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Martes 12 de Diciembre del 2017

Los olvidados

El país ignora que procesos y condenas con militares obedecen a una astuta estrategia de las Farc, que logra golpear a los mejores oficiales moviendo sus fichas en el entramado judicial.

Acabo de encontrar a muchos de ellos en el CRM. Salvo sus familias y amigos más cercanos, nadie los recuerda; ni el Gobierno, ni los políticos, ni las ONG, ni tampoco los medios de comunicación. Más opciones tienen hoy las Farc de ser beneficiadas por la justicia que los valiosos y sufridos militares (pues a ellos me refiero), injustamente condenados o detenidos por obra de falsos testigos. Todos ellos afrontan en soledad y silencio su terrible destino. Lo comprobé luego de visitar durante dos domingos seguidos el Centro de Reclusión Militar que se levanta en Puente Aranda.

Mi guía más inesperado en esta visita fue el coronel Hernán Mejía Gutiérrez. La suya fue una heroica carrera militar. En tres de los muchos encuentros que tuvo con la guerrilla (primero en el Palacio de Justicia, más tarde en el municipio de Silvia, Cauca, y luego en Morelia, Caquetá) recibió siete heridas de bala. Fue condecorado como el Mejor Soldado de América. No obstante, ahora lo encuentro en el CMR condenado a 19 años de prisión. ¿Cómo explicarlo?

Pues es inexplicable. Su condena es tan aberrante como la del coronel Alfonso Plazas Vega. En el caso de Mejía Gutiérrez, se basa también en un falso testimonio: el de Edwin Manuel Guzmán Cárdenas, un sargento al que él envió a prisión en Valledupar cuando descubrió que robaba armas y municiones para vendérselas tanto a la guerrilla como a los paramilitares. Al salir de prisión, Guzmán volvió a sus viejas andadas como jefe de una banda dedicada al robo y tráfico de armas. Detenido en Villavicencio, logró hacerse pasar como desmovilizado de las Auc y obtener como tal los beneficios de la ley.

Cumpliendo un propósito de venganza, le dio a Semana una entrevista en la cual acusaba al coronel Mejía Gutiérrez de tener nexos con ‘Jorge 40’. Tomando tal infundio como una revelación, la revista le dio portada con el cruel título ‘De héroe a villano’. Y ahí se abrió el arbitrario proceso contra Mejía. Guzmán, por cierto, viendo los beneficios que le reportaban sus infundios, sirvió de testigo contra la Drummond y otros sonados casos, hasta que el entonces fiscal Mario Iguarán lo denunció como miembro de un cartel de falsos testigos. Expulsado también de los Estados Unidos al descubrirse sus falsedades, volvió al país y hoy se rumora que lidera una banda en La Guajira.

Por falsos testigos como este han sido víctimas de injustas condenas otros militares de notable desempeño en las Fuerzas Armadas como el coronel Plazas Vega y los generales Rito Alejo del Río, Uscátegui, Arias Cabrales y muchos oficiales más. En el CRM hierven casos parecidos. El del coronel Álvaro Tamayo, por ejemplo, edecán del presidente Uribe, acusado por un suboficial al que sancionó e hizo retirar de la institución, o el del mayor Luis Fernando Campuzano, condenado por la Corte Suprema de Justicia pese a haber sido absuelto en primera y segunda instancias por el Tribunal Superior de Cúcuta. Más insólito aún, el caso del sargento Aureliano Quejada, condenado a 19 años por hechos ocurridos en el departamento del Cesar cuando él se encontraba prestando servicios en el Sinaí.

Lo que el país ignora es que estos procesos y condenas obedecen a una astuta estrategia de las Farc, que ahora logra golpear a los mejores oficiales del Ejército moviendo sus fichas en el entramado judicial. Las formas desconocidas de su nueva guerra se proyectan en los planos político, mediático, cibernético, jurídico y diplomático. Son tan reales sus éxitos, que las Farc están lejos de considerarse derrotadas, como lo cree el presidente Santos. Al contrario, por culpa de los golpes judiciales sufridos, muchos de nuestros militares consideran que la guerra ya está perdida. La prueba emblemática de tal derrota son estos olvidados hombres que alguna vez arriesgaron su vida por la patria.

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