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Jueves 22 de Agosto del 2019

Gurdjieff o la ‘paz’ entre el hombre dormido y el despierto

Autor(a): Pedro Aja Castaño  | 

Fecha: 01/02/2016

Exclusivo para FCPPC
 

George Ivánovich Gurdieff - Foto: awaken.com

En cada época de la historia el ‘Círculo de la Humanidad Consciente’ que algunos le dan el nombre de ‘Cielo’ y otros parecidos, trata de hacer llegar un ‘mensaje’ para sus hermanos menos evolucionados para que ‘despierten’ utilizando el lenguaje, los métodos, la experiencia de cada cultura y PRESENTA PRUEBAS DE ESE MENSAJE, algunas dramáticas, otras sutiles que, si caen en la ‘tierra buena’ fructifican. En nuestro tiempo tal mensaje vino encarnado bajo la simbología de las máquinas.

Entre las dos guerras mundiales se dieron ‘señales’ de esa condición especial del ser humano que ha tenido diferentes nombres a través de la historia y que es el origen de todas sus desgracias. He aquí el diálogo de un ser especial:

Gurdjieff: Toda la gente que usted ve, toda la gente que usted conoce, toda la gente que aún puede llegar a conocer, todas, todas son máquinas, verdaderas máquinas que trabajan sólo movidas por influencias externas, como usted mismo muy bien lo dice. Máquinas nacen, máquinas mueren. Por lo que Antes de hablar sobre psicología debemos poner en claro a quién se refiere y a quién no se refiere. La psicología se refiere a la gente, a los hombres, a los seres humanos. ¿Qué psicología puede haber en relación a las máquinas? (Recalcó la palabra “psicología”) Para el estudio de las máquinas hace falta la mecánica, no la psicología. Por eso es que comenzaremos con la mecánica. Aún distamos mucho de la psicología.

Participante: ¿Puede uno dejar de ser máquina?

Gurdjieff: ¡Ah! Esa es justamente la cuestión. Si me hubiese usted hecho este tipo de pregunta más a menudo podríamos haber llegado a alguna parte en nuestras conversaciones. Sí; es posible dejar de ser una máquina, pero para eso es indispensable, ante todo, conocer la máquina. Una máquina, una verdadera máquina, no se conoce a sí misma, y mal puede conocerse. Cuando una máquina se conoce a sí misma ya deja de ser máquina; al menos, no es la misma máquina que era antes. Comienza a ser responsable de sus actos.

Participante: ¿Quiere Ud. decir que el hombre no es responsable de sus actos?

Gurdjieff: Un hombre (énfasis en esta palabra) sí, es responsable. Una máquina no lo es. (Jesús dijo cuando lo estaban crucificando: “Perdónalos porque no saben lo que hacen.” Agrego yo: Son máquinas.) El hombre es una máquina. Todos sus hechos, todas sus acciones, todas sus palabras, sus pensamientos, sentimientos, convicciones, opiniones y hábitos, todo es el resultado de influencias externas, de impresiones que le llegan de afuera. Por sí mismo, de sí mismo, un hombre no puede producir un solo pensamiento, una sola acción. Todo cuanto dice, hace, piensa, siente, todo eso sucede. El hombre no puede descubrir nada nuevo, no puede inventar nada. Todo sucede. El hombre nace, vive, muere, construye casas, escribe libros, no como él quiere hacerlo, sino como buenamente sucede. Todo sucede. El hombre no ama, no odia, no desea. Todo esto sucede en el hombre sin que el hombre se dé cuenta de ello. Pero nadie querrá creerle si usted dice que nadie puede hacer nada. Esto es lo más ofensivo y lo más desagradable que se le puede decir a una persona. Y es particularmente ofensivo y desagradable porque es la verdad. Nadie quiere saber la verdad. (Cuando Jesús dijo que la verdad nos haría libres, agrego yo: “Para dejar de ser máquinas y convertirnos en hombres.”)

George Ivánovich Gurdieff fue un maestro místico, escritor y compositor armenio, quien se autodenominaba como un simple Maestro de Danzas. Vino a exponer la condición del hombre ‘dormido’ o ‘mecánico’ cuya naturaleza sicológica de ‘identidad’ con algo, interno o externo, le impide ver otra realidad que lo golpea sin que él despierte. Un ejemplo dramático es el de aquel que, bajo hipnosis, (hypnos = sueño), es decir, bajo el influjo de una ‘creencia’ implantada en su subconsciente, puede caminar sobre el fuego sin quemarse. Jesús, bastante radical, expuso esa condición en el Evangelio cuando dijo: “Deja que los ‘muertos’ entierren a los muertos.”Generalmente nos ‘identificamos’ con nuestros pensamientos que producen emociones. Pero si digo: “Yo no soy ese pensamiento que produce esa emoción de rabia,” quizá pueda ocurrir algo. ¿Qué pasaría?

