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Miércoles 19 de Septiembre del 2018

EL OPORTUNISMO, ENFERMEDAD INFANTIL DEL OPOSICIONISMO

Autor(a): Antonio Sánchez García  | 

Fecha: 26/09/2014

Exclusivo para FCPPC
 

Parece un chiste freudiano, por lo revelador. Invito a un destacado sociólogo a acompañarnos en una tarea de asesoría política y me replica: “¿Yo, asesor? No, mi pana, yo de ministro no bajo…” Así las posibilidades de convertirnos en gobierno estén a leguas luz de distancia, la broma es más que reveladora: demuestra que antes que la preocupación por la recuperación de la sociedad venezolana y la reconstrucción de la República, en bien nuestro y de nuestra descendencia, muchos políticos de la vieja y nueva guardia no mueven un dedo sin estar pensando en los beneficios que un cambio de rumbo podría depararles en sus vidas. Si mueven uno en el terreno internacional, es porque ya se ven entregando sus credenciales a un presidente de un importante país europeo. Si aportan con un modesto escrito a la organización de los artistas e intelectuales es porque ya se ven al frente del ministerio de cultura. Y si participan en la inauguración de un campo deportivo es porque ya se ven de delegados especiales ante el Comité Olímpico Internacional.

Así, he visto aparecer súbitamente en el escenario opositor a jóvenes universitarios que sin haber terminado sus carreras ya poseían un curul en la Asamblea Nacional y sin tener la más mínima idea de cómo se cuecen las habas en el mundo diplomático recibir mensualmente sus cheque en dólares del Parlatino. El tan ansiado poder se lo ve a través del prisma del disfrute de alguna canonjía, no a través de la lente amplificadora de una nueva realidad sociopolítica a ser conquistada puerta a puerta y palmo a palmo, sin ninguna pretensión crematística. Por amor a la República, por destino comprometido con el devenir de la Patria.

Es el viejo “pónganme donde haiga” que se entreveía en los ojos codiciosos de los recién llegados a los partidos del sistema. Tras del cual se oía el “qué chavocho es el Poder”, como ironizaba el personaje de la IV tras la sarcástica sonrisita de Joselo. Que ha permitido a Chávez y su esbirriato arrasar con la sinvergüenzura nacional, literalmente comprar millones de electores y centenas de miles de funcionarios, burócratas y militantes, coronados por la pandilla de asaltantes de camino que viven haciendo gárgaras con la palabra revolución y no alzan el puño si no es para maniatar un puñado de dólares.

No hay en el seno de la oposición el más mínimo debate ideológico, la más somera confrontación de ideas como para explicarse el deslave que viven algunos partidos castigados por la ausencia de votantes, ergo de cargos públicos, y la carrera de doscientos metros con obstáculos de viejos figurones de trasnochados y no tan añejos partidos de la IV y la V desgañitarse detrás de un cargo de dirección en el partido mejor rankeado para las próximas elecciones. No es que fulano de tal sale de la socialdemocracia y aparece sin una sola arruga en uno que se pensaba era más bien liberal cristiano por haber recibido la revelación de Pablo de Tarso camino de Damasco: es que en el viejo partido no había ya haiga que valga y en el nuevo, así se encuentre en la antípoda, no se piensa en otra cosa que en arrasar en las parlamentarias del 2015 o en las presidenciales del 2019. Pues en dichos partidos no se ve ciudadanos sumidos en la angustia por la pérdida de la Patria, sino autómatas y zombis que sólo sirven para votar y el día de la votación. Luego: aufWiedersehen.

Dicen que no hay corrompido sin corruptor.  En efecto: hay partidos que confunden el trabajo de crecimiento en las mentes y en los corazones de los convertidos con la brutal y despiadada cacería de corruptibles al garete. Confunden calidad con cantidad y parecen dirigidos más por abasteros que pesan el valor de sus partidos por kilos de carne humana cooptada que por el aporte intelectual e ideológico a una estratégica visión de país para el futuro de esta aterida y trémula humanidad en desbandada. Montoneras de arribistas al por mayor que salen cual tiburones tras los bancos de sardinas echadas al mar por el fracaso de otros partidos en el pervertido trajín de la oferta y la demanda de electores, creados por caudillos de tres al cuarto.

Cuesta hacerles entender que en la historia de las crisis terminales y gangrenosas como la que sufrimos en nuestro país, no se burla al destino con prestidigitación mafiosa, no se vence con pases de birlibirloque y engañiflas de homérica astucia. Al monstruo que duerme en la caverna no le cortaremos la carótida diciéndole que venimos a ponerle una gargantilla de diamantes. Si Homero mistificó sus engaños engañando al mito con el truco de que Odiseo se llamaba “Nadie”, los Castro son más sabios por viejos y por diablos. Se llaman Fidel y Raúl.

Por eso respaldo al Congreso Ciudadano con todas mis fuerzas. Porque de esta inmundicia no se podrá salir con más inmundicia. Sino sólo y solamente con la grandeza de la verdad, la honestidad y el arrojo por delante.  Así son las cosas.

