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Martes 12 de Diciembre del 2017

Apaciguamiento

Es indispensable que no bajemos la guardia ante el inminente peligro de un acuerdo de paz que, pese a ilusorias y atractivas concesiones de los alzados -que no son tampoco descartables-, como las mentirosas promesas de Hitler en Munich, se convierta en una eficaz herramienta para seguir escalando posiciones en pro de una meta a la cual no han renunciado.

Me apasionan las novelas con trasfondo histórico. Son mi debilidad. Leo en este momento la segunda de una trilogía que prometió sobre el siglo XX el afamado novelista Ken Follet. La anterior había girado en torno a la Primera Guerra Mundial y tiene anunciada una tercera sobre la Guerra Fría. La que devoro ahora, “El invierno del mundo”, tiene como epicentro la Segunda Guerra Mundial.

Cuánto no se ha hablado sobre los antecedentes de esa conflagración que devastó a Europa y otras regiones del orbe. En particular de la política de apaciguamiento frente a Hitler y los nazis, que adoptó un conjunto determinante de las grandes potencias, y que en lugar de aplacar la voracidad y agresividad de la fiera solo consiguió estimularla. La novela de Follet tiene la virtud de pasearnos por el ambiente de la época, entre 1933 y 1939, para dibujar no solo la vida corriente de entonces en Inglaterra, Estados Unidos, Alemania o la URSS, sino el proceso de debilitamiento de las defensas de los regímenes democráticos en aras, supuestamente, de la paz.

Un detalle aquí y otro allá, en una sucesión interminable, describen el sostenido avance del nazismo y el comportamiento de cangrejo de quienes estaban llamados a contenerlo. Connotados empresarios y conglomerados industriales y comerciales, autoridades religiosas de distintos credos, partidos políticos de la más diversa naturaleza –desde los conservadores y católicos, pasando por los liberales, hasta los mismo socialdemócratas-, gobiernos de numerosos países, cayeron en una abulia generalizada y no actuaron con la entereza y firmeza que demandaban las circunstancias para detener las hordas hitlerianas. Cuando se dieron cuenta ya era tarde. El despiste le costó a la humanidad la carnicería más grande de su historia, con un saldo en contra de cuarenta millones de vidas humanas sacrificadas.

No puedo avanzar una página sin que los paralelos con la situación de Colombia me atropellen. Y de manera recurrente viene a mi mente la advertencia angustiada de Maria Corina Machado -cuando la escuché hace unos meses- sobre Venezuela: ellos nunca se imaginaron, cuando se inició la tragedia, hasta dónde iba a llegar. El día que Caldera indultó a Chávez, principal protagonista del intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, nadie calculó las secuelas pavorosas para el país de ese acto bondadoso, producido en nombre de la paz y la reconciliación. Perdonar a quienes nunca se han arrepentido, hacer concesiones inadmisibles a quienes no han renunciado a su credo violento –que inclusive entre nosotros quieren elevar a la categoría de norma constitucional-, poner la democracia en manos de quienes solo se proponen derruirla, es cavar la tumba del Estado de derecho y las libertades ciudadanas.

Colombia recorre ese camino a pasos acelerados. Mientras los facinerosos disfrazados de redentores persisten en su prédica de vindicta y confrontación, y continúan sin parar sus actividades criminales y “políticas”, en una combinación macabra, nuestro gobierno solo atina a buscarles salidas de perdón, olvido, impunidad, participación, y hasta alianza (¡para combatir el narcotráfico, hágame el favor!). Deplorable y absolutamente peligroso.

Vamos por el mismo camino del mundo frente al nazismo en los prolegómenos de la conflagración que se inició en 1939. Hitler nunca abandonó sus pretensiones despóticas y expansivas, pero, como se protocolizó en el Pacto de Munich de 1938, las otras potencias europeas creyeron que aceptando los primeros zarpazos y haciéndose los de la vista gorda habrían de apaciguarlo. Solo consiguieron envalentonarlo.

Las Farc persisten en sus pretensiones máximas de toma del poder por los medios que sean, con la ambición de convertir a Colombia en una república castro-comunista. Están negociando como una estrategia para ganar legitimidad política y buscar concesiones del Estado que les abran posibilidades de penetrar la fortaleza de la democracia y demolerla, como caballo de Troya. No fueron ellas las que pidieron negociar por su debilitamiento militar, sino que aprovecharon la invitación del gobierno de Santos para utilizar esas conversaciones en aras de recuperar su descaecida fuerza. Nunca han renunciado a la vía armada para asaltar el poder ni aceptado desmovilizarse. No han dejado de nutrirse con los fondos malditos del narcotráfico, como lo reveló con detalle un informe periodístico de los últimos días, sino que los han acrecentado; ni han suspendido los secuestros, sino que los encubren con terceros; ni han suprimido el reclutamiento de menores sino que lo han acentuado; en fin, no han cesado ninguna de sus actividades delictivas, para no extendernos en su descripción.

¿En esas circunstancias, tienen algún sentido las peligrosas concesiones que el gobierno les viene otorgando y prometiendo, y no se convierten más bien en armas poderosas que luego aprovecharán para subyugarnos? ¿Puede ser aceptable que el gobierno calle por entero sobre estos graves hechos, todos ellos revelados por las mismas fuerzas militares, y trate de encubrirlos con informaciones sobre algunos éxitos en el combate a los violentos, para no deslustrar el proceso que adelanta? ¿No es un contrasentido indicar que la justicia tiene que agachar la cabeza para que los criminales se aconducten y haya paz, cuando el mundo concibe que la verdadera base de la paz es la justicia? ¿No envía un mensaje de debilidad y postración la afirmación presidencial de que las guerras no se ganan sino que se resuelven por acuerdos?

Interrogantes que se acentúan cuando escuchamos al presidente repicar, aquí y en la ONU y en cuanto lugar puede, sobre el riesgo de más años de dolor y muerte si no aceptamos tan vergonzosa claudicación. Apreciación coincidente con quienes nos llaman a deponer cualquier consideración ante la necesidad de detener la guerra, so pena de ser calificados de guerreristas y enemigos de la paz. Extraña y maliciosa apreciación de la “guerra”, esa que santifica la irrupción violenta de una minoría aislada y desalmada y le otorga la categoría de “revolución social”, pero le niega a la sociedad agredida la posibilidad de derrotarla y someterla. Aquí parece que a la sociedad colombiana solo le queda la alternativa de rendirse, mientras los narcoterroristas aseguran que ellos nunca aceptarán su derrota ni se someterán.

Es indispensable que no bajemos la guardia ante el inminente peligro de un acuerdo de paz que, pese a ilusorias y atractivas concesiones de los alzados -que no son tampoco descartables- como las mentirosas promesas de Hitler en Munich, se convierta en una eficaz herramienta para seguir escalando posiciones en pro de una meta a la cual no han renunciado.

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