Sábado 22 de Julio del 2017

“Cuba, la foto que no cambia”

Autor(a): Fernando Balda  | 

Fecha: 09/02/2014

Exclusivo para FCPPC
 

“Pensábamos encontrarte pelón y con la barba crecida como los presos de las películas”, me dijeron la semana pasada unos amigos que me vinieron a visitar al penal sorprendidos por mi corte de cabello y afeitada tal cual como lo he usado en libertad. El mérito es de “cuba libre” les dije, y les explique que se trataba de un joven cubano que se encuentra recluido en el pabellón “C” y que se dedica al corte de cabello y que tiene autorización para entrar al pabellón donde me encuentro todos los días jueves para brindar sus servicios.

Aproveché entonces para contarle a mis vistas sobre este peculiar personaje, al igual que lo comparto con ustedes ahora: Julio Cesar Chung, tiene 32 años, mide aproximadamente un metro sesenta, es de tez trigueña, cabello crespo, y tiene una singular personalidad, muy simpático y de amena conversación, en la punta de la lengua tiene siempre el típico “mushasho” con el que anteceden o concluyen muchas de sus expresiones los cubanos, su contextura ni gordo ni flaco, y su estatura mediana contribuyen para que sus movimientos corporales puedan ser tan expresivos como graciosos.

Abriendo los brazos al exclamar, agachándose, levantándose, acuclillándose, girando para un lado y para el otro, haciendo toda clase de ademanes mientras habla torciendo la lengua al igual que al castellano para describir la escena que está relatando mientras sus ojos cambian de brillo según se evidencia el recuerdo, la añoranza, la alegría y la tristeza que le demanda cada episodio, a este incansable caribeño cuya vida es una caja de experiencias autóctonas de la isla atlántica. Es que Julio, cuenta la historia de su vida, y la historia de Cuba como si la pintara en un lienzo, como si la dibujara con lápiz y pincel, como si cada parte de su rostro y de su cuerpo pegara un brochazo o una pincelada mientras relata, como si su relato fuera el obturador de una cámara fotográfica con la capacidad de convertir en palabras las fotos de la vida en la isla.

¿Cómo llegaste a Ecuador? Fue la pregunta que le hice un día mientras los cabellos que cortaba de mi cabeza caían sobre mi rostro, y cuya respuesta motivó este artículo: -Chico, yo había visto Ecuadol solo en televisión, tú sabes; lo que muestra el gobielno de Fidel, para hacer creer que en Cuba se vive mejor que en todas las otras partes del mundo y la gente no se quiera ir de la isla, ahí se veía en los documentales que aquí en Ecuadol solo habían indígenas sin zapatos, y que los caminos entre los pueblos eran de tierra. Así mismo si te muestran imágenes de EEUU te muestran es los lugares más feos con gente consumiendo drogas en las calles, y del resto de países de América muestran muchas escenas de niños pidiendo limosna en los semáforos, la mayoría de las noticias del exterior que presentan son aquellas de cuando a los países que no son amigos del gobierno de Cuba les está yendo mal económicamente etc.

De tal folma que los más ignorantes prácticamente le tienen miedo a salil de Cuba. Chico, pero como yo no soy ningún ignorante, no mushasho, yo tenía que salil de Cuba a como dé lugar-. Es así que, mientras me sometía a un corte de cabello del estilista mas cotizado del ex penal Garcia Moreno, sentado en una vieja silla de madera, frente a un espejo de diez por quince centímetros, mis ojos atravesaron con su mirada a través de ese pequeño espejo cual si fuera una ventana que me llevó directamente bajo el sol que pega sobre la mas grande isla de las antillas, frente al mar, imaginándome todo lo que se necesita sentir en un corazón para haberse lanzado al mar en balsa por once ocasiones intentando salir de Cuba, como me lo estaba contando que lo había intentado este cubano peluquero y compañero de presidio.

Y es que noventa millas de mar entre Cuba y la Florida se oye tan poquito cuando eso es lo único que separa cincuenta años de dictadura de la libertad- decía Julio, mientras hacia un pare al corte de cabello para abrir y extender sus brazos en señal de exclamación. En uno de los viajes, cuando tenía trece años la corriente lo llevó hasta Cancún, sus demás compañeros de aventura murieron, los guardacostas lo rescataron en el océano, allí lo tuvieron en un hospital hidratándose una semana hasta que fue deportado. Había alcanzado a ver por la ventana del vehículo y el hospital que ese país no se parecía en nada a ninguno de los documentales que había visto en la televisión Cubana, y aunque sabía que en pocos días iba a estar de regreso en la Habana, había encontrado la razón imperecedera compatible con su alma inderrotable para volver a intentarlo las veces que fuera necesario. Continúo sus estudios en la escuela José María Aguirre y la secundaria en el colegio José Martí, siempre contó con el apoyo moral de su madrina María Caridad Versalles, quien vive en San Francisco de Paula a la vuelta de la casa-finca de Ernest Hemingway, hoy convertida en museo.