DIALÉCTICA DE LA BARBARIE

“Resistir: es un llamado imperativo a la inteligencia y una conminación a los intelectuales, en todo lugar y en toda circunstancia, particularmente bajo el reinado de la barbarie. Vista la influencia que pueden ejercer sobre ciertos actores políticos venezolanos, consumidos por el pragmatismo y, no pocas veces, por una animadversión insuperable frente al pensamiento y la intelectualidad, como ha sido el caso de nuestra clase política desde los albores de la República.”

Hace cincuenta años, recién llegado a Berlín Occidental y en el clímax de la Guerra Fría, tuve en mis manos una versión mimeografiada del libro que la inteligencia progresista alemana, que aún no terminaba de zafarse del todo del horror de la barbarie hitleriana y ya debía mantener a raya la barbarie estalinista hecha fuerte en la Alemania del este, a la vuelta de la esquina, consideraba una de las obras fundamentales del pensamiento antifascista de la modernidad: Dialéctica de la Ilustración, de Theodor Adorno y Max Horkheimer. Escrita a comienzos de los años cuarenta en California, en donde los principales pensadores de la llamada Escuela de Frankfurt, impulsores de la Teoría Crítica, habían recibido asilo y cierto respaldo de algunas instituciones académicas norteamericanas para refundar su afamado Instituto para la Investigación Social (InstitutfürSozialforschung), constituía la esencia del pensamiento de ambos autores sobre el estado de la civilización y la cultura occidentales tras el desarrollo de la llamada Ilustración de los dos siglos precedentes. Pero iba mucho más lejos: expresaba la auto conciencia de una filosofía negativa de la historia, en la que veía el laberinto inexorable en que habría caído el pensamiento tras la instrumentalización de la razón en su devorador afán de dominio y sometimiento de la naturaleza, cayendo víctima de esa propia naturaleza en su máxima expresión de barbarie. Era lo que sus autores llamaban “la dialéctica de la Ilustración”: a mayor ilustración, mayor barbarie. A mayor progreso, mayor regresión.

En el prólogo aparecido en las ediciones mimeografiadas limitadas a  quinientos ejemplares – se negaban a darlo a la circulación impresa no sólo por el escaso interés que en medio de la guerra podría despertar un análisis tan riguroso y de tan alto contenido teórico en un país cuya barbarie se expresaba en lo que sus autores denominaban “la sociedad administrada” dominada por un positivismo ajeno a toda actividad intelectual que fuera más allá de la mera constatación de los hechos, los “facts” de la cientificidad subordinada al mercado, sino y sobre todo por el peligro que entrañaba descalificar los pocos espacios de libertad que se preservaban, aún en esa sociedad férreamente administrada – dejaban constancia del propósito de la Dialéctica de la Ilustración: “Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie”.[1]

Es preciso comprender la difícil situación en que se encontraban los autores y sus colaboradores reducidos al parco espacio abierto a la reflexión crítica bajo coordenadas de una sociedad en guerra de supervivencia con el principal enemigo de la Ilustración, el Liberalismo y la Democracia: el fascismo hitleriano. Sin hablar del totalitarismo soviético, incómodo e indispensable aliado de circunstancia. A pesar de lo cual y aún bajo la presión de los dictados del mecenazgo académico norteamericano, reivindican hasta sus últimas consecuencias su compromiso con la filosofía como máxima expresión de la verdad: “en cuanto crítica de la filosofía no quiere renunciar a la filosofía”.

Entendámonos: en la tradición intelectual de Occidente la filosofía, así se haya reducido a mercancía intelectual, continuaba y continúa manteniendo su compromiso originario como reducto último de la conciencia: “amor al saber”, vale decir: a la verdad. Nunca mejor expresado el compromiso de la inteligencia acorralada en medio de circunstancias más dramáticas, que en el propósito gnoseológico de Adorno y Horkheimer: “Lo que los férreos fascistas hipócritamente elogian y los dóciles expertos en humanidad ingenuamente practican, la incesante autodestrucción de la Ilustración, obliga al pensamiento a prohibirse incluso la más mínima ingenuidad respecto a los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo. Si la opinión pública ha alcanzado un estadio en que inevitablemente el pensamiento degenera en mercancía y el lenguaje en elogio de la misma, el intento de identificar semejante depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas e ideológicas vigentes, antes de que sus consecuencias históricas universales lo hagan del todo imposible.”[2]

Un compromiso en permanente reformulación, dada la dialéctica inevitablemente destructora de la relación de la verdad con el Poder: “a las tendencias en oposición a  la ciencia oficial (…) les sucede lo que siempre sucedió al pensamiento triunfante: en cuanto abandona voluntariamente su elemento crítico y se convierte en mero instrumento al servicio de lo existente, contribuye sin querer a transformar lo positivo que había hecho suyo en algo negativo y destructor…Las metamorfosis de la crítica en afirmación afectan también al contenido teórico: su verdad se volatiliza.”[3]

