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Miércoles 17 de Julio del 2019

¡Uribe!, ¡dedíquese a oír misas!
 

"Ya verá Santos si es importante o no atender lo que piensan Uribe y sus 9 millones de electores, que creyeron que él era la continuidad de Uribe."

Corría el año 1555. Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, quería el descanso; estaba agotado. No eran épocas en que el liderazgo se definiera, como hoy, por ideologías o con la defensa de una plataforma de gobierno.

El relevo era dinástico. No hubo, por tanto, necesidad de hacer campaña electoral para reclamar del pueblo la renovación del mandato programático, sino que Carlos V, omnímodamente, designó a sus sucesores: Felipe para España; Fernando para el imperio Habsburgo. Y ¡a descansar se dijo!

Carlos fue llevado en silleta a un monasterio (Yuste) en la España profunda y allí se recluyó como un cartujo. Después de que había ostentado el poder absoluto, se fue a oír misas, contemplar los paisajes, leer textos devotos, armar y desbaratar relojes, y a comer, comer y comer.

Por lo que dijo hace poco el presidente Santos a El País de España, se deduce que él cree que los líderes de hoy debieran tener la misma angustia vital de los jefes dinásticos de hace 500 años: tener un hijo que lo suceda.

Parece que para él lo importante fuera el nombre del sucesor, aunque piense diametralmente diferente, y no lo que ese sucesor se proponga realizar. Parecería que Santos cree que a él se lo escogió para garantizar la continuidad de los privilegios y canonjías de la dinastía, no para continuar una tarea al servicio de la patria, como la que Uribe venía moldeando sin importar sacrificios.

Dijo Santos que no ha podido entender la postura de Uribe. "Se ha vuelto un crítico de lo humano y de lo divino -dice-, a quien nada de lo que hace el gobierno Santos le parece bien." Hasta ahí, habló Santos como comentarista; luego entró a hacer filosofía política: "Me decía un amigo suyo (de Uribe) que lo que pasa es que todavía no ha asimilado que dejó el poder". Y sentencia, infatuado y soberbio: "Pues para bien de él y para bien mío y del país espero que lo asimile pronto". Después burea con que "yo ya estoy vacunado; al principio todo esto me afectaba, pero después de treinta twitters diarios me he vuelto inmune; le presto poca atención; hay cosas más importantes que atender".

Pues ya verá Santos si es importante o no atender lo que piensan Uribe y sus 9 millones de electores, que creyeron poder poner en sus manos la continuidad de una obra de gobierno.

No es un misterio que, para engañar a los votantes, el equipo de publicistas de Santos hizo que un actor, que imitaba a la perfección la voz de Uribe, asegurara que sí, que él no sería un traidor (como insistentemente dictaminaban, felices, Daniel Coronel y Felipe Zuleta), sino un epígono leal del constructor de la política de la Seguridad Democrática.

Recordemos que en marzo del 2010 nadie creía que Santos fuera el líder del uribismo. ¿Pruebas? La campaña Santos, liderada por enemigos de Uribe, creyó que podía triunfar saliéndose de la línea uribista. Lo ensayaron y en un santiamén Santos se puso por debajo de Mockus en las encuestas. Recuerdo la cantinela del sanedrín de Santos: ¡es que Uribe es Uribe y Santos es Santos! Y recuerdo lo que les respondieron: ¡Santos es nadie! ¡Si no regresan inmediatamente al uribismo, están perdidos!

OK, presidente Santos; no le preste atención a Uribe. Más fácil hará la tarea de su contendor para derrotarlo en el 2014. Hay evidencia estadística de que la entrada en barrena de su imagen es directamente proporcional al hecho de que Uribe lo declaró ya enemigo número uno de sus tesis, de su plataforma y de su programa. ¡Ah! Y creo que pierde el tiempo aconsejándole que se jubile prematuramente. Él a quien menos se parece es a Carlos V. Antes, hoy y siempre, ha tenido por lema: ¡trabajar, trabajar y trabajar!

Artículo de José Obdulio Gaviria
Publicado en El Tiempo, 01/05/2012

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