Lo ideal, desde el punto de vista ético, es que en todos los medios periodísticos, incluidos los de carácter oficial o público y en particular los canales de televisión que les sirven a los gobiernos locales, regionales o nacional, se respete la autonomía de los periodistas responsables de los noticieros y no haya ni la más mínima interferencia de los funcionarios públicos para definir quiénes son amigos o enemigos y a qué personajes puede entrevistarse o cuáles han de recibir los castigos absolutistas y antiperiodísticos del veto, la campana neumática o el ninguneo.

No siempre funciona de modo similar la toma de decisiones editoriales en los medios de origen privado que en los que se sostienen mediante aportes derivados del presupuesto gubernamental. Por supuesto que en la mayoría de los casos se procura mantener una actitud respetuosa de la competencia de los directores y periodistas de los servicios informativos. Aunque es comprensible que, por ejemplo, en Teleantioquia y Telemedellín, hay primacía del Departamento y el Municipio y tanto Gobernador como Alcalde disponen de franjas horarias generosas para la exposición de sus programas, los noticieros y teleaudiciones informativas y de opinión se manejan con aceptable autonomía, que está determinada, en gran parte, por la respetabilildad y la confiabilidad que acreditan los respectivos editores y sus equipos de reporteros y colaboradores y, claro está, por el talante de los titulares de ambas administraciones, que no son ajenos a la cultura profesional periodística y su metodología de trabajo.

Se había demorado mucho el colega Mauricio Arroyave, exdirector de un programa periodístico en Canal Capital, para evidenciar su conflicto con las instrucciones restrictivas de sus superiores jerárquicos. Cuando un canal de televisión no sólo es público sino que el gerente se sale de su ámbito administrativo, cruza la línea divisoria entre lo periodístico y lo gerencial y funge como director y seleccionador de personajes y contenidos y además exhibe una orientación filosófica afín a la que les asigna a los medios de comunicación la función de aparatos ideológicos del Estado e instrumentos de adoctrinamiento político e ideológico, lo obvio es que se diluyan la tolerancia, el pluralismo, la multiplicidad de enfoques de la realidad y la valoración del interés público, porque priman las directrices dictadas desde la Alcaldía.

Para nadie es un secreto que en el Distrito Capital predomina una mentalidad monocolor muy próxima al modo de pensar totalitario. Tal mentalidad ha inficionado el Canal, que no puede salvaguardar su independencia y mucho menos mantener distancia crítica frente al poder, sino todo lo contrario, estar a su servicio incondicional y obsecuente, pues si no quedaría condenado a desaparecer. No puede esperarse que produzca peras el olmo del Canal Capital.