Yo puedo demostrar que estoy ‘mecánicamente’ despierto en el plano físico porque camino, hablo, como, etc. Por el contrario, los otros pueden comprobar que estoy dormido; yo no puedo hacerlo, a no ser que me vuelva consciente dentro del sueño; pero esa es una comprobación para mí mismo. Ahora bien, lo más dramático es que la condición de ‘dormido’ se da en la vigilia en el plano sicológico, emocional, intelectual, espiritual y ese ‘estado de dormido’ no es perceptible para los demás ni para uno mismo, por lo que hay que ‘demostrarle’ al que está ‘dormido’ su condición, con hechos concretos, comunes o extraordinarios. Un maestro que domina esa diferencia puede hacerlo de muchas maneras. Lo mismo ocurre en el plano social. Pero ganarle esa ‘guerra’ a los dormidos es más difícil que ganar una guerra física. Esa es la verdadera guerra y la más difícil que libran ‘despiertos’ y ‘dormidos.’ Porque no se puede recurrir a la ‘violencia dormida’, sino a la verdadera conciencia, no a la mecánica. El verdadero hombre consciente hace lo que parecen ‘milagros.’

¿Cómo se despierta? Hay muchas manera de darse cuenta que estamos ‘dormidos’, ‘mecanizados’, o ‘muertos.’ Si estoy ‘dormido’, me despierta quien está ‘despierto’. A veces, de chiripa, el ‘darse cuenta’ ocurre cuando ‘nos pillamos’ haciendo, diciendo, pensando algo de lo que no debería ser y decidimos cambiar; porque es un ‘darse cuenta’ como una revelación que genera una energía especial, nueva, que nos impulsa. Creo que todos tenemos en mayor o menor grado esa capacidad y se hace de una manera suave y privada o pública y dramática. El problema surge cuando a la condición ‘dormida’ de millones de individuos se le suma una desgracia social llamada guerra, pandemia de adicciones, corrupción, etc. Y, en el plano individual, el reto está en ‘despertar’ hasta el punto de creer que es posible lograr un cambio fundamental y radical en la persona.

Álvaro Gómez Hurtado hablaba de ‘ponernos de acuerdo en lo fundamental’ quizá, porque entiendo que él pertenecía a uno de esos grupos de Gurdjieff. Y lo fundamental es ‘darnos cuenta’ de que nos matamos como ‘máquinas biológicas’ sin poder hacer nada para detener esa compulsión de matar, por cosas baladíes o ‘serias.’ Por eso no entendemos eso de ‘no matar’; porque lo ‘entendemos’ de acuerdo con la ley, la moral, la supervivencia, pero no desde la CONCIENCIA DESPIERTA DEL DIOS QUE NO ES MÁQUINA.

El problema de estar ‘dormido’ es que esa condición se da como ‘normal’, algo que se deriva de ‘norma’, es decir, que todos hacen porque siguen a alguien o algo (una ideología) de manera mecánica, a la misma velocidad, confiados; hoy en día eso que se sigue se llama ‘sistema,’ costumbre, clase social, interés político, etc. Cuando el sistema falla, como sea que se llame, todos sufren y no saben por qué. Por lo que tiene que venir alguien de ‘afuera’, ‘despierto’, de ‘otro nivel de realidad especializada’ para arreglar el sistema o para escapar de él, pues no hay otra opción.

Un ejemplo de estar ‘dormido.’ La persona cree vivir en una realidad que en verdad ha desaparecido. Hay ejemplos risibles cuando a alguien se le llama ‘joven’ a los 20 y 70 años por los amigos de generación y se creen esa ‘verdad’; cuando el ‘matrimonio’, por ejemplo, recibe varios calificativos quedándose uno sin saber cuál es la verdad, pues lo tenemos o asumimos, como sacramento, contrato, institución, arreglo; por conveniencia, de hecho, morganático, homosexual, grupal; todos reclaman su derecho y creen que el derecho cambia la realidad mecánica. O cuando no nos damos cuenta que a los 20 las chicas nos ven los abdominales; y que a los 40 nos siguen viendo la barriga en forma de chequera y empezamos a pasar vergüenzas, creyéndonos de 20. O cuando la impunidad deja de serlo porque se vuelve legal. Es decir, tenemos muchas formas de engañarnos, por consenso o sin él, eliminando el sol cerrando los ojos en un cuarto oscuro; de engañarnos debido a esa condición mecánica que nos infecta sin poder hacer nada.

