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Domingo 16 de Diciembre del 2018

La mala hora de Santos

Según escribió Armando Benedetti en Twitter, hay que entender que Santos en su discurso ante la asamblea de la U solo pretendió defenderse del abucheo que sufrió de parte de sus malquerientes el  pasado domingo.

Todo parece indicar que cambió su libreto después de enterarse del discurso de Uribe, del rechazo a la propuesta de apoyo a su plan de paz con las Farc y del clima adverso que en contra suya reinaba en el recinto. Y como no tenía un discurso alternativo escrito, decidió improvisar, como si la facilidad de palabra y el autocontrol fueran cualidades suyas.

Pues bien, al hacerlo incurrió en dos gravísimas equivocaciones, pues reaccionó dando muestras de que estaba descompuesto y no midió el alcance de lo que estaba diciendo.

El presidente Ospina Pérez, que era muy sabio, aconsejaba no tomar decisiones con rabia, pues generalmente  de ellas hay que arrepentirse después, tal como le debe de estar sucediendo ahora a Santos con lo que de mala manera dijo en esa ocasión tan poco feliz para él.

Otro presidente sabio, Lleras Camargo, nunca improvisaba sus discursos, pues  tenía clara consciencia de su responsabilidad no solo ante sus oyentes, sino ante el país y, desde luego, ante la historia. También hoy Santos debe de estar lamentando el haber dado rienda suelta a su poco atinada locuacidad en momentos en que toda Colombia estaba pendiente de sus palabras.

Ofuscado por su indignación, resolvió acusar a Uribe de prepararle una emboscada con sus partidarios. De ahí su queja sobre el arma oculta bajo el poncho y la  acusación a su rival de comportarse como un “rufián de esquina”.

Acusar a Uribe de propinar golpes bajos a mansalva, es no conocerlo.

Por supuesto que tan desmedida imputación estaba condenada a caer en el vacío, habida consideración no solo de la personalidad y los antecedentes de Uribe, sino de las condiciones morales del propio Santos, que sí es dado precisamente al golpe artero, tal como lo pueden aseverar, entre muchos otros, Noemí Sanín, Luis Carlos Restrepo y, según dicen, el contra-almirante Arango Bacci.

Esa infame acusación de Santos contra Uribe fue torpe a más no poder, pues muchos recordaron de inmediato que estaba repitiendo con otras palabras lo que precisamente le achacó a él Luis Carlos Restrepo al hablar del fino caballero que bajo la manga guarda el puñal para clavarlo a traición. Olvidó, pues, que en casa de ahorcado no se mienta la soga.

Lo peor fue el lenguaje que utilizó para referirse a Uribe, al calificarlo como “rufián de esquina”.

Yo creo conocer algo de la historia del debate político en Colombia y no recuerdo que un presidente en ejercicio se hubiera referido a un contradictor suyo en términos tan ofensivos y de tan baja estofa.

Esta vulgaridad en el lenguaje es, en realidad, habitual en Santos, quien no ha ahorrado epítetos ofensivos para referirse a sus opositores: “perros”, “tiburones”, “mano negra” y algotro más.

Esta tendencia al insulto barato les ha hecho pensar a no pocos observadores que quizás la muy buena amistad que Santos tiene con Chávez ha incidido en el deterioro de su lenguaje, por aquello de que “al que entre la miel anda, algo se le pega”.

Bien se dice que la ausencia de razones induce la hipertrofia del lenguaje.

El discurso de Uribe fue demoledor por los hechos que expuso y las consideraciones que con base en ellos puso de manifiesto. Desde luego que no le faltó ironía, pero esta es manifestación de inteligencia a la que debe responderse con igual finura. Pero esta no es virtud del modo cómo se expresa Santos, que carece de la donosura que exhibía a raudales su tío abuelo, Eduardo Santos.

No obstante sus limitaciones en materia de expresión, Santos habría podido lucirse si hubiese tomado punto por punto las glosas que le formuló Uribe, mostrando la inexactitud de los hechos en que se basó o la improcedencia de sus razonamientos. Pero estaba enardecido, y un cerebro calenturiento no acierta a dar pie con bola, como se dice en el argot de los futbolistas.

Santos puede exhibir como trofeos las cabezas de los dirigentes de las Farc que ordenó “ejecutar”, según confesó en Kansas, pero hay unos hechos contundentes que muestran los retrocesos en materia de seguridad bajo su gestión. Uribe mencionó algunos de ellos, pero Santos no se dignó refutarlo, tal vez porque ni siquiera los conocía.

Si Santos siguiera la cuenta de Twitter que abrieron unos suboficiales y soldados que están muy descontentos con la situación del ejército, tal vez no se habría atrevido a poner como ejemplo de la alta moral de la tropa el de su hijo Esteban, al que ya graduó de Lancero y, según se dice, está preparando viaje para el Sinaí.

Santos se jacta de la normalización de sus relaciones con Chávez y con Correa, pero no explica el precio que ha pagado ni los riesgos a que está sometiendo al país en su trato con esos “nuevos mejores amigos”.

Por ejemplo, se ha tenido que tragar el sapo de la presencia pública  de los jefes de las Farc y el ELN en Venezuela, sin decir ni mu, y ha salido a elogiar a Chávez como factor de estabilidad en la región, cuando a las claras no lo es, o a defender ante el mundo a la dictadura cubana, para escándalo de los demócratas que piden a gritos libertades para los perseguidos políticos en esa isla-prisión.

