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Lunes 17 de Diciembre del 2018

EL COMPROMISO CON LO FUNDAMENTAL. EN MEMORIA DE ÁLVARO GÓMEZ HURTADO

Autor(a): Pedro Aja Castaño  | 

Fecha: 15/09/2014

Exclusivo para FCPPC
 

“¿Es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre?”

Henry David Thoreau

Cuando a la democracia se la despoja de su realidad o sabor fundacional que es la transición del ser una cosa para el déspota a ser representante de una especie con la capacidad de  llegar a ser cada día más humano, trascendiendo sus limitaciones hasta vislumbrar un salto hacia el espíritu inmortal; cuando se olvida ESO, entonces cualquier déspota puede hacer simulaciones de democracia; reformar, para evitar el cambio que enaltece al hombre.

Dice un viejo adagio que cuando el diablo no está en forma pone desorden en lugar del orden; eso han intentado hacer las FARC y los grupos armados mediante la violencia; pero que, en plena forma, el diablo, sustituye el orden con otro orden, el de la justicia mediatizada y focalizada; los impuestos injustos que no generan productividad, ni desarrollo; las reformas que favorecen intereses oscuros. Si esto es así, entonces se nos impone, como sociedad, distinguir lo falso de lo verdadero, escudriñar, mirar los hechos, no las especulaciones; controlar, juzgar y castigar. Porque el peor enemigo del Príncipe de las Tinieblas es una sociedad pensante. No estamos con las manos atadas porque tenemos democracia y una opinión que sabe distinguir, aunque no probar judicialmente a veces, cuándo los sistemas no funcionan como debe ser. Una nación débil tiene problemas; una nación fuerte, soluciones.

Así, el cuestionamiento de Thoreau buscaba ir más allá de los mecanismos de la representatividad mayoritaria que es lo que generalmente se entiende por democracia; y la pregunta surge cuando se ve la  disparidad entre el sentir de la sociedad y la irreductibilidad de la dignidad humana confrontada con la actuación de sus representantes o administradores, lo que lleva a juicio, inmediatamente, la institucionalidad de un país.

Pero…¿qué es lo fundamental en el derecho de ser hombre? En nuestro medio político fue Álvaro Gómez Hurtado quien desarrolló sus tesis de lucha a través de sus editoriales  en El Nuevo Siglo y en la breve conferencia “Hay que Tumbar el Régimen” de obligatoria lectura si deseamos entender la crisis actual. Pretenderé resumir sus ideas.

La ausencia de liderazgo político se advierte en que esa actividad ha caído bajo el dominio del clientelismo y el dinero, o mermelada. Por ese motivo lo que AGH llamó ‘El Régimen’ necesita que la política sea sucia ya que garantiza la amplia gama de complicidades necesarias para mantener el predominio de los intereses en juego. Desde luego ese escenario repudiable no lo quiere conocer la gente de bien; y menos aún, se interesa en restaurar la buena política, pues no hay ejemplos a seguir o, si existen, son distorsionados o silenciados: caso Luis Carlos Galán. Es parte normal de lo que se conoce como el establecimiento y es el vehículo contaminante de todo lo que a éste pertenece: el Congreso, los partidos, la prensa, los grupos económicos, los sindicatos, la policía, el sistema educativo, el judicial, la mafia infiltrada, o lo agentes de los grupos fuera de la ley. Por ese motivo no hay opiniones políticas de autoridad moral que, cuando surgen, se toleran si no llegan a tener un arrastre político peligroso, porque todos saben que lo que vale es el poder reducido al tráfico de componendas. Un factor de debilidad y decadencia ha sido la creencia de que no vale la pena opinar, pues ante la omnipotencia del Régimen, es ridículo protestar y hasta peligroso. Así hemos llegado a un silencio cómplice, cuyo contentillo son las encuestas que nada cambian y de las que se ríen los que tienen la sartén por el mango. Debemos entonces entender que el responsable de la decadencia y de la corrupción del país es el Régimen, el sistema de compromisos y de complicidades que está dominando la totalidad de la vida civil. El Régimen es más fuerte y más duradero que cada uno de sus componentes. Tiene una omnipotencia ilimitada, que proviene de su irresponsabilidad. Como no tiene jefe, ni personería, no se le puede pedir cuentas. Ejerce sobre la sociedad un dominio oscuro, denso, amorfo que todos consideran normal, aunque se quejen de él, sin precisar acciones a seguir.

A lo anterior agregaba Álvaro Gómez el evanescente escenario de las buenas costumbres y tradiciones en todas las áreas de la vida social, política, profesional y productiva, cuya tragedia era la falta de representatividad política, remplazada por el ´lobby’ interesado, agregándole a ello el problema de la droga y la violencia, como formas de vida o victimización.