Con esa sicología se sobrellevan, confrontan o asumen los sistemas que se pueden llamar: guerra, paz, comunismo, capitalismo, iglesia, ejército, justicia, familia que se conocen por sus frutos; a veces no entendemos por qué nos golpean ya que no entendemos que sus ‘realidades’ no son los nombres, sino los resultados de nuestra condición. Además, como en todo, hay falsificaciones para complicar las cosas. Así… ¿Podemos entender las diferencias entre falsos y verdaderos frutos de esos ‘sistemas’ en el plano físico, emocional, intelectual y espiritual? Por eso tenemos entonces, personas y sistemas que están, parcial o totalmente, dormidos o despiertos, mecanizados, vivos o muertos, en todas sus dimensiones.

¿Por qué se producen las guerras? Por la imposibilidad de superar decisiones o reacciones mecánicas. Si me insultan, automáticamente respondo con otro insulto, como algo natural; si me pegan, devuelvo el golpe. Por eso creemos que es una estupidez ‘poner la otra mejilla’ porque no nos damos cuenta que esa recomendación proviene del Reino de los Despiertos que controlan los impulsos mecánicos. Y a estos se les persigue por instinto porque acaban con el ‘sueño’ que le conviene a los verdaderos depredadores del hombre mecánico. Pero la verdadera pesadilla del hombre comenzará cuando se dé cuenta, tardíamente, que su condición sicológica de máquina pueda crear el computado, el robot, que lo destruya. O que el ‘robot’ se vuelva más inteligente y desprecie a su ‘hermano’ biológico. ¿No hacemos eso con los llamados ‘reinos inferiores’? Por eso los mamos hablan de la guerra de la naturaleza contra la humanidad.

Nuestro peligro actual surge cuando no tenemos conciencia de lo mecánico de las guerras que engendra también la diplomacia mecánica, que a veces se percibe como engaño; que no lo es. Porque nuestras expectativas de paz, de no ser atacados, son también mecánicas, por lo que no hay conciencia de lo que realmente se debe hacer, ya que se depende de anhelos, deseos, que no toman en consideración muchos otros factores. Esto se ilustra con la fábula de la tortuga y el escorpión en donde vemos que lo único que uno no puede traicionar es su propia naturaleza. El escorpión mata a la tortuga que lo quiere salvar, y la tortuga no puede evitar ‘ayudar’ a quien sabe que es maligno.

El pensamiento mecánico es el que lleva a dilemas falsos: ¿Guerra o paz? ¿Qué tal ser sabio y despierto, evitar la falsa paz exterior y afrontar la verdadera guerra interior contra la mecanicidad inconsciente?

 Sobre el ’ proceso de paz’ Gurdjieff hubiera demostrado que la evolución exitosa de cualquier acuerdo real sería el resultado de una apertura interior hacia una política del ‘despertar’ consciente, no de la manipulación política, mecánica, de ganar o imponer un punto de vista, pues es la misma condición que genera las guerras, frías, calientes, de baja intensidad o ‘postconflictivas’. Un presentimiento de que eso es así se ve en columnas como las de Manuel Guzmán Henessy (Plebiscito: pensar de nuevo) que habla de “terapia restaurativa de nuestra identidad de nación; “la solución no es política, sino utópica y moral” “¿Cuál es la nación que queremos?”

Un ‘diagnóstico’ de esa condición mecánica que produce la guerra, o la justifica y prolonga por diferentes medios, es cuando se ha descrito a las Farc como autistas; también existen los autistas de la paz ; es decir, un grupo trastornado por una intensa concentración o identificación con el mundo de su ideología comunista, guerrerista y totalitaria; o su entrega incondicional a un pacifismo, mecánico, mágico; su progresiva e irrecuperable pérdida de contacto con la realidad mecánica del mundo político exterior en el que la paz o la guerra no obedecen a sentimientos de odio o altruismo conscientes, sino a intereses egoístas, mecánicos, disfrazados de muchas cosas. La realidad mecánica del hombre es esta: Un ser humano libre de su mecanicidad puede ESCOGER entre odiar o amar CONSCIENTEMENTE A SU ENEMIGO y asumir consecuencias; una máquina no puede hacerlo. Puede escoger GUERREAR CONSCIENTMENTE, sin odio, con pericia, determinación, objetivos claros, así como se boxea en un campeonato o se juega un partido en donde no se reacciona mecánicamente al dolor o la ofensa sufrida. O puede dejarse programar por el ODIO MECÁNICO DE LA LUCHA DE CLASE O EL PARTIDO POLÍTICO.

