Sábado 18 de Noviembre del 2017

UN COLOMBIANO ANÓNIMO (Y UN HÉROE)

Ricardo Rodríguez Ramírez era su nombre. Hubiera podido ser José Pérez o Juan Restrepo, como tantos miles. Un nombre común y corriente, un colombiano típico. Algo menos de cuarenta años, mujer y dos hijos, conductor de oficio. Jugaba bien al fútbol y tenía un equipo con el que competía. Se quejaba de que no tener tiempo para ejercitarse lo había engordado. La verdad es que tenía una muela brava y devoraba cada comida como si fuera la última. Con todo, montaba en bicicleta cuando podía y aprovechaba que vivía en San Isidro, en la vía a la Calera en Bogotá, para perder algunas libras en el sube y baja de semejante cuesta. Pero se estaba engordando y se le notaba.

Era fuerte y, más joven, dice, rápido. Quizás hubiese sido jugador de mejores ligas si no hubiera estado obligado a trabajar desde muy joven para ayudar a sus padres. A Stella, que vende flores en la plazuela del parque del Virrey, y Octavio, que las despacha, los ingresos apenas les alcanzan para vivir con decoro, pero nunca para pagar un buen colegio a sus hijos. Fue a una escuela pública y la universidad nunca estuvo en sus sueños.

La ausencia de estudios nunca lo detuvo. Heredó de sus padres la disciplina del trabajo y una tenacidad de hierro. Honesto como la inmensa mayoría de colombianos y leal como muy pocos, le fue fácil no solo ganarse el respeto de sus jefes, sino su confianza. La sonrisa le surgía espontánea, natural, sin rastro alguno de falsedad. Nunca lo vi enojado o de mal genio. A Richie era fácil quererlo.

Hincha furibundo de su Millonarios del alma, no perdía partido si el día de juego no tenía que trabajar. Iba a la tribuna sur del Campín, la popular, porque era la que podía pagar y porque disfrutaba el calor de la hinchada, los saltos y los cánticos de combate. Detestaba al Santafé, pero le tenía aun mayor inquina al Nacional, como los azules de raza. Los verdes son nuestra competencia, decía. Era fanático, pero detestaba la violencia y nunca agredió a un contrario ni permitía que alguien lo hiciera. El fútbol es de caballeros, sostenía.

Recursivo e ingenioso, nunca se varó. Quería darle a sus hijos el futuro que él no tuvo y soñaba con verlos profesionales. Siempre que pudo tuvo dos empleos. Hacía turnos de veinticuatro horas, pero cuando tenía descanso iba a su otro trabajo. Con ese ingreso adicional sacó a su hijo del colegio público y lo metió al mejor privado que pudo pagar. En el oficial dijo, su hijo tenía malas influencias, indeseables amistades.

Perdió en DMG siete millones, entre los ahorros suyos y de Adriana de toda la vida y lo que pidió prestado. Desconsolado, solo se atrevió a contarme cuando el agiotista lo ahorcó. Se ganó un regaño cariñoso porque rompió su propia regla, la de que solo el trabajo honrado garantiza un mejor futuro. Cuando se descubrió el engaño no podía entender por qué las autoridades habían permitido tanto tiempo que la pirámide hubiera funcionado. Yo tampoco lo entiendo.

Trajo bluyines de Medellín y ropita de Panamá. Abrió una tienda en Chapinero a la que Adriana le puso el mejor empeño. Quebró. Soñaba con llevar a su hija Giuliana a Disney, cuando cumpliera quince. Sabía que corría un riesgo enorme con su oficio, porque manejaba el carro de uno de los hombres más amenazados del país. Pero era valiente y leal como ninguno. Y sentía que era su deber protegerlo, aun con su vida. Lo enterramos el viernes, en un ataúd con el escudo de su Millos del alma y el llanto de decenas de sus amigos. Se fue como un héroe, como son héroes tantos miles de colombianos anónimos, trabajadores, humildes, rebuscadores, honestos, alegres. Lo mataron los cobardes que atentaron contra Fernando Londoño . Puede estar tranquilo, Richie: Brayan, cuya adolescencia le preocupó tanto, en su sepelio dijo unas palabras que lo llenarían de orgullo y arrancaron llanto al más estoico.

Trabajó conmigo muchos años. Era mi compañero, el de mi señora y mis hijos. Era nuestro amigo. Nos deja desolados, con el alma en pena. Pero ni su familia quedará desprotegida ni los asesinos lograron su objetivo. Londoño seguirá opinando. Nosotros también.

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