No se trata, por cierto, de un asunto estrictamente académico, sino crucialmente político. Y tal como lo hemos venido observando a lo largo de toda la historia de la modernidad venezolana y se ha exponenciado hasta el descaro desde la debacle de la frágil y nunca plenamente establecida ilustración venezolana y la brutal imposición de la barbarie, guardando las debidas distancias de desarrollo económico, social y sobre todo intelectual entre la sociedad analizada por Adorno y Horkheimer y la nuestra, en nuestro caso podemos verificar las mismas tendencias hacia “la autodestrucción de la Ilustración”. La relación entre barbarie ideológica y barbarie política es directa y sin atenuantes. Al constatar las ambiciones del sistema educativo bajo las coordenadas del fascismo, se verifica la entrega del sujeto a la charlatanería y la superstición: “Así como la prohibición ha abierto siempre el camino al producto más nocivo, del mismo modo la censura de la imaginación teórica abre camino a la locura política. Aún en el caso de que no hayan caído todavía en su poder, los hombres son privados mediante los mecanismos de censura, externos o introyectados en su interior, de los medios necesarios para resistir.”

Pues de lo que se trata como herencia irrenunciable de la imaginación y del pensamiento ilustrado es de negarse al acatamiento de las fuerzas de la barbarie y, aún en el estrecho margen en que sobreviven los restos y espacios de libertad, asumir la última frontera: la resistencia.

Resistir: es un llamado imperativo a la inteligencia y una conminación a los intelectuales, en todo lugar y en toda circunstancia, particularmente bajo el reinado de la barbarie. Vista la influencia que pueden ejercer sobre ciertos actores políticos, consumidos por el pragmatismo y, no pocas veces, por una animadversión insuperable frente al pensamiento y la intelectualidad, como ha sido el caso de nuestra clase política desde los albores de la República. Sobre todo a aquellos que, incapaces de comprender y asumir la inmensa gravedad del mal que nos afecta se muestran proclives a transar con el poder, en la creencia de que la profundidad alcanzada por la barbarie puede ser fácilmente revertida con cambios cosméticos o, aún peor, ser asumidos finalmente como un dato estructural e inevitable de nuestra idiosincrasia. La victoria final de la locura política como un dato irreparable de un país que nació, se desarrolló y alcanzó su mayoría de edad signado por la barbarie.

Ya en medio de la guerra contra el fascismo, destacaban Adorno y Horkheimer un fenómeno trágico del que todos, cual más cual menos, hemos sido observadores en la Venezuela post democrática, que sólo el oportunismo más rampante y una criminal inconsciencia pueden banalizar: “En la enigmática disposición de las masas técnicamente educadas en el hechizo de cualquier despotismo, en su afinidad autodestructora con la paranoia populista: en todo este incomprendido absurdo se revela la debilidad de la comprensión teórica actual.”

Cuando veinticinco años después de escritas estas palabras, en 1969, ambos autores dieran finalmente el plácet a la reedición por Fischer Verlag en Frankfurt am Main de una de las obras más esperadas por los sectores progresistas de la Alemania post fascista, el horror del nacionalsocialismo había llegado a su fin, si bien la humanidad se encontraba atenazada  por la Guerra Fría. Uno de los temores manifestados sobre todo por Max Horkheimer de inspirar con sus palabras y la rigurosa expresión de su filosofía negativa de la historia, una herencia benjaminiana, [4]la revuelta y la negatividad absoluta se había hecho carne en el movimiento estudiantil y la apología de la revolución mundial. Y el pesimismo y la desesperanza seguían vigentes en el trasfondo de su pensamiento: ”Pero no todo cuanto se dice en el libro seguimos manteniéndolo inalterable. Eso no sería compatible con una teoría que atribuye a la verdad un momento temporal, en lugar de contraponerla, como algo invariable, al movimiento de la historia…Por lo demás, ya entonces (1944) valoramos sin excesiva ingenuidad la transición al mundo administrado.”[5]

En medio de la barbarie que hoy sufrimos en Venezuela, de cuyo desenlace poco cabe aventurar; del mundo administrado, que se ha impuesto en Oriente y en Occidente; de la regresión de nuestra región a trasnochadas aspiraciones del utopismo castrista y de la terrible amenaza del yihadismo islámico, que pretende arrasar con los restos que aún van quedando del mundo ilustrado, la relectura de la Dialéctica de la Ilustración contribuye a mantener viva la llama de la resistencia.

Es nuestra última esperanza.

[1] Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, 1994, pág. 51 y siguientes.

[2] Ibídem, pág. 52.

[3] Ibídem.

[4] Walter Benjamin, Sobre el concepto de la historia, 1940. Obras Completas, Libro I, Vol.2. ABADA Editores, Madrid, 2008.

[5] Op.Cit, Pág. 49.

AQUEL NEFANDO 11 DE SEPTIEMBRE DE HACE CUARENTA Y UN AÑOS

La hipocresía es mala consejera. En Chile se enmascara tras una sonrisa congelada. Los culpables siempre, desde tiempos inmemoriales, han sido los otros.