Ya de adulto y con ese deseo de volar, si, literalmente de volarse de Cuba, cual si fuera un ave con forma humana cuyas alas estuvieran atadas a su espalda con una fuerte cinta que no las dejase abrirse, y buscando cómo  ganarse la vida para cubrir no solo la necesidad del cuerpo sino también del alma, se botó a la calle, al sector del barrio chino, allí don Félix Wong le dio trabajo de salonero en su restaurante “el gran dragón”, empezó entonces a tratar con la gente extranjera y a ganar propinas, pero esto fue solo el comienzo del contacto con las historias de sobre cómo era el resto del mundo contada por los muchos turistas que conoció. Luego fue a trabajar al bar la “bodeguita del medio”, en pocos meses ya en su cabeza estaban descritas casi todas las bellezas de América.

Ningún turista había hablado mal de su país, pero muchos si lo habían hecho de sus gobernantes, todos los turistas le habían descrito aquello de lo que se estaba perdiendo sin imaginar que estaban reforzando un sueño, trazando una ruta de escape imaginario. Entonces, al cabo de un tiempo de haber sido compañero de farra de muchos turistas a quienes les servía de guía, llegó el día que tanto había esperado después de once largos y trágicos chapuzones, la oportunidad de su vida, había podido obtener para él y su esposa cartas de invitación a Ecuador, con esta buenaventura conseguir el dinero para el pasaje era lo de menos, aunque un profesional gane en cuba diecisiete dólares al mes, jamás, por ninguna razón, nada impediría que la cinta ataba sus alas se rompa y las extendiese para al fin volar. Tampoco sería impedimento ni desmotivación el hecho de que Ecuador sea un país donde solo hubieran indígenas descalzos y caminos de tierra, lo importante es que llegaría a América continental y desde allí el resto del mundo estaría a su alcance.

Era el año 2007, el avión entró por el sur de Quito pasando entre las montañas y realizando su habitual aproximación por sobre el largo chorizo que es la capital ecuatoriana, un valle estrecho entre las montañas. Por lo larga de la ciudad de dos millones doscientos mil habitantes y con una densidad de seis mil novecientas personas por kilómetro cuadrados y las montañas a su alrededor, las aeronaves debían sobrevolar la ciudad durante varios minutos a baja altura, de tal forma que desde la ventana del avión se podían observar los edificios y los vehículos que transitan por las calles. (Hablo en tiempo pasado porque el aeropuerto de Quito ya fue reubicado en otro lugar llamado Tababela a dos horas de la capital). Julio no podía creer lo que estaba viendo, ¡tremendos edificios! ¡Tremendas camionetas! -No. Seguramente esto no es Ecuador, hemos de estar haciendo escala en algún otro país para dejar pasajeros- le dijo a su esposa, -intentemos bajarnos aquí, lo peor que nos podría pasar es que nos suban otra vez al avión, pero esta oportunidad hay que aprovecharla-. Aun cuando el capitán anunciaba por el alta voz, -bienvenidos al aeropuerto Mariscal Sucre de la ciudad de Quito-, él pensó que había escuchado mal, su mente había sufrido tal influencia de los documentales de la televisión gubernamental cubana que creyó que estaba escuchando mal, -tal vez lo que el capitán había dicho era que después de esa escala irían a Quito. Si, eso era lo más seguro- se repetía a si mismo en su mente. Ya en tierra firme todos los pasajeros se empezaron a bajar, y ellos también lo hicieron, a pesar de que a la salida del túnel que forma la manga para desembarcar había un letrero que decía "Bienvenidos a Quito", él seguía con la duda, y esta vez pensó que aquello tal vez quería decir que por ahí los embarcarían a otro avión que se dirigiría a la capital de Ecuador. Es así que recogieron su equipaje, y se enfilaron hasta el control migratorio, llevaban el ritmo cardiaco elevado, recuerda y dice: -así se debían de sentir quienes hacen de mulas y llegan con droga en el estomago.

