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Autor: Jaime Jaramillo Panesso

Fecha: 19/01/2016

Era Camilo Torres (1929-1966) un cura hecho por las tormentosas corrientes de su tiempo. Su segundo apellido de raíces antioqueñas: Restrepo. Estudió en la ciudad de Lovaina y regresó para ser capellán en la Universidad Nacional. Sus defensores le atribuyen importancia a los pocos ensayos publicados sobre características de la sociedad bogotana y nacional. No era buen orador, peroel encanto de Camilo estribaba en su condición sacerdotal que rompía los lazos de la ortodoxia clerical en cabeza del cardenal Concha Córdoba, quien le suspendió la capacidad de oficiar misa y ejercer los sacramentos de la Iglesia. Camilo renunció a su sacerdocio, 1965, para quitarse de encima la descalificación de la jerarquía católica.

Su cara de niño bueno, de hijo amoroso con su madre, de maestro en asuntos sociales y de profesor universitario, lo congraciaban con las masas de seguidores que lo empujaban a una corriente política abierta y popular donde desembocaban estudiantes universitarios, los sindicalistas de la democracia cristiana, los intelectuales de la izquierda no comunista y la gente del común que lo tenía como el líder de Frente Unido, un movimiento que se puso en marcha cuando parte de los clérigos católicos difundían la teología de la liberación, la mano reformista de la Iglesia que predicaba la unión de marxistas y cristianos, según la orientación de Concilio Vaticano II.

No obstante el desarrollo del Frente Unido, Camilo simpatizaba con el ELN. Andaba por entonces de moda la tesis insurreccional derivada de la revolución cubana, que daba prelación a la lucha armada para la toma del poder, la misma que llevó al Che Guevara a tratar de formar una guerrilla en Bolivia que le costó la vida. Camilo abandonó la lucha de masas y se metió al monte con el ELN. Pudo más la liturgia del mártir, del héroe que incendiaría la pradera para salvar la humanidad. Murió en combate con una patrulla del ejército al intentar apoderarse de un fusil que portaba un soldado muerto. Pero el soldado no estaba muerto. Y el muerto fue Camilo.

Ahora resulta que el Presidente Santos, en un acto presunto para obtener confianza con el ELN, organización guerrillera que está en conversaciones con el gobierno, pide al ejército encontrar los restos mortales de Camilo. Parece una escena bufa de una obra de teatro. Dentro de pocos días se dará la noticia y Santos hará de ella otro “golpecito de opinión” propagandístico. El general Álvaro Valencia Tovar lo había dicho, ya que fue dentro de su jurisdicción que murió Camilo Torres, vereda Patio Cemento, municipio San Vicente de Chucurí, el 15 de Febrero de 1966. Según esa fuente, los restos de Camilo fueron entregados a un hermano del occiso, Fernando Torres.

En el supuesto caso que no fuese así, tenemos dos alternativas:el cuerpo de Camilo quedó en manos del ejército que lleva una bitácora de sus actuaciones militares y más dada la importancia del cura guerrillero. Si no lo recuperó el ejército, correspondió al ELN que debió hacerle honores militares. Estamos ante un tremendo caso de criminalística presidencial que impregna de emoción al país entero, mediante la aplicación de píldoras diarias de misterios embalsamados en el Palacio de Nariño. Blanco es, gallina lo pone.