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Miércoles 19 de Diciembre del 2018

Las mentiras de Santos (2)

En pasado artículo examiné la primera gran mentira de Santos el pasado domingo en la Asamblea de la U: arrogarse la creación y los éxitos de ese partido en sus siete años de existencia. Me ocuparé ahora de repasar a vuelo de pájaro otros siete embustes.

 

Segundo embuste: los logros sociales

 

Para ilustrar el apelativo de “social” del partido de la U, abundó Santos en exageraciones sin cuento sobre sus realizaciones en esta materia. Magnificó la universalización de la educación, gratuita en las entidades públicas. Pontificó sobre Familias en Acción. Se explayó sobre sus logros en empleo. Describió los avances en reducción de la pobreza. En ningún caso mencionó que todos esos programas vienen de la administración precedente y los avances no habrían sido posibles sin la recuperación de la seguridad. Llegó Santos al extremo ridículo de un auto elogio que no tiene antecedentes en el país, cuando expresó: “…hemos hecho en estos 26 meses más de lo que ha hecho la inmensa mayoría de los gobiernos en los 202 años de historia que tenemos. Un columnista internacional decía: ‘Este Gobierno es el Gobierno más reformador y más progresista que ha tenido Colombia en su historia’.” Modestia aparte, naturalmente.

 

Dos casos particulares merecen comentarse. Primero, el de la salud. “Nosotros recibimos un caos en materia de salud, infortunadamente”, advirtió Santos para empezar. Efectivamente, desde comienzos de su gobierno la emprendió contra el gobierno de Uribe, dizque por corrupto e ineficaz en este terreno, desconociendo la ampliación de cobertura y otros legados significativos de aquella administración, y su valeroso intento de enfrentar la crisis del ramo con la declaratoria de emergencia social que la Corte Constitucional tumbó. Lo que se cuidó de ocultar fue que los problemas en lugar de subsanarse se han disparado y que la inercia de este gobierno en esta sensible área ha sido exasperante. Hoy la crisis en la salud ha llegado a niveles catastróficos.

 

El segundo caso es el de reparación de las víctimas. Ponderó los beneficios de la Ley de Víctimas y Reparación de Tierras brindando guarismos del número de personas reparadas este año, cuya meta se había establecido en 110.000, cifra que según Santos ya fue superada en octubre. De nuevo se adjudicó resultados que no corresponden a la ley aludida, que solo entró en vigencia hace poco y apenas empieza a aplicarse. La prensa ha informado con profusión que la inmensa mayoría de las víctimas reparadas lo han sido en virtud de las medidas de reparación administrativa expedidas en el mandato de Uribe. Otra inexactitud en el manejo de las cifras, en que es experto este gobierno, con el Ministro de Agricultura a la cabeza.

 

Tercer embuste: la infraestructura

 

El presidente ponderó su revolución en vías y otras obras públicas así: “Y para darles simplemente una comparación, el país venía invirtiendo 3 billones de pesos en infraestructura al año hasta el año 2010, el año 2011 duplicamos a 6 billones, pero lo que vamos a hacer de aquí en adelante es realmente algo de marca mayor porque tenemos ya previstas concesiones y obras a través de las asociaciones público-privadas por 58 billones de pesos. Imagínense ustedes lo que va a hacer este país: de 3 billones a casi 60 billones, 20 veces más. Eso no solamente va crear más empleo y prosperidad, sino que va finalmente a darle competitividad a nuestra economía.”

 

Pasemos por alto la treta de comparar el promedio de inversión en un año (3 billones) con el total de inversión de varios años (60 billones), que no puede ser una simple ligereza o un error de dicción, sino una burda engañifa. Y desglosemos las cifras. Ocurre que de esos 60 billones (o 58, pues ambas cifras cita el mandatario), 20 billones corresponden a particulares que recibirán concesiones para ejecutar las obras. Solo quedan 40 billones a cargo del erario, pero en un término de seis años, lo que da un promedio de poco más de 6 billones por año, que fue la suma del año pasado según el mismo Santos. ¿Dónde está el salto de “marca mayor”? Téngase en cuenta, además, que es un simple plan del gobierno, lanzado hace apenas un mes, luego de dos años de desidia y parálisis en este sector, y que los seis años previstos para la ejecución de las obras, como ocurre en ingeniería, se pueden convertir en diez o doce fácilmente. La Contralor Sandra Morelli acaba de denunciar que la Agencia Nacional de Infraestructura, ente encargado del tema, no alcanzará a ejecutar siquiera el 60 por ciento de su presupuesto de este año.

