Martes 24 de Octubre del 2017

SINDROME DE LA HABANA

Autor(a): David René Moreno Moreno  | 

Fecha: 15/10/2013

Exclusivo para FCPPC

Al igual que ocurre con el síndrome de Estocolmo, las conversaciones de paz en La Habana tienen totalmente obnubilado al pueblo colombiano. Para muchos, los delincuentes de las FARC ya no son los bandidos que día a día han asesinado a colombianos inocentes, ya no son los bandoleros que desde hace más de cincuenta años están secuestrando y extorsionando tanto a los campesinos como a los trabajadores, ya no son los forajidos que asaltan en las vías, que queman vehículos en las carreteras, que vuelan los puentes y las torres de energía para  afectar a miles de ciudadanos, ya no son los malhechores que se llevan a los menores de edad para convertirlos en asesinos, para colocarlos como “carne de cañón” o para prostituirlos.

Qué tristeza Colombia; ahora, estos narco terroristas son considerados los prohombres que negocian con sabiduría, destreza y grandes capacidades intelectuales, colocándose en un mismo nivel que el gobierno colombiano, son los grandes estadistas que discuten sus teorías y planteamientos macroeconómicos para un país de más de cuarenta y siete millones de habitantes, son los grandes estrategas que dialogan con profundidad sobre los temas políticos y sociales del país. Ya no son bandidos, ahora son parte de los grandes forjadores del futuro de nuestra Patria; esto es el síndrome de La Habana.

Es claro que todos los colombianos queremos la paz, pero lamentablemente nos hemos dejado llevar por el sofisma de una paz inmediata, total y duradera. Hasta los bandidos de las FARC quieren que llegue la paz para no seguir huyendo cada día, para poder gozar libremente de los grandes recursos que les ha proporcionado el narco tráfico y el terrorismo, las “vacunas” a los ganaderos, agricultores y comerciantes, la minería ilegal y todas aquellas actividades ilícitas que tantas ganancias le producen a los delincuentes, sin importar su pelambre.

Este síndrome de La Habana les ha cambiado la imagen a los delincuentes, pero también le han hecho creer al común de las personas que la firma de un Acuerdo con los bandidos de las FARC traerá automáticamente la paz a Colombia. Lo que se negocia es la dejación de las armas por una fracción de las FARC, los otros bandidos continuarán delinquiendo. La paz llegará algún día; mientras más temprano, mejor. Pero por un largo período continuaremos sufriendo la crueldad, los vejámenes y los ataques de un grupo de dementes, que con el empleo de las armas estarán tratando de imponer su voluntad en las poblaciones menos favorecidas y continuarán con el negocio ilícito de las drogas; un grupo de malhechores que sin castigo sonreirán por mucho tiempo ante la ineficiencia de una justicia maltrecha y en muchas oportunidades parcializada contra los servidores de la Fuerza Pública y defensores de la democracia.

La diaria aparición de los delincuentes en los medios de comunicación los está convirtiendo en estrellas del espectáculo; no importa lo que digan, ya muchos están pendientes de cuál va a ser el nuevo pronunciamiento de las FARC y de cuál será la respuesta de los analistas. Sus desatinos generan grandes títulos, pero no por sus absurdas propuestas, sino por el efecto del síndrome de La Habana; sus fotos ocupan portadas, pero el asesinato de campesinos, el asalto de poblaciones, el desplazamiento de población rural o el asesinato de miembros de la Fuerza Pública ya no es un crimen, es parte de las actividades que “legalmente” están llevando a cabo estos facinerosos y que el pueblo colombiano impávido lo ve como un segmento de lo que indiscutiblemente tiene que suceder, pero que más bien se debería llamar “el dantesco espectáculo de los pre acuerdos”.

El síndrome de La Habana nos tiene totalmente absorbidos, no nos ha permitido ver en toda su dimensión el impacto real de las acciones delictivas de las FARC de los últimos meses, el jaque en que han puesto al gobierno con las marchas campesinas o los efectos negativos del fallo de La Haya frente a nuestra soberanía. Afortunadamente tuvimos un espacio de libre respiro con los partidos de la Selección Colombia, que mantuvieron ocupada la mente de nuestros ciudadanos a favor de un interés colectivo.

Pero debemos preguntarnos: Que verdadera intención de paz puede tener un grupo de delincuentes que en desarrollo de las conversaciones de paz continua asesinando, violando, atacando, robando, promoviendo paros y marchas campesinas, así como lucrándose del negocio del narcotráfico? Cómo puede un pueblo confiar en un grupo de narco terroristas que no piensa entregar las armas con las que ha cometido y está llevando a cabo los delitos y que abiertamente le dicen al mundo que no pagarán un solo día de cárcel por los MILES, si, MILES de asesinatos y demás crímenes de lesa humanidad que han cometido? Pero lo que verdaderamente llama la atención es ¿por qué el silencio de los colombianos frente a lo que está sucediendo? ¿Por qué todos los que tienen algo que perder o que ya lo han perdido se mantienen callados? ¿Es que ahora los bandidos de las FARC gozan de la aprobación y estima del pueblo colombiano? ¿Es que los medios han logrado cambiar verdaderamente su imagen? Despierta Colombia. No se debe olvidar que se está negociando con un puñado de delincuentes y que estos no son los “Robin Hood” del campo colombiano.

Cuando se adelanta una negociación con delincuentes que afectan la seguridad del estado se está frente a tres posibles escenarios: cuando el Estado es muy fuerte y legítimo y tiene derrotados a los bandidos, estos piden negociar pues quieren obtener algo antes que desaparecer. En un segundo escenario, cuando el Estado y los bandidos están en igualdad de condiciones y el gobierno pide negociar para subsistir y ofrece compartir el poder. Por último, cuándo los bandidos han logrado sobrepasar las capacidades del estado y este, débil y derrotado, debe claudicar. Colombia se encuentra en el primer escenario, se mantiene como un país triunfante frente a unos siete mil delincuentes en armas que no han podido llegar al poder con el empleo de todas las formas de lucha; pero, con estas negociaciones, parece que se estuviera gravitando en el segundo escenario, donde los bandidos están imponiendo sus condiciones y logrando concesiones importantes según sus intereses. ¿Hasta dónde se va a ceder en sus pretensiones? ¿Se va a firmar todo muy rápido para favorecer los resultados de las próximas elecciones?

El anhelo de los colombianos es indiscutiblemente la paz. No nos debemos oponer a las negociaciones de paz; debemos apoyar los esfuerzos que se hacen para evitar más dolor en los hogares de los colombianos. Ciertamente, algo se debe entregar a los bandidos que fueron llamados por el gobierno a la mesa de negociación. Pero ¿cuál será el precio que debemos pagar para que no nos sigan asesinando? ¿Qué vamos a entregar de nuestra soberanía y de nuestra democracia a este grupo de delincuentes? ¿Será que el país se dejará arrastrar por los intereses de los miembros de las FARC hacia un abismo político, económico y social como ha ocurrido en las vecindades? ¿Permitiremos que estos bandidos logren por la vía de la negociación con el gobierno lo que no pudieron alcanzar durante 50 años de terror? Las FARC son hoy un grupo delincuencial derrotado en el campo armado, que con las negociaciones de paz logrará muchos réditos en el campo político.

presidencia@cga.org.co

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