Les sellaron los pasaportes en el que quedaba registrado su ingreso a la mitad del mundo, a Quito, a la capital de Ecuador; pero todo seguía siendo increíble. Por si las dudas; Julio tomó de la mano a su mujer, cruzo el umbral de las puertas de vidrio electrónicas que se abrieron hacia el nuevo mundo, que hasta ese momento se sentía como prohibido, cruzaron la calle y decidieron caminar sin mirar atrás, si alguien los llamaba habían decidido no hacer caso y seguir caminando como si no fuese con ellos, pues estaban tal vez cometiendo una infracción, ilegales, aventureros, prófugos, no podía ser de otra forma, -somos cubanos y solo esta suerte nos podría esperar en el periplo. Al cabo de unas diez cuadras, ya seguros de que no había un operativo de agentes de migración persiguiéndolos entraron a una tienda donde compraron una botella de agua para tener el pretexto de preguntarle al dependiente -¿en que ciudad se encontraban?-, la pregunta le sonó al tendero como la cosa más boba que le habían preguntado en su vida, a los que les respondió, -en Quito-. -¿Ecuador?- preguntaron ellos, -y donde más-, les aseveró el sorprendido quiteño, habría sido difícil decir cual rostro tenía más sorpresa, si aquel que había recibido la pregunta más extraña de su vida o la de esta pareja tan sorprendida de ver cómo era en realidad Quito, como era esa pequeña parte del resto del mundo y de tener la suerte de estar allí. Entonces, ya seguros de que no eran ilegales y de que no había un operativo de migración buscándolos, se hospedaron varios días en un hotelucho de quince dólares hasta que llegó a buscarlos un amigo compatriota que ya vivía en Ecuador hace varios años y que les sirvió de guía en su nueva vida. La primera vez que Julio y su esposa entraron a un supermercado el cerebro de Julio sufrió un shock, lo máximo que sus ojos habían visto en una percha de las tiendas de la Habana eran cuatro botellas, cajas, bolsas o frascos de varios productos, pero aquí habían cientos de botellas o paquetes del mismo producto y habían cientos o miles de productos, tantas marcas, logotipos y colores, repetidas imágenes que iniciaron la limpieza del lavado de cerebro al que había estado sometido durante décadas desde su nacimiento, fue como si un antídoto hubiera entrado en su mente reseteando el software del cerebro de forma violenta, así como actúan los antídotos shamánicos de esos que causan hasta convulsiones, tan violenta que le produjo un enorme mareo, todo le dio vueltas en su cabeza y le produjo unas ganas urgentes de vomitar, tuvo que salir corriendo del supermercado hasta el parqueadero y entre dos vehículos dejar salir de sus vísceras lo último que quedaba de austero pasado. Una vez evacuado su estómago y con la sensación ácida que deja la bilis al salir por el esófago y garganta, respiró profundo y dejó entrar en él el aire de la nueva vida.

Si, este era ya el nuevo episodio de su vida. Habían quedado atrás las imágenes incambiables de las ciudades cubanas, en las que a pesar del pasar del tiempo y por la ausencia de progreso todo sigue igual, desde hace décadas, las casas conservan la misma pintura o lo que queda de ella, la misma madera, los mismos techos, todo sin remodelación alguna, y la misma gente asomada a sus ventanas solo que con los rostros más arrugados y tostados por el sol. Los mismos vehículos y hasta las mismas bicicletas en las que andaban los abuelos, esos mismos son los medios de transporte de hoy. Un joven fotógrafo que vive en la Habana, de nombre Yusnaby Pérez se ha preocupado de realizar la exhaustiva labor de retratar la realidad de Cuba, casi que no hay rincón que se haya escapado a su fino, realista y denunciante lente, con el cual ha logrado perennizar lo que ya estaba perennizado por la dictadura castrista. Yusnaby frecuentemente acompaña la exposición de sus fotos con frases que las complementan: "Hace 3 años que Zulema no come pescado.