 

Cuarto embuste: la política internacional

 

Como siempre, Santos partió de echarle agua sucia a su antecesor, suponer que todo estaba mal antes de su mesiánica llegada, para sacar pecho luego por sus pomposas ejecutorias. “Ustedes saben perfectamente que éramos la oveja negra…” en el exterior, antes de agosto de 2010, pregonó con aire doctoral. “Todo eso cambió por un cambio en el estilo, en la forma de hacer la diplomacia, en introducir un elemento fundamental que se aplica inclusive en los matrimonios, en las amistades, en las empresas, en los países: el respeto por las diferencias.” Y explicó con detenimiento en qué consiste ese respeto: “Yo no me voy a volver un bolivariano revolucionario” como Chávez (tengo mis dudas,) “ni a usted lo voy a convencer de que mi modelo de desarrollo sea el que usted quiere, pero respetémonos cada uno las diferencias’.” Elemental y sencillo. No haberlo sabido antes para evitarnos las graves crisis del inmediato pasado.

 

Esa es una gran mentira. Nadie, empezando por Uribe, trató de convencer a Chávez para que cambiara de postulados ideológicos y políticos, o viceversa. Nunca ese fue el eje de las controversias. El fondo de los choques con el gobierno venezolano provinieron de su protección a los terroristas que atentan contra la democracia colombiana, como lo sigue haciendo hoy, y de sus burdos chantajes para que no firmáramos un TLC con Estados Unidos (retirándose de la CAN), o para que no suscribiéramos un acuerdo de asistencia militar con el mismo país. Todo para buscar expandir e imponer el modelo “bolivariano revolucionario” en Colombia. Eso se silencia ahora y se tapa, con el chiste de que el problema era de estilo, de no aplicar la fórmula mágica que salva matrimonios y amistades…

 

Quinto embuste: la seguridad

 

Las críticas más fuertes del ex presidente Uribe a la administración Santos se centraron en el tema de la seguridad y el proceso de paz. Formuló interrogantes sinceros y compartidos por muchos compatriotas. “¿Por qué buscar el diálogo con el terrorismo al costo de descuidar la seguridad?”, reclamó. Desde el comienzo de su alocución, cuando citó un secuestro cometido hace unos días por las Farc (que niegan que lo estén haciendo, y que según Santos hay que creerles), pasando por sus denuncias del crecimiento numérico de las Farc, hasta la descripción de la multiplicación del cáncer de la extorsión, Uribe fue enfático en señalar que se ha debilitado el manejo de la seguridad en los últimos dos años.

 

No estuvo muy atinado Santos en sus respuestas. Volvió a exhibir su rimbombante ego como razón esencial frente a su contradictor. La prueba reina se redujo señalar que su presencia en el gobierno -primero como ministro de defensa y luego como presidente- fue la varita mágica para propinar los golpes más fuertes a los narcoterroristas. “¿Cuándo comenzó el viacrucis de las Farc? ¿Cuándo comenzaron a caer los miembros del Secretariado? ¿Cuándo comenzaron las Farc a debilitarse en forma acelerada? En ese momento, cuando llegamos como representantes del Partido de la U.”, en 2006. Antes no. Y prosiguió: “Yo le doy todo el crédito al Presidente Uribe, y se lo he querido dar muchísimas veces, pero ustedes en el Partido de la U tienen que ser conscientes que desde ese momento hasta hoy, desde el año 2006 hasta hoy, los golpes que se han dado han sido unos golpes contundentes.” Fue la única vez que mencionó a Uribe en su discurso –mención que despertó sonoros aplausos en el auditorio-, porque era inevitable hacerlo, pero en el fondo para demeritarlo y darse ínfulas de redentor: sí, Uribe hizo algo, lo reconozco; pero el vuelco se inicia en 2006 (no cuatro años antes), cuando asumí el ministerio, y desde entonces hasta hoy es que se le han dado a las Farc los “golpes contundentes”. Esa visión maniquea, egolátrica y deformada de la historia se parece más a una mentira que a un sereno y veraz repaso de los acontecimientos.

 

Sexto embuste: el proceso de paz

 

Igualmente severo fue Uribe al preguntar por qué se había convenido negociar la agenda de país con los terroristas, y por qué se aceptaba concederles inmunidad para delitos atroces y permitirles elegibilidad. Igualmente mostró su perplejidad por el viraje de Santos, que al posesionarse había condicionado cualquier diálogo de paz a la cesación de los actos terroristas.

 

Tres argumentos de Santos –para darles un nombre a sus excusas- merecen comentarse. El primero es muy desafortunado porque, al fin de cuentas es reconocer su falencia. Al reclamo de Uribe por haber aceptado negociar con las Farc desconociendo las condiciones que había fijado en su posesión para “sacar la llave de la paz del bolsillo”, respondió con una disculpa que es un mea culpa. Expresó, contra toda evidencia, que él simplemente continuó los acercamientos que Uribe había buscado con esa guerrilla “sin ninguna condición”. Doble falacia. El país conoce la verticalidad de Uribe en esta materia, sus “inamovibles” repetidos hasta el cansancio para hablar con los terroristas. Y ese embuste, en lugar de justificar la reversa de Santos, la hace más patética y evidente: no le importaban las condiciones fijadas por él mismo.