¿Cómo se tumbaba el régimen anterior, según AGH? Mediante la represión del bandolerismo, la restauración de la seguridad, la desnarcotización de las relaciones con Estados Unidos, la disminución valerosa de la cuantía del gasto público y una limpieza general de los sistemas del compromiso en la burocracia. Supongo que cualquiera que hubiera querido llevar a cabo esa misión estaría amenazado y  su eventual magnicidio no tendría la más mínima posibilidad de ser esclarecido porque el Régimen siempre contaría con el acucioso de turno para desviar, esconder, eliminar, comprar, favorecer, nombrar, poner a mandar con resultados exigidos, a la o las conciencias necesarias para que todo siga como les conviene a los titiriteros mayores. ¿Cuál es el argumento criminal que favorece el crecimiento de tal estructura? Que el Estado no utiliza el derecho legítimo de autoridad debido a su corrupción. Así, utilizando el mismo veneno que ellos inoculan se autoerigen secretamente en los verdaderos jefes respaldados por la amenaza, el chantaje posible mediante las nuevas tecnologías, el asesinato, el blindaje legal o político. Son los mismos, excepto que unos tienen más agallas que los otros y se vuelven jefes. Por ese motivo la organización se hace casi inaccesible a la justicia, se sacrifican peones, mulas; se escriben confesiones, se coordinan  cajas de resonancia, se publican incluso los detalles que darían pie para investigaciones sobre complots contra el Estado y sus gobernantes y nada pasa (Leer el capítulo Días de Conspiración de Mi confesión de Carlos Castaño; o la editorial de JMS ‘Coger al toro por los cachos’) porque el régimen se autorregula en la impunidad. Algunos fusibles son quemados para mantener el show de la justicia la que cínicamente resiste cualquier presión externa. Tan pronto como la sociedad entiende, que las transformaciones son inevitables o necesarias, los verdaderos jefes de turno del Régimen establecen la agenda secreta de lo que debe pasar con las reformas y las utiliza para los propósitos indispensables de cualquier condición o escenario, trátese de impuestos, impunidad legal, poder, beneficio personal.

El clima moral de la opinión pública del escenario político descrito lo sintetizó AGH así: “El desfallecimiento nacional frente a la decadencia de los valores tradicionales es una quiebra de la dignidad. La falta de iniciativas restauradoras, la resignación, esa tolerancia pasiva de la adversidad, están siendo producidas por la convicción de que no hay nada que hacer, que todos los esfuerzos son inútiles y que hemos sido condenados a la esterilidad.” Enronces ocurrió la aparición de Álvaro Uribe Vélez. El ‘Régimen’ no lo ha perdonado y lo persigue con sus adláteres y agentes extranjeros en cabeza propia o de quien pretenda enfrentar al régimen en Colombia.

Cuando hace 19 años AGH pronunció las palabras que siguen, se las atribuyeron a la acostumbrada oposición política. Hoy son una verdad vergonzante: “Las autoridades y las fuerzas armadas han claudicado frente al negocio de las guerrillas, que siguen secuestrando y cobrando “vacunas” y que le dictan al Gobierno las condiciones que debe mantener para que ellos sigan usufructuando la impunidad. Los últimos episodios, y el tono altisonante asumido por los capos bandoleros, también le han hecho perder la dignidad a las autoridades. Y esa dignidad no sólo pertenece al Gobierno, sino a todos los colombianos, que tienen, por lo mismo, derecho a reclamar.”

¿Qué significaría entonces retomar el compromiso con lo fundamental? AGH se ocupó de la situación política de su momento; pero la universalidad de su pensamiento nos hablaría del hombre y la solidaridad con los otros, del valor de toda vida, su respeto y protección; que la persona es irreductible. Veríamos que si no se delega el poder, se genera la violencia; y que tan importantes son las virtudes y deberes del pueblo como las del soberano; que la ley está por encima del presidente. Que la servidumbre y la violencia se contrarrestan con educación, ciencia y cultura.

Cuando decía que la democracia debería permitirnos crear el escenario que nos ayude a trascender, tenía en mente la tradición de la filosofía perenne que nos conecta con todo para considerar que para el verdadero hombre no hay un lugar tranquilo en las ciudades, ni en los campos, en donde podamos escuchar los argumentos de las ranas alrededor de un lago, ni embobarnos buscando caballos marinos en las nubes. Todo colombiano tiene el derecho no a la paz de Juanpa, sino a aquella que le permite inclinarse, besar la tierra, saludar al animal hermano, conmoverse frente al pobre, pues todo lo que hiere a esta creación, nos hiere a todos; y todo el que ama una brizna de hierba, ama al universo. Lo fundamental de la democracia debe darnos para esa trascendencia en este mundo. Y quizá, podamos tener el derecho a la del otro, y disfrutarla con Álvaro Gómez Hurtado, nuestro buen hermano.

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