"¿Vivimos en una isla o en el desierto?", me decía. #Cuba" esta frase consta en el pie de una foto donde se encuentra retratada Zulema en medio de su pobreza. (Al final de este artículo les comparto el link de la página web de Yusnaby para que puedan conocer su trabajo fotográfico sobre la realidad de Cuba)

Días después, en el proceso de adaptación y mientras caminaban por la avenida La Prensa en el sentido sur-norte de la urbe, al pasar frente a un parterre entre dos calles, donde habían unos arbustos que medio escondían un árbol que había crecido torcido casi al piso con el tronco grueso como el lomo de una mula, y cuya copa se levantaba hacia el cielo después de unos tres metros de arrastre, la esposa de Julio tuvo la fantasía y el enorme deseo de hacer el amor trepados sobre el tronco, nadie los vería, había bastante follaje de los arbustos alrededor, -esto no es Cuba- le dijo él, pues en la Habana, los hoteles solo eran para los turistas, por su elevado costo, y las parejas realizaban sus rituales de amor en cualquier lugar que coteje total o parcialmente sus cuerpos encendidos; un terreno baldío, detrás de un cerramiento de una propiedad abandonada, por la noche en los zaguanes de las casas cuando los niños ya están durmiendo, también es común que en las terrazas de las casas con varios departamentos las parejas suban con sabanas en mano y las extiendan sobre el piso adecuando el pequeño lecho de amor con vista a las estrellas, en fin; cualquier lugar donde hayan pocas miradas y más de un corazón reúne los requisitos para incurrir en el más natural de los placeres.

Es que en Cuba por la escases económica, la falta de acceso a otros placeres y esparcimientos hace que se intensifique la actividad del mayor placer de todos, aquel que no requiere más que al ser humano y su necesidad, habiendo mutado en una orgiástica y peculiar sociedad, pues no es nada raro que en la búsqueda del placer lleguen a las terrazas, zaguanes, casas o departamentos de alguien que lo tenga disponible, grupos pares o impares, de a dos, de a tres de a cuatro o más, con derecho de admisión y barra libre. Pero Quito no es Cuba y tampoco se le parece, así que esa importada, creativa y casi prófuga fogosidad incompatible con su nuevo destino tuvo que esperar y reemplazar su riesgo de exhibicionismo sobre el tronco, por las estrechas cuatro paredes del hotelucho de quince dólares durante varios días más.

Julio empezó a trabajar haciendo hamburguesas en un restaurante y pronto pudieron rentar un pequeño departamento. Ecuador cada día le mostraba algo nuevo; una noche cuando se dirigía a casa después del trabajo decidió desviarse por la invitación que unos amigos y amigas le hicieron a una fiesta, una chica guapa y coqueta con la que había mantenido amena conversación y con la que seguramente esa noche habría de ligar en su primer acto de infidelidad continental, le pidió que le consiguiera un poco de marihuana para amenizar mejor la noche, -¡ah! si esta diosa ya era una hoguera de sensualidad solo con el efecto de la luna, !imaginate mushasho lo que sería bajo el efecto de la marihuana! Eso tenia que verlo yo, mushasho-, dice Julio mientras su mirada pasa del entusiasmo del recuerdo de la chica, al cabizbajo que le produce el recuerdo del resto de esa historia, el comienzo de su desgracia. Al poco rato la idea sonó bien a otros amigos e hicieron una colecta para comprar de una vez lo que consumirían lo que durase la fiesta, era increíble que fuera tan fácil decidir consumir droga, conseguirla y consumirla, en Cuba sería un pecado que lo podría llevar cincuenta años a la cárcel. Julio se embarcó de pasajero en la moto de un amigo y juntos fueron hasta donde ya les habían recomendado había un “brujo” que vendía la alucinante hierba.

Compraron doscientos treinta gramos de marihuana y, de regreso a la fiesta a la altura de la avenida la prensa, muy cerca del lugar que había inspirado los deseos y fantasías sexuales de su esposa, una patrulla policial los detuvo, el conductor de la moto del susto frenó se bajó y salió corriendo pero fue detenido metros más adelante, ante este intento de fuga los policías procedieron a requisarlos exhaustivamente a ellos y a la moto encontrando el paquete con hierba bajo el asiento. Julio y su amigo fueron condenados a ocho años de prisión. Lo cuenta con mucho pesar, y remata relatando que cuando ya estaban detenidos, el policía les dijo que les habían pedido que se estacionen a la derecha para avisarles que la llanta trasera estaba muy baja de aire. Ya lleva dos años preso, en una apelación logró que le bajen la condena a seis años, se gana la vida cortando el cabello dentro del penal, cobra dos dólares por corte, gana lo suficiente para pagar trámites judiciales con los que busca obtener otra rebaja de pena por méritos, ahora intenta por segunda vez volver a ser libre, rehacer su vida, y encontrar un nuevo amor, ya que su esposa no pudo soportar la interrupción del sueño americano, la infidelidad y menos los pocos días de visita en los que pueden verse a la semana, Julio está consiente de que ella tiene el derecho a no desperdiciar parte de su vida por el error que él cometió, y no le reprocha su decisión de vivir y seguir buscando árboles doblados en los cuales cabalgar para aplacar la añoranza de sus costumbres Cubanas en números pares o impares.