 

El segundo elemento que Santos quiso refutar fue la impunidad que se ofrece a los criminales. Airado la negó. “Todo lo contrario. Lo que hemos dicho es: aquí no habrá impunidad.” Pero a renglón seguido acotó: “Otra cosa es la justicia transicional.” De nuevo las tretas. ¿Y no es la “justicia transicional” postulada en el Marco Jurídico para la Paz, un instrumento que permite seleccionar cuáles delitos se investigan y penalizan y cuáles no? ¿Y no permite el mismo acto legislativo que se tipifiquen como “conexos” con la “rebelión” otros delitos que se subsumirían en la figura del llamado “delito político”, como por ejemplo el narcotráfico? Esa es la forma escueta de esta mentira: ¡no habrá impunidad sino “justicia transicional”!

 

La última consideración tiene que ver con la afirmación santista de que el país no pierde nada con este proceso, si fracasa; que sólo el presidente está arriesgando en dicho lance. Falso. No solo se ha permitido que las Farc limpien su imagen de organización terrorista, que se les haya catalogado como “parte” de un conflicto con igual estatus que las fuerzas armadas, que se les hayan hecho generosas propuestas de participación en el Congreso, que se les haya elevado a la categoría de interlocutores para definir el futuro del campo, que se les haya postulado como aliados en la lucha contra el narcotráfico, que son pérdidas irreparables para la nación. También en el país se está viviendo un contrasentido, que tiene todos los visos de antesala de una derrota humillante: las informaciones en los medios de comunicación, en las páginas de los medios oficiales, son de absoluta claudicación. El asesinato aleve de seis policías ayer, cuatro soldados anteayer, niños, mujeres, humildes campesinos, por las balas y bombas de los narcoterroristas, están relegadas al último lugar de la crónica judicial, a letra menuda. Los titulares de las portadas, los grandes reportajes, las crónicas del día, están reservados para la panacea del proceso de “paz”.

 

Séptimo embuste: la reforma tributaria

 

Hace apenas tres meses, en medio de las tribulaciones que la aprobación de la reforma judicial provocó en las altas esferas del gobierno, éste decidió abandonar el proyecto de reforma tributaria que había anunciado no recordamos cuántas veces. No había ambiente en el Congreso, arguyó.

 

Uno de los efectos más evidentes del proceso de paz fue rescatar al presidente y al Congreso de los abismos de las encuestas, de la picota pública. Hoy disfrutan de un segundo aire y de nuevo sale a flote la reforma tributaria. ¿La razón? No se trata de recaudar más impuestos, advirtió Santos en la Asamblea de la U, no. Recursos hay y en abundancia. Es “porque tenemos que hacer de Colombia un país más equitativo”. Esa sí que es una falacia. Aunque el presidente  abundó en detalles sobre las bondades para los asalariados, especialmente de niveles bajos y medios, otra cosa dicen los analistas. Un experto como Stefano Farné ha puesto en duda, con rigor, la supuesta bondad de esos cambios. Del mismo modo que diferentes economistas dudan que vaya a estimular la creación de empleo o facilitar su masiva formalización la sola reducción de gravámenes a la nómina para sustituirlos por imposición a las utilidades, siempre en cabeza de las empresas, y aparentemente por un monto similar. Conocedores de asuntos fiscales sostienen que en el recambio ganan las empresas, de suerte que sería el Estado el que tendría que aportar el faltante para sostener el Sena y el Icbf. Una contribución muy discutible a la equidad social.

 

Octavo embuste: el partido del futuro

 

Ya al final de su perorata Santos se despachó otra vez, sin mencionarlo, contra Uribe. Instó a la U a desplegarse “por todo el territorio a mostrar estos resultados y a mostrarle al pueblo colombiano que el partido está comprometido con el futuro, no con el pasado, porque aquí algunos quieren anclar el partido al pasado, quieren anclar el país al pasado, pues no los vamos a dejar, vamos a irnos hacia el futuro.” “Pero lo que yo quiero es que este partido piense es en el futuro, no se quede anquilosado en el pasado, no se quede anquilosado en el conflicto, en la guerra, en los odios, que sea el partido del post conflicto, el partido del fututo, el partido que va a modernizar este país porque el Partido de la U tiene esos elementos. Eso es lo que estamos haciendo en este momento.” Palabras más, palabras menos, dio a entender: Uribe es el pasado, nosotros –el partido de la U y su presidente- somos el futuro.

 

No hay que explayarse demasiado en ese parangón artificioso. La mayoría de los compatriotas sabe que es al contrario. Si Colombia tiene futuro hoy, se lo debe fundamentalmente a Uribe. Si el futuro de Colombia tiene riesgos y amenazas, la responsabilidad le cabe solo a Santos y su partido.

 

* Director del blog Debate Nacional del Centro de Pensamiento Primero Colombia (CPPC).

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