“Yo no hablo de venganzas ni perdones: el olvido es la única venganza y el único perdón.”

Borges

Nada más poderoso que el olvido. Contra el que ningún esfuerzo recordatorio sirve de mucho. Bien vistas las cosas, no son ni la memoria ni el recuerdo la clave del avance de la historia: es el omnímodo, el turbulento, el atronador poder del olvido.  Que le ha permitido a la humanidad dar vuelta sus páginas más ominosas, ilusionar a cada generación con el consuelo del adanismo, hacer como que la historia comienza con cada recién nacido y arrinconar, de ese pasado ensangrentado y colmado de horrores, las pocas perlas de lucidez y el escaso diamante de sabiduría que, a pesar de los pesares, nos rescatan lo más valioso de este doloroso tránsito por guerras y revueltas, genocidios y desmanes que nos han traído, con sus resacas y naufragios, a estas desangeladas costas del presente. Como para seguir caminando erguidos. Lastra, ante ese ser humano cicatrizado por los horrores de la historia, el título de uno de los más bellos y estremecedores libros de memorias escritos por una víctima de Auschwitz, el judío piamontés Primo Levy: “Si esto es un hombre”. Lot, huyendo de Sodoma y Gomorra, prefirió cuatro mil años antes mirar al futuro.

La política suele ser esa prolija labor de buhonería que lleva a los ambiciosos a expurgar entre los desperdicios para escribir sus propias historias. Una suerte de maniqueísmo que extiende certificados de buena conducta y condenas inmisericordes para desviar las turbias aguas del pasado a sus inmaculados molinos. Recuerdo a Primo Levy mientras leo a GüntherGrass, quien en una memorable disertación en memoria del 8 de mayo de 1945, día de la capitulación de los ejércitos alemanes, escribiera: “Para hacerles comprender a los muchachos que hoy tienen diecisiete años el grado de servidumbre al que estuvo sometida mi generación, incluso más allá del 8 de mayo, diré que hubo que esperar hasta la confesión ante el tribunal de Nuremberg de nuestro antiguo responsable de asuntos de la juventud para que la pregunta “¿Es posible que semejantes crímenes sean obra de alemanes?” hallase una respuesta, que al mismo tiempo era una acusación en toda regla y que nos liberó de la compulsiva disposición a obedecer y abrió las puertas a una verdadera conmoción. La respuesta fue: “Sí, lo son”.

Pero hay algo peor que el olvido: es la carencia de coraje para asumir las acciones que emprendimos para permitir el futuro que tenemos, así fuera al precio de volver a revivir el trauma originario: la maldición cainita. De allí que peor que el olvido sea el falso arrepentimiento, ese compuesto acomodaticio de oportunismo, ambición y mezquindad que lleva a los hombres a renegar de su pasado o intentar acomodarlo a las necesidades de poder del presente.

Bien por lo alemanes que debieron y supieron asumir sus culpas: nadie asesina a seis millones de seres humanos para sacudirse las cenizas de las manos y sentarse a escuchar la Pasión Según San Mateo en la catedral de Frankfurt, como si el asunto no fuera con ellos. Mal, muy mal por los rusos, que cerraron el negocio de 70 años de horror totalitario como si el Muro se hubiera caído por su propio peso.

De la cruel fantasmagoría hitleriana no quedan rastros. Duró 13 años y fue erradicada como la mala hierva, para ejemplo de la humanidad. El pueblo judío tuvo a buen recaudo mantener viva la llama de la memoria. Pero el estalinismo soviético sobrevive en dos tiranías ejemplarizantes: Cuba y Corea del Norte. Y para vergüenza de la memoria, continúan ejerciendo la fascinación de la crueldad, la idiotía del delirio utópico y el atractivo de la auto mutilación. ¿Cuántos comunistas militan por el mundo con miradas angelicales, como si las hambrunas, persecuciones y mortandades provocadas consciente y sistemáticamente por el comunismo no hubieran existido jamás?

Si hay quien lo dude, que pregunte por Fidel Castro, así se oculte tras la guitarra de Silvio Rodríguez. Resulta insólito y asombroso que la tiranía cubana, tras 55 años de derrotas y fracasos, de vergüenzas, cárcel, fusilamientos, asesinatos y destierros, sobreviva sin una gota de autocrítica, sin un adarme de arrepentimiento, sin ver menguada la soberbia y el desplante homéricos del anciano anclado en sus odios y sus rencores como si se tratara del despojo de un Prometeo caribeño. Montado sobre la proa de su balsa de piedra, anclada en su mar de la felicidad.