¿Qué diría Eduardo Santos si hubiera visto a su sobrino rompiendo lanzas en favor de dictadores caribeños, él que combatió con denuedo por el régimen de libertades y democracia en América Latina y desheredó a Enrique Santos Castillo por su apoyo a la causa franquista?

A Eduardo Santos se lo recuerda como adalid de la libertad de prensa en el continente.

Dio preciosísimos testimonios de dignidad y coherencia con sus ideas al enfrentarse al dictador Rojas Pinilla cuando en un arranque de arbitrariedad clausuró “El Tiempo”.

Y fue precisamente a raíz del homenaje que le ofrendó Alberto Lleras en el Hotel Tequendama cuando la opinión nacional se galvanizó contra los atropellos de Rojas y comenzó el imparable proceso de su caída. El verbo incandescente e inerme de Lleras tocó a somatén para incitar a la resistencia contra el tirano.

¡Qué vergonzoso contraste el que marca con su tío el Santos de hoy que trata de silenciar a los que se atreven a criticarlo, bien sea a través de la mezquina “mermelada” de que habló con obscenidad su exministro Echeverry, ya por obra de la presión ejercida por empresarios poco avisados que le prestan el servicio de  forzar la salida de prestigiosos periodistas , tal como ocurrió con  Ana Mercedes Gómez o su primo Francisco Santos!

La furia presidencial se desató sobre todo por las críticas que se han formulado en torno de sus volteretas y del  proceso de diálogo con las Farc.

Hay muchísimos ciudadanos que consideran, yo creo que con muy buenas razones, que Santos los traicionó al seguir una líneas de acción política que estiman incompatibles con sus promesas de campaña.

En su prepotente fatuidad, Santos cree que de un plumazo les puede tapar la boca diciendo que no es así y que lo que está haciendo fue lo que se comprometió a realizar en el gobierno. Es la torpe estrategia del esposo infiel al que  sorprenden con su amante: ¿de quién me hablan?¿en dónde está que no la veo?

Atando cabos, yo he llegado a la conclusión de que Santos se hizo elegir con una agenda oculta que por supuesto no les dio a conocer a sus electores. Pienso que ya desde la campaña misma andaba con la idea de entenderse con Chávez y con las Farc, así como la de reunificar a los liberales y entregarles el poder. Pero, si lo hubiera dicho, habría perdido las elecciones.

Es difícil encontrar en el DRAE palabras distintas de las de engaño, traición y otras semejantes, no menos duras, para calificar estos hechos. La gente de la calle no es muy sutil en el empleo del lenguaje y por eso trata a Santos con los más hirientes epítetos. El de Judas es suave si se lo compara con otros que se oyen por ahí.
Santos se declara ofendido por ello, pero desafortunadamente para él, resulta difícil convencer al colombiano de a pie de que no le pagaron el voto que en su favor depositó ingenuamente con un “paquete chileno” o lo que “El Nene del Abasto” llamaba el “cambiazo de Paco”.

No dejan de llamarme la atención los candorosos empresarios que salen a menudo, con libretos al parecer prefabricados, a aplaudir las iniciativas de Santos, pues pienso que no están dando buen ejemplo. En efecto, si en el mundo empresarial uno obrase con semejantes dosis de disimulo, para decirlo con un eufemismo, no podría hacer carrera, ya que de entrada suscitaría desconfianza.¿Por qué les piden entonces a las comunidades que crean en quien se hizo elegir probablemente con maniobras engañosas?

Sugiero a mis lectores que busquen en “El Tiempo” de ayer el excelente artículo que escribió Oscar Iván Zuluaga para justificar su escepticismo acerca de los diálogos que Santos ha iniciado con las Farc.

Al igual que muchísimos colombianos de buena voluntad, Zuluaga piensa que la paz es algo de suyo deseable, pero no del modo como pretende logarla Santos. Y lo mismo dijo Uribe en su discurso del domingo, con vehemencia, sí, pero también con sobra de razones.

Santos, en lugar de esmerarse en rectificar las apreciaciones de sus críticos, responde con agravios y baladronadas. No en vano lo llaman en Twitter “Santinflas”. Y, viéndolo el domingo pasado, no pude dejar de asociarlo con “El Siete Machos” que interpretó hace muchos años el histrión mexicano.

Santos cree tontamente que con hablar de que él representa el futuro la gente le va a extender un cheque en blanco para que gire sobre él como a bien tenga. Y asevera de modo irresponsable que, si fracasa el diálogo con las Farc, solo él sufrirá las consecuencias y al país no le va a pasar nada, cuando ya le están ocurriendo cosas muy graves y, según amenazan las propias Farc, las peores están por venir.

Yo he venido alertando en Twitter sobre los graves precedentes que se derivan de la concepción que tiene Santos acerca del juego político y el manejo de la institucionalidad.
Es mucho lo que tengo que decir al respecto.

Me limitaré por lo pronto a pedirles a mis lectores que abran la Constitución y lean el artículo 127, en la parte que dice que en general los empleados públicos sólo podrán participar en las actividades de los partidos y las controversias políticas “en las condiciones que señale la ley estatutaria”.

Como esta ley no se ha dictado, parece claro que Santos y la brigada de funcionarios que se hicieron presentes en la asamblea del Partido de la U el pasado domingo violaron la perentoria prohibición constitucional acerca de la participación en política.
Ahí le queda, apreciado Procurador Ordóñez, una buena tarea.

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