Si conscientemente vemos hoy el indeseable mundo de las guerras, este se desenvuelve en el campo de la información, no de las armas, en el que MIEMBROS de servicios secretos legales participan en connivencia con la mafia. Sin embargo, estamos totalmente seguros de que podemos distinguir entre ‘buenos’ y ‘malos’; ‘justo’ e injusto.’ Esas nociones morales no existen en el mundo de las máquinas. Ignoramos que la solución a esas condiciones no pueden producirse desde una lógica mecánica, sino de una ‘educación especial’ que nos enseñe a valorar, en profundidad las paradojas de la vida en diferentes dimensiones para verdaderamente manejar las consecuencias de nuestros actos y asumir los contragolpes de algo que creemos es el azar, pero que en realidad es ‘el destino mecánico’ de acciones inconscientes que nos alcanzan en sus efectos. En otras partes lo llaman karma. En occidente se conoce la obra de Gurdjieff y P.D. Ouspensky conocida como ‘El cuarto camino.’

Por ese motivo, si racional y honestamente analizamos los ‘raciocinios morales’ del mundo de la paz, vemos que junto con ella no se ha mencionado un día, ni por el más perspicaz analista de CUÁNTAS VIDAS SE VAN A SALVAR, porque a las máquinas no les importan las otras máquinas, sino cuánto va a crecer el PIB; o por qué al hablar de la paz, no se percibe que se hace con los métodos engañosos de las operaciones sicológicas de la guerra, por lo que la paz termina pareciéndose más a otra guerra, llamada postconflicto. Por ese motivo los calculistas mecánicos de los beneficios de la paz no tuvieron en cuenta la caída de los precios del petróleo, ni la trepada del dólar, cosa que SÍ VIERON LOS MAMOS DE LA SIERRA que operan bajo otra lógica; o por qué al Papa se le ocurrió ir a Quibdó. ¿Qué ‘lógica’ hay detrás de ese viaje? Romper la percepción mecánica de la ‘importancia’. Por lo que la paz ahora hay que venderla en su valor intrínseco, humano, sagrado, para lo que no están preparados los publicistas.

Jesús, un hombre totalmente bueno, consciente y despierto ofreció su paz así: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” ¿Cómo da el mundo la paz? Con condiciones. La de Jesús era sin condiciones y no producía angustia, ni miedo. Tenía el poder consciente para garantizar su paz PORQUE ÉL LA PRODUCÍA TANGIBLEMENTE. SE SENTÍA EN SU PRESENCIA. Y SE SIENTE HOY. PORQUE EL ‘MAN’ ESTÁ VIVO, como dice el Padre Linero.

Las ‘máquinas’ que tiraron la bomba atómica en Hiroshima fueron más inteligentes y expusieron, como argumento moral y estadístico, que se evitaría un millón de muertos. Por eso hablo del hombre dormido y despierto que puede captar esas diferencias; o se pregunta por qué cae la manzana y descubre la ley de la gravedad, por lo que la verdad no siempre parece creíble cuando se derivan consecuencias increíbles de lo simple que puede ser: el estar dormido o despierto. Por ese motivo un hombre despierto puede decir “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” e inmediatamente el estamento político dormido, toma conciencia de la condición que pones patas arriba el concepto de ‘justicia’ humana. Es decir, debemos orientarnos por la verdadera educación fundamental y perenne que es la que puede, con mayor probabilidad, producir la paz; no garantizarla, porque siempre puede entrar a jugar el poderoso gen de la estupidez mecanizada.

Si del esquema de la paz se elimina a Dios, el Jefe de los Despiertos, desapareciendo la sacralidad de la vida, nada tendrá sentido porque la VIDA seguirá siendo un elemento estadístico, mecánico; no la revelación que nos permite llegar a ser conscientes; con la justicia que, supuestamente, la protege, la impunidad del holocausto se puede volver legal; y así, mecánicamente, la preservación de la salud un negocio y no un deber sagrado, al igual que la educación y tantos menesteres y oficios que dignifican al hombre al volverlo consciente de su esfuerzo mediante el amor consciente al trabajo. Si la sacralidad no se recupera, la oración será un envío mecánico de noticias a Dios, un comunicado sindical de los agobiados sin esperanza, no una comunicación del corazón que es la frecuencia viva que se comunica con el universo. Sin esa sacralidad la paz deja de ser aquello que, mediante la conciencia, hace posible lo hermoso humano y llevadera la inevitable tragedia de la muerte y sus aliados.