Y aún peor: asombra que naciones que se preciaran de saber defender sus tradiciones libertarias, por las que entregaran la sangre de sus pueblos y la inteligencia de sus élites, puedan manipular el espantajo del castrismo como si se tratara de una obra de Miguel Ángel o de una pintura de Leonardo. Que en Venezuela, país que puede preciarse de haber encaminado a América del Sur al reino de su libertad, gobierne un espantajo de dudosos orígenes puesto a cargo de la satrapía por una tiranía que no participó de las luchas independentistas, ni sacrificó uno solo de sus hombres por la libertad de nuestros países, es como para no dar crédito a lo que vivimos. Pues si alguien todavía lo duda, es bueno saber que en Venezuela no gobiernan los venezolanos.

Y aún peor: que esta satrapía sirva de plataforma al expansionismo del castrismo cubano por toda la región, en andas del Foro de Sao Paulo y el concurso de los gobiernos de Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Uruguay, la apatía de los restantes países de la región y la activa complicidad de las máximas autoridades de las organizaciones multinacionales encargadas de velar por nuestras democracias, da pie a pensar que un grave mal se ha enseñoreado de las Américas: el mal de la estupidez. Ilimitada y en expansión, como el universo, al saber de Albert Einstein. Y al de Antonio Gramsci: “Sólo tú estupidez eres eterna”.  Lo dice todo.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Borges

Pronto habrán transcurrido cuarenta y un años desde el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. Y tras caravanas de la muerte y una mordaza cuartelera de 17 años, de la más chilena y rancia estirpe, otros veinte de diplomática convivencia de izquierdas y derechas en que los chilenos jugaron a ser europeos y los últimos cuatro, de madurez plena como para que gobierne su derecha, en solitario – que absoluto derecho tiene -, vuelven a oírse los ecos lejanos de trompetas y atabales de la Unidad Popular. Y se reinicia la andanada de acusaciones de parte y parte. Con muy escasas mea culpas.

No deja de avergonzar que el pandero de este revival lo toque la izquierda. Y que a la derecha se la vea como acorralada en su mala conciencia.  Nada de lo cual sucedió en España, en plena transición, por consenso de republicanos y monárquicos. Ni en la Alemania post hitleriana, por imposición de las tropas de los aliados. A Franco se lo dejó dormir en paz y a Hitler se le hurgaron las gusaneras, para escarmiento del horror.

Pero en Chile pareciera que izquierdas y derechas decidieron hacer como que el asunto no fue con ellos. Cuando lo lógico y natural, lo adulto, lo digno de naciones con pantalones largos, sería haber acordado un catálogo consensuado de verdades, sólidas y monumentales como una catedral. Que permitirían compartir la carga de una tragedia a la que todos, cual más, cual menos, contribuyeron con tenaz prolijidad. Así el precio máximo a pagar por ese consenso necesario sea reconocer que nuestras fuerzas armadas fueron la quijada de Caín. No Caín. Y que ante las evidencias de campos de concentración y horrores inenarrables cometidos por chilenos contra chilenos, la mayoría de ellos, la llamada civilidad que aplaudió el golpe de Estado e izó banderas la tarde misma de la ignominia, guardaran un discreto silencio.

Compartir las culpas. La izquierda, en primer lugar, que quiso imponer, con el 34% de los votos, un sistema objetivamente opuesto y contrario a las tradiciones democráticas que le permitieran a Allende – como lo reconocería el día de su proclamación – asumir el poder, así dos terceras partes del país no estuvieran de acuerdo con la aventura: el centro democratacristiano y la derecha liberal conservadora. Así el intento pretendiera travestirse de “rostro humano”: socialismo a la chilena, la cuadratura del círculo. Y dentro de la izquierda, la incapacidad en establecer mínimos consensos de gobernabilidad y comprender que el país, sólido en sus tradiciones seculares, no iba a permitir perder la brújula e irse al garete tras una absurda catástrofe anunciada.

Esa primera verdad es tan obvia, tan elemental, tan de Perogrullo, que asombra la cara de virginidad con que las damiselas del Partido Comunista hacen como si sus camaradas fueran vírgenes vestales, el estalinismo un cuento de hadas y el castrismo un paraíso real imaginario. Quisimos asaltar el poder, todos en la izquierda sin excepción ninguna, arrasar con la institucionalidad democrática, triturar y reescribir la historia y poner el país patas arriba. De Allende a Miguel Enríquez y de Carlos Altamirano a José Viera Gallo. Yo, un modesto extra de trastienda intelectual, incluido. Todo lo demás es cuento de chinos.

Del otro lado, y como lógica reacción, la ultraderecha quiso poner en marcha un brutal proceso de fascistización de la sociedad. Asesinar a quien se le pusiera por delante. Entre la verdad del MIR – pueblo, conciencia, fusil – y la de Patria y Libertad – religión, familia y propiedad – vivimos el fracaso de toda mediación, el naufragio de la sensatez ante el delirio y el surgimiento de falacias con las que comulgáramos día tras día y noche tras noche. La crisis existencial que brotó de las entrañas de un país desquiciado clamó a gritos por una solución que nadie, absolutamente nadie, tomó en serio o promovió sin mala conciencia. Eduardo Frei Montalba, el último garante de una salida consensuada, ganado para la brutalidad cuartelera, creyendo que Pinochet no sería más que la pata del gato pronto a sacar las castañas del fuego del horror.