Esta es solo una pequeña mirada a las realidades cubanas, parte de la historia de un solo ser humano. Pero los más de once millones de habitantes de la isla viven a diario con el sustento básico desde la llegada del castrismo hace más de cincuenta años, la dictadura de los Castro ha logrado hábilmente subsistir de sus relaciones parasitarias con Rusia y Venezuela en los últimos tiempos. Con la exportación de médicos y educadores han encontrado la forma de expansión para su ideología totalitaria a pretexto de intercambio profesional. El bloqueo económico que Cuba sufre a partir de 1991 por parte de EEUU no ha podido ser contrarrestado totalmente a pesar de las relaciones con sus aliados del ALBA quienes sin considerar a Cuba un socio estratégico comercial, afianzan con los hermanos Castro la alianza ideológica paridora del modelo totalitario que hoy se promueve por América y que para los nuevos caudillos resulta un efectivo manual de procedimiento.

Más de dos millones y medio de cubanos viven hoy en el extranjero, han desmembrando sus familias, seguramente muchos y en especial aquellos que hoy viven en EEUU desearían poder extender su brazo a lo largo de esas noventa millas y llevar a otro destino a sus seres queridos. Pero así mismo, a veces, resulta sorprendente que toda esa fuerza que un día llenó de valor a quienes escaparon hoy no logre de manera objetiva coadyuvar acciones contundentes y decidoras para impulsar un cambio en Cuba. Muchos toman la posta de activistas pro Derechos Humanos, otros defienden las libertades, otros se llaman a sí mismos “radicales”. Pero… ¿Es acaso esto suficiente? Estas autodenominaciones pierden calidad ante la inexistencia de resultados geopolíticos para Cuba. La falta de sinergia que existe entre los cubanos fuera de cuba, el absurdo celo a posar bajo la sombra de otro protagonista que pueda hacer perder el protagonismo propio, y peor aún; hay casos en casos donde el ego de esos "protagonistas" no les permite aún pisar tierra firme a pesar que ya se bajaron de la balsa, para darse cuenta que ellos mismos no tienen mérito ni prestigio y que con esa actitud: muy a pesar de que cruzaron parte del atlántico, en materia de libertades y justicia para Cuba aún no han logrado cruzar el charco. Peor aún algunos incurren en acciones que parecen incoherentes cometidas por quienes dicen buscar y promover la libertad para Cuba y que más bien parece que padecen de la infestación o infiltración del castrismo y, que andan montando o buscando formar parte de acciones activistas pero que a la hora del té más bien parece que están ahí para sabotear sigilosa y camufladamente todo acto, y, mantener la constante: que todo sea puro bla, bla, bla y no pase absolutamente nada. Las nuevas generaciones de emigrantes cubanos mantienen una deuda con su país y sus familias que debe pagarse yendo más allá de realizar reuniones, seminarios y foros, donde se pronuncien manifiestos anti castristas y demás, y, más bien, elaborar un proyecto libertador de real y decidida ejecución. Resulta inadmisible que aquellos millones de cubanos que ya tienen contacto con el resto del planeta, acceso a la política mundial, a los medios y a la libertad, al parecer, mantengan el dolor del recuerdo de Cuba en un aparte de sus vidas y no utilicen ese mismo dolor y esa rabia para cambiar la historia, esa historia congelada, y cambiar el tiempo, ese tiempo inamovible que vemos en cada foto de Cuba, como las fotos de Yusnaby, las de hoy, igual a las de hace décadas pero con más tristeza.

(Yusnaby Pérez, sitio web: http://yusnaby…. – Twitter:@Yusnaby)

Fernando Balda

Ex Asambleísta Nacional del Ecuador (A).

Secuestrado y, preso político del gobierno de Rafael Correa.

Columnista de: Fundación Centro de Pensamiento Primero Colombia, (Colombia), Periódico Debate (Colombia), Reporte Confidencial (Venezuela), Red Digital TV, (Venezuela), Venezuela Awareness (Venezuela), Nicaragua Hoy (Nicaragua), y varios medios internacionales más.

Twitter: @fernandobalda

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