Sin la sacralidad de la vida consciente, la paz será como un coctel. Prepararlo es fácil; beberlo y saborearlo, estupendo. Pero el riesgo de emborracharnos y después deshacer los resultados, sin saber cómo ni cuánto dure esa clase de guayabo mecánico llamado postconflicto es tan improbable como saber cómo se comportarán las Farc, un grupo mecanizado, borrachos de poder pues, si eran patéticos cuando no lo tenían, ¿qué tal serán teniéndolo y siendo dueños de varias ‘destilerías’ de la inconsciencia?

Percibir y vivir la sacralidad de la vida que es el factor que la dignifica y hace humana pertenece a la esfera de lo consciente; y ese estado no tiene límites creativos. Se comienza siendo consciente del cuerpo, el yo, el alma y sus avatares (la lucha con el pecado propio y el de los otros, la escogencia entre el verdadero arrepentimiento o el cinismo como forma de vida abierta o disimulada), del Espíritu; de los otros, su amor y sufrimiento al igual que el de la naturaleza, empezando así a ganarse el derecho de entrar, conscientemente, al umbral de otros reinos de belleza y exaltación incomprensibles. Cada una de esas realidades es un proceso de concientización regido por la voluntad en el bien.

Por el contrario, al hombre mecánico pertenece el sufrimiento sin sentido, la violación de todas las leyes, mandamientos y acuerdos; el odio en el que se pierde la libertad hasta volverse naturaleza irredimible. Ese es el infierno que llevado a la política es cuando se pierde la visión de verdad, afecto, felicidad, tanto para sí como los otros; una extraña lógica que cede su poder al interés egoísta, desembocando así en una la irracionalidad afectiva que todo lo justifica en nombre de la paz, ufanándose entonces de ese ‘pensamiento’. Pero esa habilidad puede crear tanto dioses como demonios. El despierto sabe que sólo el Amor Real que viene de Dios, no puede crear monstruos; ni legales o fantásticos por lo que esa es la única verdad del Proceso de Paz. Pero con Dios ausente, solo cabe el clamor silencioso del corazón.

Los negociadores de La Habana convocan argumentos, marketing político, para atenuar una situación que no comprenden por qué se les escapa de las manos. No han comprendido que la solución definitiva depende de que cada uno de nosotros debe realizar libremente un trabajo personal conducente a originar un cambio de disposición, el que sólo puede ser verdadero, si el resultado final es un nivel más elevado de consciencia, de raciocinio, de honestidad hacia nosotros mismos y los demás; un despertar que nos conduzca a una condición en el que nos invada un sentimiento que tenga como características la tolerancia, la compasión, la cooperación, la mansedumbre, la comprensión de la naturaleza humana. Ese estado es la expresión del verdadero amor que creemos poseer. Un sentimiento que en nuestra sociedad es muy escaso.

Hay diversos caminos para llegar a ese estado. A través de él tomamos contacto con el Ser, debido a que volvemos a tener la libertad de actitud que nos permite manifestarnos sin intencionalidad. Porque hemos destruido las formas caducas, mecánicas, podemos evidenciar lo primordial y la totalidad del universo se trasluciría en nosotros, ya que el sentimiento de la propia identidad abarca al Todo y por ende la paz.

Ese camino que debemos recorrer por medio de la meditación, la oración consciente, el elevado raciocinio, el servicio y cuya trascendencia representa la más alta bendición humana, debe tomarse como lo expresó Jesús hace más de dos mil años: “con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, con toda tu mente.” De no hacerlo así, volveremos a caer dormidos en la sinrazón que cree estar despierta.

Si los negociadores de La Habana y los lectores quieren convencerse CIENTÍFICAMENTE de la diferencia entre estar ‘despierto’ o ‘dormido’ en un estado de vigilia y ver cómo sólo con la conciencia ‘despierta’ se puede hacer el bien, estudien los resultados de los experimentos de meditación para prevenir las guerras, reducir el delito y crear más gobernabilidad. Consulten la página web: LA MEDITACIÓN COLECTIVA PREVIENE LAS GUERRAS, pues si el 1% de la población mundial meditara, no habría guerras mecánicas y entonces sabríamos realmente cómo construir paz concreta y objetiva.

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