La hipocresía es mala consejera. En Chile se enmascara tras una sonrisa congelada. Los culpables siempre, desde tiempos inmemoriales, han sido los otros.

EL FASCISMO A LA KIRCHNER

“En la política he llegado a una conclusión importante: no hay apellidos milagrosos”. Quien habla no se apellida Gutiérrez ni Chamorro: se apellida Kirchner. Un apellido milagroso. Hijo de la actual presidenta de Argentina, Cristina Kirchner y del fallecido presidente de Argentina, Néstor Kirchner. Tan milagrosos, que se enriquecieron como abogados de una empresa financiera a la sombra de la dictadura de Videla, comprando activos a precio de gallina flaca a punto de ser subastados por el banco al que servían en La Plata, acumulando una fortuna que les permitió a él, luego de ser gobernador por Santa Cruz, alcanzar la presidencia de la república argentina, al igual que su mujer, Cristina Fernández de Kirchner. Con la intención de montar una dinastía de recambios de uno a la otra que asegurara a lo menos cuatro mandatos. Quien minimiza la importancia de su apellido, a cuya sombra se ha convertido en el poder máximo de una organización juvenil neoperonista y semi oficialista, kirchneriana y de inocultable sello fascista llamada La Cámpora, administrador de la riqueza familiar, avaluada en varios millones de dólares contantes y sonantes e innumerables propiedades de distinto signo, ha hablado recientemente en su calidad de junior de la familia ante cuarenta mil seguidores de su empresa política en el estadio de un club de fútbol que, vaya coincidencia, se llama “Argentinos Juniors”.

“Hay muchas peleas que dar”, afirmo el junior. Según sus propias palabras, esas peleas tampoco es que son anónimas y se refieren a algún programa genérico, sin nombre ni apellido, vistas las elecciones presidenciales que deberán librarse en 2015. Ni tampoco es que están relacionadas con el peronismo, ese batiburrillo neo fascista en el que caben todas las tendencias y todas las direcciones, siempre y cuando anti imperialistas, nacionalistas y fieles a sus caudillos muertos: Juan Domingo, Evita y Néstor. Tienen nombre y apellido: Cristina Kirchner. El único vector de fuerzas de un movimiento absolutamente personalista y caudillesco, como todos los fascismos. De corte filocastrista y foropaulista, como todo movimiento que se precie hoy por hoy de estar en la onda del castrochavismo venezolano. Y puesto que según la constitución vigente en la Argentina, mal que le pese al clan dominante desde hace más de una década, la Sra. Kirchner no podrá postularse al haber agotado sus dos posibilidades, emerge como mágico desiderátum el último recurso de los fascismos: la democracia plebiscitaria, el poder sublime de las mayorías, la subordinación de la ley a la fuerza.  El voto mayoritario como guillotina de la Ley.

De allí la extraña figura desempolvada por el rico joven de 37 años: el desafío decisionista y voluntarioso, cumbre de todos los fascismos. Sabe que la Ley es la Ley, pero pretende encontrar un desvío al estilo de los duelos del lejano Oeste y no resolver – que ya está resuelto jurídica, constitucionalmente – el asunto por vía legal, sino a los puños: “si tan malo es el gobierno de mi madre y tan seguros están de que cuentan con el respaldo del pueblo” – ha venido a decir palabras más palabras menos – “pues permitan que compita y derrótenla en las urnas. Uds., al gobierno, nosotros a la casa. Problema resuelto.”

De esa manera tan propia de los fascismos, las legalistas quedan como cobardes y los facinerosos, como valientes. Con un solo minus de racionalidad: creer que la sociedad argentina es imbécil. Ante lo cual sólo caben dos interpretaciones: o el joven fascista – fascismo puesto de moda en América Latina desde el desafío bochornoso y criminal de un joven oficial que se pavoneó de responsabilidad asumiendo el crimen cometido un 4 de febrero de 1992, perfectamente consciente de que contaba con la anuencia del establecimiento político, jurídico y militar venezolano y no pagaría ni con un solo día de condena por sus atroces crímenes – dispara al aire con salvas de fogueo, o ha decidido prolongar la importancia del apellido y ser el próximo candidato del justicialismo. Nada extraño en un continente caudillesco y nepotista hasta la médula de los huesos: del padre a la esposa y de la esposa al hijo. Mientras, que los nietos crezcan. Ya les llegará su hora. Es el sainete de la política argentina. El sino de la región, como reconociera hace cuarenta años Carlos Rangel: el fracaso.

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LA ENCUESTA KELLER EL TERREMOTO DEL LIDERAZGO CONTINÚA

Una cosa está clara: el 12 de febrero marcó un antes y un después de los liderazgos, un antes y un después en la aceptación de la desastrosa herencia dejada por el caudillo, un antes y un después en la aprobación de la representación política opositora.

