Domingo 19 de Noviembre del 2017

¡Estarían felices!, ¿previcadores?
Estremecedora novela de Umberto Eco El Cementerio de Praga. En 1903 fue publicado ‘Los Protocolos de los sabios de Sion’, sandeces antisemitas, difundidas, con presupuesto generoso, por Henry Ford y acogidas por Hitler para su prédica genocida. Eco describe con exactitud el caldo de cultivo de la bacteria antisemita (Europa, finales del siglo XIX).
Con licencias propias de la ficción, Eco sintetiza en unos pocos personajes (despreciables, viciosos, mendaces, codiciosos, fanáticos, asesinos) a todos los protagonistas reales de esa gran mentira histórica, una ‘presunta conspiración judía contra la humanidad’. Con erudición desbordada, Eco documenta cada calumnia, cada falsificación, cada tramoya: cuenta quién falsificó las cartas ‘prueba’ para el ‘Proceso Dreyfus’; quién enunció la consigna de la ‘solución final’ adoptada por los nazis para ‘justificar’ la muerte de todos los judíos, etcétera.
La novela ajusta cuentas históricas con todos los escritores, publicistas, políticos, magnates, militares, curas, miembros de la inteligencia prusiana, italiana, francesa y rusa, que llevaron a la humanidad al mayor genocidio de la historia: la Segunda Guerra Mundial. Todo, quién lo creyera, fue un gran fraude ideológico y político; un engaño cínico urdido por intelectuales y políticos de la ultraderecha.
Conmociona, particularmente, la narración novelada del caso Dreyfus, un coronel francés, de religión judía, contra quien se instruyó proceso por traición a la patria, fundado en el documento falsificado por una banda antisemita. La ‘justicia’ francesa lo envió a podrirse en la Isla del Diablo. El mensaje era claro: ¡los oficiales judíos no eran bienvenidos en las filas del ejército francés!
¿Por qué impacta tanto esa escena? Porque en Colombia, hoy, tenemos una justicia movida por intereses políticos e ideológicos, capaz de llegar hasta los más insospechados niveles de crueldad con sus ‘enemigos’ (Mario Aranguren, María del Pilar Hurtado, varios parlamentarios uribistas, por ejemplo) y de impunidad con sus amigos (los parlamentarios cómplices de ‘Reyes’, el jefe de las Farc).
Nadie ha demostrado que sea falso el aserto de que la Corte Suprema actúa (¿actuó?) como directorio de oposición; o que un sector de los magistrados se asoció con malandrines de alto vuelo. Pero, como si viviéramos en la Francia del siglo XIX, los magistrados abrieron un expediente que debe conducir, inexorablemente, a la condena de varios ministros de un gobierno que los magistrados detestaron (según sus propias conversaciones, publicadas por El Espectador), sin necesidad siquiera de oírlos y vencerlos en juicio. Es el caso conocido como ‘Yidispolítica’, en el que un abogado cercano a ciertos magistrados, cuyas características y comportamientos (del abogado) parecen extraídos de las páginas de Umberto Eco, convenció (no se sabe con qué ‘argumentos’) a su ‘clienta’ (o, mejor, víctima) para que se autoincriminara y, así, por arte de birlibirloque, poder condenar a sus enemigos, los ministros.
La Corte, contrariando la Constitución, decretó larga interinidad en la Fiscalía y allí se abrieron procesos contra sus contradictores. Como haría cualquier desprestigiado Gadafi, a algunos nos declararon incursos en ‘concierto para delinquir para desprestigiarlos’ y han movido cielo y tierra para castigarnos. Andrés Peñate, en una visita al embajador norteamericano, le confesó que “tenía miedo de que la Corte Suprema va en busca de chivos expiatorios, y que los magistrados no estarían felices hasta que altos funcionarios de gobierno colombiano -idealmente José Obdulio Gaviria- estuvieran en prisión”.

Estremecedora novela de Umberto Eco El Cementerio de Praga. En 1903 fue publicado ‘Los Protocolos de los sabios de Sion’, sandeces antisemitas, difundidas, con presupuesto generoso, por Henry Ford y acogidas por Hitler para su prédica genocida. Eco describe con exactitud el caldo de cultivo de la bacteria antisemita (Europa, finales del siglo XIX).    Con licencias propias de la ficción, Eco sintetiza en unos pocos personajes (despreciables, viciosos, mendaces, codiciosos, fanáticos, asesinos) a todos los protagonistas reales de esa gran mentira histórica, una ‘presunta conspiración judía contra la humanidad’. Con erudición desbordada, Eco documenta cada calumnia, cada falsificación, cada tramoya: cuenta quién falsificó las cartas ‘prueba’ para el ‘Proceso Dreyfus’; quién enunció la consigna de la ‘solución final’ adoptada por los nazis para ‘justificar’ la muerte de todos los judíos, etcétera.    La novela ajusta cuentas históricas con todos los escritores, publicistas, políticos, magnates, militares, curas, miembros de la inteligencia prusiana, italiana, francesa y rusa, que llevaron a la humanidad al mayor genocidio de la historia: la Segunda Guerra Mundial. Todo, quién lo creyera, fue un gran fraude ideológico y político; un engaño cínico urdido por intelectuales y políticos de la ultraderecha.    Conmociona, particularmente, la narración novelada del caso Dreyfus, un coronel francés, de religión judía, contra quien se instruyó proceso por traición a la patria, fundado en el documento falsificado por una banda antisemita. La ‘justicia’ francesa lo envió a podrirse en la Isla del Diablo. El mensaje era claro: ¡los oficiales judíos no eran bienvenidos en las filas del ejército francés!    ¿Por qué impacta tanto esa escena? Porque en Colombia, hoy, tenemos una justicia movida por intereses políticos e ideológicos, capaz de llegar hasta los más insospechados niveles de crueldad con sus ‘enemigos’ (Mario Aranguren, María del Pilar Hurtado, varios parlamentarios uribistas, por ejemplo) y de impunidad con sus amigos (los parlamentarios cómplices de ‘Reyes’, el jefe de las Farc).    Nadie ha demostrado que sea falso el aserto de que la Corte Suprema actúa (¿actuó?) como directorio de oposición; o que un sector de los magistrados se asoció con malandrines de alto vuelo. Pero, como si viviéramos en la Francia del siglo XIX, los magistrados abrieron un expediente que debe conducir, inexorablemente, a la condena de varios ministros de un gobierno que los magistrados detestaron (según sus propias conversaciones, publicadas por El Espectador), sin necesidad siquiera de oírlos y vencerlos en juicio. Es el caso conocido como ‘Yidispolítica’, en el que un abogado cercano a ciertos magistrados, cuyas características y comportamientos (del abogado) parecen extraídos de las páginas de Umberto Eco, convenció (no se sabe con qué ‘argumentos’) a su ‘clienta’ (o, mejor, víctima) para que se autoincriminara y, así, por arte de birlibirloque, poder condenar a sus enemigos, los ministros.    La Corte, contrariando la Constitución, decretó larga interinidad en la Fiscalía y allí se abrieron procesos contra sus contradictores. Como haría cualquier desprestigiado Gadafi, a algunos nos declararon incursos en ‘concierto para delinquir para desprestigiarlos’ y han movido cielo y tierra para castigarnos. Andrés Peñate, en una visita al embajador norteamericano, le confesó que “tenía miedo de que la Corte Suprema va en busca de chivos expiatorios, y que los magistrados no estarían felices hasta que altos funcionarios de gobierno colombiano -idealmente José Obdulio Gaviria- estuvieran en prisión”.

José Obdulio Gaviria
Eltiempo.com

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