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Miércoles 18 de Septiembre del 2019

Un presidente incoherente

Publicado en:

El Espectador  | 

Autor(a): Darío Acevedo Carmona  |

Fecha: 10/02/2014

 

El presidente Santos, como de costumbre, dice una cosa y luego dice la contraria. Esta semana, en el escándalo de la central de inteligencia del ejército -de espionaje o de chuzadas- para no ofender el puritanismo antimilitarista de sesudos intelectuales, Santos reafirmó que no es tan lúcido como nos lo presentan sus áulicos.

El presidente candidato tiene a su favor el staff más poderoso que se pueda alguien imaginar para la campaña reeleccionista en curso. Entre los organismos del Estado colombiano cuenta con la mirada complaciente de algunas cortes, de las mayorías del Congreso. La Fiscalía, uno de las instituciones más fuertes del país, sigue sus directrices bajo el mando de quien luce más como su ministro del Interior. La única piedra en el zapato que le estorba es la Procuraduría. El Consejo Electoral maneja y manipula a su amaño los asuntos electorales para favorecerlo.

Pero, es en los medios en donde se puede apreciar su mayor dominio. Es tan evidente la posición santista de casi todos los periódicos de la capital, los noticieros de televisión, las revistas, las encuestadoras y las cadenas radiales que lo protegen y apoyan que, se pueden considerar, la Central de su campaña. Basta repasar la manera torcida de titular ciertas noticias y de soslayar los errores y metidas de pata del gobierno o contar las cuñas oficiales en los noticieros de televisión. Sabemos que quien domine los medios domina -o está en mejor posición de hacerlo- la opinión pública.

¿Qué más necesita el presidente Santos para hacerse reelegir? ¿Milagros? Como buen santo remontó más de 30 puntos de favorabilidad sin haber realizado algo extraordinario, se liberó de rivales potenciales con intervenciones  “oportunas” de magistrados incondicionales, cambió las estadísticas y tendencias en términos favorables una vez relevó al anterior director del DANE, y, hasta ha pretendido capitalizar para su campaña los éxitos de los deportistas colombianos.

Con toda esa maquinaria trabajando por llevarlo a la victoria y su arsenal de argucias propias de jugador de casino, ¿por qué Santos señaló, presuroso,  que la central militar de inteligencia era obra de “fuerzas oscuras” y al día siguiente declaró que esas dependencias y sus tareas son legítimas?

¿Por qué el presidente no es capaz de evitar que el Fiscal General estropee los trabajos de la Fuerza Pública y que la Fiscalía ponga en peligro la seguridad nacional? ¿Por qué el sobrino del presidente, director de la revista más leída del país, hijo de quien facilitó los contactos con las Farc, le causa semejante daño a la imagen de su tío? Y que afirma con cinismo su prejuzgamiento en crónica de esta semana: “Al cierre de esta edición, según la Fiscalía solo se había podido desencriptar una parte del primero de los 26 dispositivos… la investigación va para largo y… lo que se hacía en ese restaurante era ilegal”. ¿Por qué El Tiempo (9/02/2014) publica información delicada para la seguridad del Estado y le sopla reportes a las Farc?

Todo ello tiene una explicación, la falla proviene del director del embrollo en que se ha convertido el país, el presidente Santos. Se trata de un patrón de conducta que devela su incapacidad para dirigir adecuada y eficazmente ese ejército de lambones y áulicos que tiene en el Estado y en los Medios.

El presidente Santos se ha caracterizado, desde cuando trató de organizar un complot para tumbar a Ernesto Samper, por confiar demasiado en su capacidad de maniobrar los hilos bajo cuerda. No es de los que va de frente, se escabulle cuando el peligro acecha, es capaz de hacer giros inesperados y repentinos y confía más de la cuenta en las artes del engaño.

Aunque la política se presta para comparaciones con el ajedrez, el futbol, el póker y otros juegos de azar, quien se queda en ese plan, tarde que temprano fracasa o pierde. El estadista no hace del porvenir de un país una apuesta y tiene el deber de trabajar con una política defendible en privado y en público en vez de ganar adeptos solo con artimañas.

El presidente Santos realizó el engaño político más obsceno de las últimas décadas en Colombia: hacerse elegir con un discurso, un programa y el apoyo de unas fuerzas para después, sin mediar un proceso de explicaciones y sin intentar convencer a los que lo llevaron el triunfo, gobernar con otro discurso, otro programa y otras fuerzas políticas. Ahí reveló de cuerpo entero su estilo de gobierno. Los medios, los dirigentes, los magistrados que antes desconfiaban de sus virtudes, lo acogieron con brazos abiertos por una razón que suena mezquina: haberse alejado de Uribe, con quien tuvieron peleas y disputas de tono mayor. Le perdonaron su pasado, Samper, su víctima de antaño, se le acercó y cobró duro, tiene demasiado poder estatal aunque electoralmente es insignificante.

El director de noticias de CaracolRadio que lo regañó en la campaña del 10 por su uribismo y por justificar el uso de picardías, es prácticamente su jefe de debate y le hizo el gran favor de convertir el grupo Prisa en vocero de su campaña.

El presidente Santos tiene todo a su favor, familiares, partidos y partiditos, periodistas poderosos, noticieros, funcionarios, magistrados, los otros poderes del estado, encuestadoras, una borrosa idea de paz, habilidades personales para tramar, cañar, apostar, engañar, pero, le falta una virtud fundamental para ser un estadista: liderazgo con coherencia.

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