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Lunes 19 de Febrero del 2018

Piropolítica

Publicado en:

El Nuevo Siglo  | 

Autor(a): Vicente Torrijos  |

Fecha: 20/05/2014

 

Piropolítica es la tendencia de algunas entidades estatales, o del Estado en su conjunto, a intimidar, perseguir y condenar al opositor, hereje o disidente a la hoguera, esto es, al escarnio, al ostracismo o a la cárcel. Usualmente, este proceso impositivo se basa en un autoritarismo manifiesto que se exhibe con desaforada arrogancia pues solo haciendo derroche del abuso es como se puede propagar el temor entre quienes osan desviarse de las líneas maestras del pensamiento oficialista.

La primera tarea del piropolítico (inquisidor, insidiador, denostador) es la de sacralizar procesos (como el de La Habana) para anular la voz contraria, asegurarse luego el control del empresariado y terminar ganándose el favor de la mayoría de medios informativos gracias a irresistibles prebendas.

De tal manera, la pirotecnia política termina creando un clima de unanimismo y uniformidad, es decir, un totalitarismo de baja intensidad lo suficientemente flexible como para ejercer control social absoluto sin necesidad de disparar, pero conservando lubricados los mecanismos de incriminación, sindicación y apresamiento. Por tal razón, cuando las voces de la oposición se crecen, obtienen amplísimo apoyo electoral y empiezan a gozar de amplia aceptación en las encuestas poniendo en peligro la perpetuación en el poder, el absolutismo recurre a la cacería de brujas, la satanización y el estigma.

Empezando por el lenguaje ideológico, por supuesto, ya que es necesario condenar el pensamiento crítico mediante el etiquetaje, es decir, la identificación del otro como origen de todos los males ("enemigo de la paz", "de la revolución", "del partido-Estado") y la utilización de los consabidos apelativos de posguerra: "nazi", "fascista" o "peón del imperialismo".

En resumen, el régimen amedrentador se las arregla para enfilar todos los recursos del Estado contra aquel sector que, escapándosele del redil, le plantea a la sociedad un modelo potencialmente distinto, exitoso y victorioso, más aún, si esa opción se basa en los valores esenciales de la democracia: seguridad, no impunidad y renuncia a la violencia.

Lo cierto es que en todos los casos el régimen despótico, fiscalizante y asediador termina consumiéndose en sus propios miedos y contradicciones mientras un futuro luminoso se abre para quienes, luchando contra el terror, se oponen firmemente a que el país caiga en manos del colectivismo bolivariano y la cubanización.

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