Miércoles 22 de Noviembre del 2017

Camino al despeñadero

El país se le salió de las manos al presidente Santos. Así lo dijo el sobreviviente Fernando Londoño Hoyos y así lo creemos muchos colombianos. Sea dicho de paso, la solución a este panorama no pasa por salidas inconstitucionales que se han mencionado irresponsablemente: ni el supuesto “ruido de sables”, ni el pedirle al Presidente que dé un paso al costado, son alternativas afortunadas. Esas son aventuras antidemocráticas que solo ayudan a debilitar más a las instituciones, y no es hora de pedir que Colombia se convierta en uno de esos países de opereta donde los presidentes caen al son de paros laborales o marchas indígenas.

Sin embargo, el que eso esté en las mentes de muchos es sintomático de la mala situación por la que atraviesa el país, la cual se reflejará —muy probablemente— en un deterioro abrupto de la imagen de Santos en las próximas encuestas, pues la molestia de muchos colombianos con el desempeño del Primer Mandatario está llegando a límites insospechados. Y es que todos nos hacemos la misma pregunta del ex vicepresidente Francisco Santos, primo hermano —en doble vía— del Presidente de la República, quien se considera ‘el segundo opositor del Gobierno’: “¿Por qué (Santos) no continuó por ese camino (la obra de Uribe que lo llevó al poder)? Era tan sencillo trabajar sobre lo construido. Ahora vamos por el rumbo equivocado” (El Colombiano, 22/05/12).

La verdad es que Santos está empecinado en ser el hombre de la paz, pero de la paz a cualquier precio. A menudo repite que la impondrá por las buenas o por las malas, notificación que parecía estar dirigida a la guerrilla pero que cada vez parece más que lo estuviera al resto de los colombianos, pues a quienes critican o se oponen a los acercamientos con las Farc los llama (miembros de la) “mano negra”, “idiotas útiles” y, últimamente, “tiburones”, cuyo sinónimo ‘escualos’ se parece mucho al término ‘escuálidos’, con el que el ‘nuevo mejor amigo’ designa a la oposición venezolana de tiempo atrás.

Y no es la única semejanza. El país ha dejado pasar como si nada las denuncias que se han hecho sobre las presiones de este Gobierno a la prensa, que lo acercan a los atropellos que se han cometido contra la libertad de expresión en países vecinos como Venezuela, Ecuador y Argentina. El gobierno de Santos envió un emisario a pedirle a la directora de un periódico que le bajara el tono a las críticas e hizo cerrar programas de un canal de cable que no le eran favorables. Si los dueños de medios y los directores de los mismos, agachan la cerviz, muy pronto rodarán cabezas de columnistas de opinión que le están diciendo al país la verdad, como es que el gobierno de Juan Manuel Santos lo está llevando hacia el despeñadero, una realidad que al acallarse se oculta pero no se elude.

Ya no es hora de pararse a especular por qué Santos obra de esta manera errática, tan a contrapelo de lo prometido en campaña y del accionar que lo convirtió en “ministro estrella” del gobierno más exitoso de la historia colombiana, como ha sido el de Álvaro Uribe. Que si quiere el Nobel de Paz, que si va por la secretaría general de la ONU, que si es un comunista disfrazado, que si su interés es revivir el otrora glorioso partido Liberal… nada de eso es importante ya.

Ahora lo importante es sumar voces para decirle al Presidente que está equivocado, que erró el rumbo y que si no corrige no solo el país sufrirá graves consecuencias sino que él mismo será muy perjudicado: su imagen, que tanto parece importarle, se verá irremediablemente afectada. Será visto por la Historia como un traidor, pero no de su clase, como él quisiera, sino de esas amplias mayorías que lo auparon en el poder y de toda una Nación cuya dignidad pretende quebrantar en aras de una paz mentirosa.

Igual que Hitler, las Farc no se contentarán con los Sudetes. Chamberlain se enteró con amargura que las guerras no se sortean para evitar humillaciones. Santos aun está a tiempo de retomar el rumbo y ahorrarse —y ahorrarnos— horas muy amargas.

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