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Miércoles 17 de Julio del 2019

Fue Cuba

Publicado en:

El Cato  | 

Autor(a): Carlos Alberto Montaner  |

Fecha: 06/11/2014

 

Juan Bautista Yofre ha publicado otro importantísimo libro: Fue Cuba. "Tata" Yofre es un notable periodista argentino que dirigió la inteligencia de su país en tiempos de Carlos Menem. De esa experiencia le quedaron su pasión por la información exacta y algunos contactos muy valiosos.

Yofre tuvo acceso nada menos que a 11.000 documentos de la inteligencia checa que detallan minuciosamente la intervención clandestina de Cuba en los asuntos internos de medio planeta, y muy especialmente, en América Latina.

A ese espasmo imperial cubano se le llamó “Operación Manuel”. Los servicios checos, muy controlados por la Unión Soviética, fueron escogidos por Moscú y por el KGB para coordinar con La Habana los esfuerzos subversivos. Los soviéticos querían borrar sus propias huellas.

¿Qué hizo el castrismo en Argentina? Algo terrible: en los primeros años de la década de los sesenta contribuyó a descarrilar la débil instauración de la democracia civil en tiempos de José María Guido y Arturo Illia. Entonces pasaron por La Habana, en busca de ayuda y pertrechos, decenas de argentinos violentos, desde Mario Roberto Santucho hasta John William Cooke.

Cuba inspiró, adiestró, armó y lanzó un movimiento guerrillero contra una Argentina que, bajo la dirección de un médico honrado, Arturo Illia, luchaba por estabilizar la nación, enterrar el militarismo y colocar de nuevo al país bajo la autoridad de la ley. Fueron a luchar contra la democracia.

En esa época, el periodista Jorge Massetti, encandilado por la experiencia cubana —vivía en La Habana y dirigió Prensa Latina— se infiltró en Salta, al noroeste de Argentina, al frente de un grupo armado, al que llamaron “Ejército guerrillero del pueblo”, para recrear en su país de origen la experiencia castrista y erigir una dictadura comunista.

Massetti eligió el pseudónimo “Comandante Segundo”. El "primero" era su amigo Ernesto Che Guevara, quien se hubiera incorporado a la lucha, a la cabeza del grupo, tan pronto se consolidara un frente guerrillero. Pero no pudo ser. El ejército liquidó rápidamente aquella delirante aventura. El cadáver de Massetti jamás apareció.

En toda América Latina sucedió lo mismo. En Uruguay, la Suiza de América —como ha documentado convincentemente el expresidente Julio María Sanguinetti— la izquierda castrista, encabezada por los tupamaros, comenzó a robar armerías y bancos, y secuestró, asesinó y asaltó cuarteles, provocando la reacción violenta y, a veces, criminal, de los militares.

El actual candidato a vicepresidente por el Frente Amplio, Raúl Sendic, nacido en 1962, acabó estudiando en Cuba del 80 al 84 (lo que acaso lo vacunó contra ese disparate) porque su padre, de igual nombre, fue la cabeza, el corazón y la primera pistola de aquella lamentable banda terrorista que tanto daño le causó al país, aunque hoy intenten reescribir esa trágica historia.

¿Por qué Cuba tuvo tanta influencia? En esencia, por la personalidad mesiánica de Fidel Castro, quien, por desproporcionado y loco que fuese el proyecto, se decidió a conquistar el planeta y poner de rodillas al odiado vecino estadounidense, como advirtiera en una carta escrita en el verano de 1958 a su amante y confidente Celia Sánchez: “Cuando esta guerra se acabe —escribió—, empezará para mi una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ése va a ser mi destino verdadero”.

Y así fue. A partir de la derrota de Batista, Castro convirtió a Cuba en una gran base revolucionaria dedicada a la acción armada internacional. Como me dijo un excomandante sandinista: “más que un país, Cuba era un nido de ametralladoras en movimiento”.

“Hacer la revolución” en cualquier parte era el leitmotiv de Fidel Castro, su pasión más íntima y persistente. Para ello buscó la protección de la Unión Soviética, suscribió el modelo represivo estalinista y el no menos letal colectivismo marxista-leninista, se alió a todos los movimientos de liberación preexistentes, como el argelino, o contribuyó a crearlos en cualquier parte, como el ELN colombiano, ofreciendo armas, adiestramiento, dinero, y una metodología basada en la experiencia cubana, a la que llamó “foquismo”.

¿Por qué esa locura? Porque Fidel Castro, que creció en olor de tiroteos y gangsterismo, en su juventud, en 1947, durante la frustrada expedición contra el dictador dominicano Trujillo, montada en Cuba con la colaboración de la “Legión del Caribe”, y luego en el bogotazo de 1948, había adquirido “el síndrome del condottiero”, ese marcador trallazo de adrenalina que dan las aventuras militares y la posibilidad de realizar hazañas que te claven para siempre en la historia y en la atemorizada memoria de los hombres.

No en balde, por aquellos años tumultuosos, prediciendo su destino fulgurante, se cambió su segundo nombre. Se llamaba Fidel Hipólito y se puso Fidel Alejandro. Su destino era conquistar el mundo. Su caballo de batalla no se llamó Bucéfalo. Se llamó Cuba. Fue Cuba.

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