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Autor: Hugo Quintero Bernate

Fecha: 11/08/2015

Una madre en La Guajira que reclama airada ante las cámaras cuando descubre que la bazofia servida a los niños en los hogares de Bienestar Familiar no tiene nada que ver con el nutritivo y balanceado menú que unos contratistas le han vendido en un jugoso negocio a ese Instituto. Un extraño cortejo de hombres y mujeres que deambulan como zombis con baldes y tarros buscando agua en la ardiente Santa Marta. Familiares de nacionales presos en el exterior quejándose del abandono en que los cónsules los tienen. Tres asuntos que tienen un único enlace: la mala política.

No hay actitud más ofensiva que la de personas en pleno ejercicio de sus derechos políticos y ciudadanos que se ufanan de no votar. O que reivindican que la política los tiene sin cuidado. Tal vez sí hay una más ofensiva, la de quienes venden el voto.

Son comportamientos francamente insensatos. Votar no es solo un derecho. Es una verdadera obligación de cualquier ciudadano responsable. Aunque algunos teóricos sostengan que no votar es tan democrático como hacerlo. Y eventualmente simboliza rechazo contra todos los candidatos, me parece más un acto de cómoda cobardía, cuando el propio sistema electoral ofrece la opción de hacerlo en blanco con un peso específico fundamental.

Peor aún es creerse al margen de la política y suponer que sus consecuencias no lo tocan. Para fraseando a Clemenceau, la política es un asunto demasiado serio para dejársela a los políticos. Las madres guajiras que lamentan la muerte de hambre de sus niños o que aguantan en silencio cómplice que a sus hijos se les “alimente” con cualquier cosa en los hogares del ICBF, no son extrañas ni ajenas a su tierra. Son de las mismas familias que se encaraman en los buses a cambio de una gaseosa, un mal almuerzo y cincuenta mil pesos para elegir al político que respalda al contratista que mata de hambre a sus hijos.

Cada voto que los habitantes de Santa Marta le ha vendido, regalado, empeñado o alquilado a cualquiera de las dinastías familiares que han arrasado con esa ciudad, es el que los obliga a caminar cabizbajos y en silencio en busca de agua potable. La corrupción que les ha robado el agua es la que ellos han elegido corrompiendo su voto.

La pereza electoral de los que no votan. De los que ni siquiera se levantan el día de elecciones es una forma de corrupción ciudadana. Es un acto de inmoralidad que avala a los políticos corruptos que han estructurado la actual “contratocracia” para robarse el presupuesto. El que no vota termina respaldando que el servicio exterior de la República esté en manos de políticos quemados, amigos del ejecutivo y otros etcéteras y no en manos de funcionarios de carrera que por lo menos visiten a los presos nacionales en el exterior. O patrocina que la posición jurídica del país en los grandes pleitos internacionales estéal vaivén de cada elección.

En los próximos dos meses, como dicen los Hermanos Zuleta “Reflexione, hombe, reflexione”. Y si no, a quejarse al mono de la pila.