La evolución de las cifras no da lugar a dudas: un terremoto sigue estremeciendo las bases de los liderazgos políticos venezolanos. En año y medio Henrique Capriles ha caído 15 puntos, Leopoldo López ha subido 11 puntos y María Corina Machado se ha empinado otros 14 puntos. Ledezma, que no figuraba, ya alcanza los 37 puntos. Capriles, que ocupaba un holgado primer lugar desciende al tercero, López, sube del cuarto al primero, María Corina, del sexto al segundo.

A pesar, o posiblemente precisamente por estar preso, Leopoldo López no sólo se ha escapado en punta, sino que es el único líder político nacional con un saldo positivo en la balanza agrado/desagrado. Cuenta con 6 puntos a su favor. Capriles, aparentemente su gran antagonista, cuenta con un saldo negativo de 13 puntos. Mientras 54% de la población le expresa su desagrado, sólo un 41 se inclina a su favor. El saldo en rojo de María Corina Machado es, hoy por hoy, sólo del 7%, mientras el de Nicolás Maduro es de 30%. Quien por cierto sufre el mayor derrumbe: 22 puntos. Desciende del cómodo 55,8% con el que igualaba el primer lugar con su contendor inmediato, Henrique Capriles, al módico 33%, con el que supera solamente a Ramón Guillermo Aveledo, en retirada, y a Diosdado Cabello, el político más rechazado del país y a quien el rechazo triplica la aceptación: 68 a 27%. En la escala de los repudiables, sólo puede ser comparado a su conmilitón Nicolás Maduro, a quien el 63% del país no quiere ver ni en pintura, el doble de quienes no le hacen asco a sus cadenas: un 33%. Falcón, el honroso cuarto lugar de las preferencias, a dos puntos de Antonio Ledezma, ha sabido conservar incólume las preferencias que tenía hace año y medio: un sólido 39%. Si bien su saldo en negativo asciende al 12%, un punto menos que su compañero de fórmula, Henrique Capriles. En el campo enemigo, Jaua se mantiene en el cuarto lugar, pero el desplazamiento de las preferencias lo ha castigado, descendiendo 12 puntos en las preferencias ciudadanas. Baja del 52,8 a un seco 40% de popularidad. Con un saldo en rojo del 15%. El hecho más notorio y perfectamente explicable es el estrepitoso derrumbe de Nicolás Maduro, que se precipita del primero al octavo lugar, duplicando el porcentaje de rechazo el de su tímida aprobación. Tiene, para su fortuna al interior de su partido, 6 puntos de ventaja sobre el décimo de la lista, el sujeto a quien la encuesta de Keller del tercer trimestre que comentamos y acaba de salir del horno declara sin medias tintas como el político más aborrecido de la pizarra de los mandamases. Para la dupla más aborrecida del país – sin contar lo que las encuestas debieran informarnos de otros serios candidatos a tal designación, en uno y otro bando – esa caída espectacular en la cualificación de los venezolanos es mero aunque fiel reflejo de lo que ha sucedido con la valoración del gobierno que pergeñaran ambos conjuntamente con los hermanitos Castro. Según la misma encuesta Keller, proverbialmente respetada desde hace décadas en el universo político nacional, el 73% de los venezolanos, incluidos todos los colores políticos, considera que “Maduro perdió el rumbo”. El 80% da por hecho la necesidad de un cambio, el 56% propicia solicitarle su renuncia – de entre ellos, el 92% de los opositores más rudos y el 72% de los opositores moderados – y sólo un 37% se muestra dispuesto a seguir calándoselo.

Estamos ante el clásico caso de la dilapidación de la herencia por parte de un heredero tarambana: a pesar de los inmensos pesares, la imagen de Chávez continúa contando con un 62% de simpatías; Maduro baja en el mismo período del 53 al 33% del agrado. Va, dicho en el más coloquial de los lenguajes, francamente palo abajo. Son expresiones de notables transformaciones en el sentir popular que muy difícilmente podrán ser respondidas favorablemente por quienes comienzan a perder el respaldo popular. No quisiéramos imaginar las respuesta imaginables a preguntas sobre el grado de aceptación de otros líderes opositores, la credibilidad del CNE, el respaldo a la MUD, la decisión a participar en el próximo proceso electoral, las opiniones sobre abastecimiento, inflación, seguridad, sanidad pública y las expectativas a mediano plazo de quienes ven con horror la devastación que pica y se extiende. Una cosa está clara: el 12 de febrero marcó un antes y un después de los liderazgos, un antes y un después en la aceptación de la desastrosa herencia dejada por el caudillo, un antes y un después en la aprobación de la representación política opositora. El barco ha cambiado el rumbo. Ya no se dirige adonde iba. Tampoco sabemos aún hacia dónde se dirige. Ni quien asumirá el timón. Comienzan a hacer mutis los viejos responsables. De los nuevos, salvo la escapada ominosa de algún bucanero, todo está abierto. Así son las cosas. C.R.B.V: Artículo 57. Toda persona tiene derecho a expresar libremente sus pensamientos, sus ideas u opiniones de viva voz, por escrito o mediante cualquier otra forma de expresión, y de hacer uso para ello de cualquier medio de comunicación y difusión, sin que pueda establecer censura. Quien haga uso de este derecho asume plena responsabilidad por todo lo expresado. No se permite el anonimato, ni la propaganda de guerra, ni los mensajes discriminatorios, ni los que promuevan la intolerancia religiosa. Se prohíbe la censura a los funcionarios públicos o funcionarias públicas para dar cuenta de los asuntos bajo sus responsabilidades. . Mensajes enviados bajo la protección del Artículo 19 de la Declaración de los Derechos Humanos, el cual estipula: Artículo 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948 en París – Francia. Si vas a reenviar, por favor, borra el nombre del remitente, y pon en Copia Oculta el nombre de los destinatarios.

