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Miércoles 23 de Mayo del 2018

“El posconflicto no es la paz”: académico David Garibay

Publicado en:

El Espectador  | 

Autor(a): Daniel Salgar Antolínez  |

Fecha: 15/04/2015

 

Para David Garibay, después de un acuerdo de paz con las Farc persistirá el reto de involucrar a las otras guerrillas en la dinámica de la paz. Foto: Andrés Torres

Centroamérica es hoy más violenta que durante los conflictos armados. ¿Qué puede aprender Colombia de estas experiencias?

El francés David Garibay, doctor en ciencia política del Institut d’Études Politiques de París y docente de la Université D’Aubergne, conoce a profundidad los procesos de paz en el mundo y ha trabajado el desarme y la reinserción política en los casos de las guerrillas colombianas y salvadoreñas, entre otros temas relacionados con conflicto y posconflicto en América Latina. Está en Bogotá para dar la conferencia central del seminario “Las dimensiones internacionales del posconflicto en Colombia”.

¿Cómo ve el proceso de paz desde afuera?

Da la impresión de que nunca se había dado un proceso tan preciso y avanzado entre el Gobierno y las Farc. Eso llama la atención. Lo otro es la importancia que se le da al posconflicto. Para muchos actores sociales y políticos colombianos es como si estuviéramos ya en una etapa posterior a la firma de la paz, cuando no es así. Eso llama la atención porque en otros procesos de paz, particularmente en Centroamérica, se trató el tema de la negociación, y cuando ya se veía la perspectiva del acuerdo se empezó a hablar de posconflicto. Aquí parece al revés. Se ha avanzado más en el posconflicto, o antes, que en el tema mismo del acuerdo de paz. Generalmente el posconflicto es la aplicación de lo firmado en un acuerdo. Aquí se aplica antes de firmado el acuerdo.

¿Eso qué significa para el proceso?

Por una parte, que hay voluntad de los negociadores por dar credibilidad al proceso. En las negociaciones hacia la paz siempre está el desafío de cómo salir del espacio de negociación y que esto sea impulsado, comentado, criticado por la sociedad. Muy probablemente, todas las temáticas de posconflicto se pueden entender desde esta perspectiva: como una forma para la sociedad de involucrarse en esa negociación. Por otra parte, también es la idea de poner en la agenda el hecho de que se va a firmar el acuerdo, que no sólo son negociaciones.

Hay un problema conceptual con el posconflicto. Muchos creen que significa paz. ¿Qué lección aportan los casos de Centroamérica?

Si miramos a El Salvador, que fue el caso más avanzado y completo, cuando se firmó la paz se tenía la expectativa de que los acuerdos iban a resolverlo todo, no sólo la guerra, sino los problemas políticos, institucionales, sociales, económicos. La idea de que el posconflicto iba a significar paz, desarrollo, menos pobreza.

Lo paradójico es que muchos aspectos de los acuerdos se cumplieron efectivamente. El acuerdo de paz se respetó. No hubo removilización armada, no hubo nueva lucha armada, la participación política es efectiva. En esos aspectos hay elementos de posconflicto interesantes para el caso colombiano.

Al mismo tiempo tenemos hoy una situación social y económica muy difícil en El Salvador, que no está directamente relacionada con el conflicto sino con el posconflicto, con las condiciones en las cuales después del acuerdo de paz se dieron la reinserción, la reconstrucción, la continuidad de políticas económicas de tipo neoliberal que llevaron a situaciones muy complicadas para este y otros países de la región.

¿Eso se debió a errores de diseño en el proceso?

No sé si son errores. Cuando uno está negociando es muy difícil prever lo que va a pasar y los negociadores están polarizados sobre los puntos que están negociando. En el caso de América Central, y en particular de El Salvador, un punto fundamental fue qué iba a pasar con el ejército, cómo se iba a desmovilizar la guerrilla. Qué hacer con los actores armados copó la agenda de la negociación e hizo que otros temas no parecieran tan prioritarios. Esto también se debió a que la de la negociación y la del posconflicto son agendas diferentes.

Sin embargo, queda pendiente el tema del posconflicto con situaciones de pobreza y desigualdad muy fuertes. En el proceso no se discutió el modelo socioeconómico, que es algo que se está planteando en Colombia. Hay que tener cuidado en ese aspecto del posconflicto en términos de desarrollo: el acuerdo de paz lleva a un acuerdo político institucional, pero también que hay acuerdos socioeconómicos a tener en cuenta, porque tienen efectos posteriores.

¿El Salvador es más violento que cuando había conflicto?

