Martes 24 de Octubre del 2017

Tenemos Papa

Francisco ama a los pobres, no porque odie a los ricos, sino porque en corazones sencillos hace mejor nido la palabra del Maestro.

Jorge Mario Bergoglio es lo que llaman en la Argentina un buen gaucho.  Nosotros diríamos que un buen tipo, o más castizamente hablando, un buen hombre. Como la gran mayoría de argentinos, viene de una clase media muy media, de gente que llegó a esta América hace poco, dos o tres generaciones atrás, buscando un horizonte mejor para sus vidas que el que les ofrecía la Europa maltrecha, injusta, amenazada por las más extremas pasiones que el hombre hubiera conocido, esa de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

En un hogar católico, como el de casi todos los argentinos de la época, se fue formando este tecnólogo que pronto se hizo jesuita, sacerdote, obispo, arzobispo, cardenal y Papa. Un argentino típico decíamos. Sencillo, aunque muchos crean lo contrario, ilustrado, voraz lector, hincha del San Lorenzo de Almagro, tanguero, amante de Borges y su literatura fantástica, de Dostoyevski y sus miradas insuperables al fondo del alma humana, y de Leon Bloy, el genial y feroz polemista católico de finales del Siglo XIX. Este hombre, franco hasta la ironía, que molesta a muchas piezas  de los museos ideológicos, es dueño de profundas convicciones, de valor a toda prueba y de una mirada lúcida sobre su Iglesia y los seguidores del buen Jesús.

Bergoglio ya no será conocido por ese complicado apellido piamontés como el cardenal que se enfrentó a la camarilla  peronista de los Kirchner. Será de ahora y para siempre el buen Papa Francisco. El de Asís y aquel Francisco Javier que aprendimos a conocer y amar quienes tuvimos la suerte de educarnos en colegios jesuitas. Y talvez recordaba en la hora de buscar su nuevo nombre a aquel Francisco de Borja, Duque de Gandía, que resolvió volverse Santo después de mirar los restos putrefactos de su amada Reina, a la que tuvo que custodiar en su peregrinación por media España: nunca volveré a servir Señor que se me pueda morir, dijo el de Gandía.

América Latina y los argentinos, tal vez ellos menos que otros, no saben lo que les cayó encima. El más grande honor y la más alta responsabilidad, anejos a llevar entre olas embravecidas la quilla de Pedro hacia los puertos de Dios.

Francisco ama a los pobres, no porque odie a los ricos, sino porque en corazones sencillos hace mejor nido la palabra del Maestro. El amor pleno, fraterno, sin orillas entre todos los hombres. El hacer el bien sin distingos ni condiciones. El amar la vida, como condición de la beatitud y la resurrección del último día. El mirar el dolor como camino hacia el que más padeció, el que más amó, el que más esperó, son mensajes tan simples y tan duros de vivir. Francisco lo sabe y por eso sus palabras vienen llenas de fuego interior, sin sofisticaciones ni dobleces. Con las pocas que ha pronunciado ya conquistó el corazón de millones. Como su Maestro y Guía, el que desde Galilea dijo las mejores que nunca se pronunciaron, buscando desde su altura sin límites llegar al corazón de los humildes de corazón, limpios de alma.

La iglesia vive momentos muy difíciles. Nos preguntamos cuáles fueron fáciles en su milenario peregrinar por el mundo. Enfrentar los tiempos en busca de tan altas cimas de humanidad, recordar el desprecio de los bienes terrenales, porque hay otros mejores, predicar el amor de los amigos, y el de los enemigos, que es una locura sublime, nunca fue como coser y cantar. La Iglesia siempre incomprendida, detestada por los que se dejan gobernar por aquellas viejas pasiones  de la concupiscencia del poder, de la mundana gloria, del dinero, y se dejan arrastrar por el peor de los demonios, que es el odio, no ha conocido un día de reposo.

Lo primero que hizo Francisco en la noche de su elección fue mandar los fieles a orar y a descansar. Pero a orar con la oración del amor, que nunca falla y a descansar para aceptar con bríos la batalla del mañana. Como jesuita aprendió que la vida es milicia. Militemos bajo estas banderas abiertas a los vientos de la Esperanza, con la Fe que ilumina y la Caridad que todo lo conquista.

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