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¿POR QUÉ?

Hamlet, príncipe de Dinamarca, se hizo las grandes preguntas existenciales del hombre público, con el cráneo de un despojo en sus manos. Sólo tuvo una respuesta, que es la única gran respuesta de un gran político a la gran pregunta que unos ven con horror y otros intentan ocultar debajo de sus faldones: Ser o no Ser. He allí el problema.

En un inquietante artículo, Luis García Mora se preguntaba por las razones de la ausencia de preguntas y la escandalosa falta de respuestas de la oposición electoralista – ¿de qué otro modo calificarla? – constituida principal pero no exclusivamente por las dirigencias de Acción Democrática y Primero Justicia y toda su parafernalia electorera encabezada por el gobernador de Miranda Henrique Capriles y su equipo de asesores, ante preguntas de cuya obviedad no cabe más que darse de cabezazos: ¿quién está detrás de todo lo que está sucediendo desde las alturas de un encriptado, microscópico y exclusivísimo grupo de personajes que tienen la sartén por el mango, puesto al fuego por el eximio cocinero Fidel Castro, el mismo que le preparaba al amanecer sabrosas tortillas de patatas a su amigo Gabriel García Márquez?

Las preguntas de Luis García Mora lindan en la literatura negra; el caso de la política venezolana en una novela de enigmas. No es El Código Da Vinci: es el Código Hugo Chávez. A ser resumido en dos o tres incógnitas: Hugo Chávez se muere en Cuba, lo que de él queda es refrigerado durante meses manteniendo en silencio el suceso, para sacarlo del depósito mortuorio y usarlo en un momento necesario para los planes de la cripta habanera y sus dos o tres agentes supuestamente venezolanos de mayor confianza – encabezados por Nicolás Maduro – con el propósito de asegurar la sobrevivencia del régimen – cualquier él sea – y terminar por destruir lo que fue Venezuela y al parecer no volverá a ser nunca jamás.

Allí comienzan las interrogantes del periodista García Mora: ¿por qué la oposición de la ex MUD encabezada por su ex directivo Ramón Guillermo Aveledo y apuntalada por Henry Ramos Allup, Julio Borges y Henrique Capriles no formularon y seguramente ni siquiera se formularon a sí mismos la pregunta de las cien mil lochas: ¿por qué esta farsa digna de Tarantino?

La pregunta encapsula la gran pregunta que nos abruma a los treinta millones de venezolanos, pero que debiera constituir el meollo de la reflexión y el actuar, la teoría y la práctica de la llamada oposición de cualquier signo: ¿Quién manda en Venezuela? ¿Cuál es su proyecto estratégico y en que fase de su desarrollo se encuentra? ¿Es un mal gobierno, como insisten en proponer los sectores arriba mencionados, tal como acaba de ser reafirmado por Henrique Capriles en una entrevista al periódico madrileño El País y en la que sostiene que elecciones o nada? Con lo cual, se inclina implícita pero documentadamente por la nada. ¿O Venezuela ya dejó de serlo para convertirse en una satrapía de la nomenklatura cubana, como afirman los que sí parecen reflexionar y mantener orden en sus pensamientos, así – según García Mora – se hayan precipitado con una acción irreflexiva y desordenada el 12 de febrero pasado?

De lo cual se deduce que la oposición electorera no sabe o no quiere saber qué es lo que realmente sucede en Venezuela, con lo cual se ha convertido en un peso muerto – o vivo, pero sólo para sus inconfesables intereses – para los fines de las adecuadas respuestas históricas a los siniestros propósitos de la tiranía cubana y sus esbirros venezolanos o semi venezolanos. Mientras que la que sí lo sabe y quisiera arrancarla del marasmo terminal en que se encuentra se halla en una fase aún germinal y, por lo mismo, todavía insuficientemente preparada para responder a la gran pregunta con grandes respuestas.

Hamlet, príncipe de Dinamarca, se hizo las grandes preguntas existenciales del hombre público, con el cráneo de un despojo en sus manos. Sólo tuvo una respuesta, que es la única gran respuesta de un gran político a la gran pregunta que unos ven con horror y otros intentan ocultar debajo de sus faldones: Ser o no Ser. He allí el problema.

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