La guerra duró del 80 al 92. Hubo más homicidios entre 1992 y 2004 que durante la guerra. Tenemos un posconflicto con mucha violencia. En Guatemala la situación también es muy difícil. Claro que allá la negociación y el acuerdo fueron muy ligeros de cierta forma. Es más un acuerdo que la ONU va a impulsar a partir del ejemplo de El Salvador. No está la misma correlación de fuerzas entre Gobierno y guerrilla, por lo tanto hay menos elementos en el acuerdo, pero la situación de violencia es similar.

Teniendo en cuenta esas experiencias, ¿cómo imagina el posconflicto en este país?

En América Central teníamos dos actores que negociaban y no había otros alrededor que estuvieran presionando o buscando incidir en el conflicto. En Colombia tenemos la negociación con un grupo guerrillero, pero hay otra guerrilla afuera y otros grupos armados (bacrim y otros). Ese va a ser un punto muy difícil en el posconflicto: ¿cómo llegar a una situación de paz cuando estos actores están presentes?

¿Algún otro proceso de paz ha abarcado tantos grupos armados?

Es una pregunta complicada. Hay procesos en los cuales los grupos armados eran fragmentados. Por ejemplo en el conflicto en Darfur, Sudán, había varios grupos opuestos al Gobierno. Las negociaciones se dieron con unos y no con otros. Y con interlocutores que la comunidad internacional pensaba como representativos de todos esos actores. Algunos grupos se desmovilizaron, otros siguieron en el conflicto. Por eso tenemos una situación que no está resuelta aunque haya un acuerdo de paz.

¿Qué legitima la refrendación de un proceso de paz? ¿La decisión de la sociedad o, por ejemplo, los estándares internacionales?

El tema de la refrendación también es característico del caso colombiano. Si miramos otros casos, es muy poco frecuente que se refrenden acuerdos entre el Gobierno y la guerrilla. Se pueden refrendar los contenidos políticos e institucionales de esos acuerdos, no el acuerdo como tal. En el caso de la guerra civil en Argelia, el presidente argelino hizo la política de concordia civil y la sometió a referendo, pero para él era una forma de legitimar su poder en cierto momento, no estaba pensado en una dinámica democrática y pluralista.

Aquí tenemos una negociación que se incluye de forma más amplia en un proceso de paz, que es un proceso político y por lo tanto tiene aspectos en los que la sociedad colombiana va a participar. Ese fue el logro del proceso del 90 al 91 en Colombia; hubo un acuerdo de paz limitado, parcial, que se inscribió en un movimiento político y social más amplio por la Constituyente, que apareció como una forma de refrendación política de ese proceso de paz, pero no del acuerdo sino de la dinámica política a la que lleva el acuerdo.

Si miramos las transiciones de la dictadura a la democracia en América del Sur, en ciertos casos hubo referendos, pero no en todos. Como eran transiciones negociadas entre élites, no hubo un referendo de los acuerdos. La idea era organizar elecciones fundadoras que refrendaran el cambio institucional; los cambios constitucionales se hicieron años más tarde. Pero eso también llevó a problemas de aceptación colectiva del cambio del régimen dictatorial al democrático, y a problemas de participación política que hoy hay que tomar en cuenta. Es necesario que haya una forma de referendo político, pero más bien refrendar aspectos políticos e institucionales y no el acuerdo como tal.

En esas transiciones a la democracia se aprobaron leyes de amnistía. Luego, el Sistema Interamericano determinó la invalidez de algunas de ellas. ¿Colombia podría enfrentar un escenario similar?

Una de las diferencias del proceso colombiano con procesos anteriores es que este se inscribe en un sistema de derecho internacional y de justicia transicional que ya existe y no existía antes, y que por lo tanto se tiene que tomar en cuenta en la negociación de una u otra forma. Ya sea para adaptarlo o para adaptarse, para saber si se puede involucrar o cómo justificar que no se involucre. Eso no estaba tan presente en los años 80 y 90 en Centroamérica o en los casos de transición de dictaduras a democracias, cuando era más fácil hablar de amnistías. Se podía decir más fácilmente: hacemos comisiones de la verdad para saber lo que pasó, pero hay amnistías y no pasa nada.

Es interesante ver que, en la mayoría de casos donde hubo amnistía, hubo presiones de actores jurídicos internacionales para que se volviera sobre esa amnistía. Hubo movilizaciones sociales en los países para pedir justicia. Esos actores, en Chile o Argentina, no podían presionar a los gobiernos, lo que hicieron fue pasar a nivel internacional, con ONG, organizaciones internacionales, para luego regresar al país: el efecto bumerán. Hoy esos temas tienen plena vigencia en esos países. Tal vez por eso en Colombia se empezó por tener en cuenta lo establecido internacionalmente: esto incluye la Ley de Víctimas y todo el trabajo que hoy se hace sobre el conflicto.

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