, es una demostración de rechazo a las viejas prácticas clientelistas y un síntoma alentador de madurez política que habrá que acompañar con decisión, pues los riesgos y las amenazas siguen vigentes.
Algo similar pasó con la elección del Concejo de Bogotá, donde también ganó el voto en blanco, aunque no fue más del 50% del total de votos. El carrusel de la contratación afectó gravemente la confianza de los electores en los cabildantes distritales. Los casos de Elsa Noguera, en la alcaldía de Barranquilla y Rodrigo Guerrero, en la de Cali, llegaron con los vientos de renovación que necesitan ambas ciudades; mientras en Medellín, el triunfo de Aníbal Gaviria garantiza la continuidad de un modelo de ciudad con amplia participación ciudadana, sin compromisos burocráticos, y decidido a romper los lazos con la ilegalidad y la violencia.
Quienes madrugaron a ponerle una lápida al uribismo estaban pensando más con las ganas que con la razón, pues no obstante las derrotas de algunos de sus candidatos en ciudades capitales, el Partido de la U se mantuvo como una de las fuerzas políticas con mayores votaciones locales en todo el país, en especial en reconocidas zonas de orden público, donde la Política de Seguridad sigue siendo un activo democrático. Lo ideal es que tuviéramos unos partidos políticos sólidos y con programas incluyentes y participativos. Pero estas elecciones regionales dejan varias enseñanzas y muchos mensajes. Entre otros, o que nuestros líderes cambian, o los cambian.
El Colombiano, Medellín
Editorial
1 de noviembre de 2011