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Viernes 15 de Diciembre del 2017

JUSTO, MODERNO Y SEGURO JMS

La asunción de Francisco escondió la noticia política del momento: el lanzamiento de la reelección de Juan Manuel Santos.

 

Algunos, con razón, dirán que el agua moja y que el Presidente venía en campaña desde hacía meses y que por eso lo pusieron, en un vano esfuerzo por acercarlo a la gente, a manejar un jeep, a cargar ruana y sombrero vueltiao, a imitar los gestos de Uribe en sus giras por el país.

 

Pero Santos tiene otra crianza y se le nota a leguas la incomodidad, la impostura. Por mucho esfuerzo que hagan sus asesores de imagen, no tendrá el carisma del expresidente.

 

De hecho, Santos se ha enfocado en su reelección desde el primer día de gobierno y por eso mismo se ha equivocado como se ha equivocado.

 

Es por la reelección que en Casa de Nariño viven pendientes de encuestas y sondeos y es por la reelección ese afán de complacencia, de dejar a todos satisfechos, de no confrontar con ninguno, el deseo de no perder ni uno solo de los potenciales votos.

 

Alguien dirá que la excepción fue la pelea con Uribe y también le asistirá razón: pero es que el parricidio era parte vital de la estrategia.

 

Había que matar al progenitor para que su figura inmensa y cuasi omnipresente no hiciera sombra.

 

Pero me desvío. Decía que ahora sí, sin subterfugios, empezó la campaña.

 

En efecto, el miércoles el Presidente anunció en Pereira que "está empeñado… en dejar el Gobierno cuando Colombia pueda decir: tenemos paz".

 

Si hubiera dicho que iría hasta la firma de un acuerdo con las Farc, la duda hubiera quedado abierta. Por primera vez empiezo a creer que es posible que Gobierno y subversión alcancen un acuerdo definitivo y tiene que ser antes de noviembre. Después los tiempos no cuadran.

 

Como sea, si Santos hubiera dicho que su objetivo era lograr el fin de la confrontación armada, se podría pensar que no necesariamente aspira a la reelección.

 

Pero Gobierno y subversión han repetido que los pactos entre ambos son para finalizar el conflicto armado como "base para una paz estable y duradera".

 

Distinguen entre poner fin a la confrontación armada, primero, y conseguir la paz, después. De manera que cuando el Presidente sostiene que se irá cuando pueda decir "tenemos paz", está diciendo que quiere quedarse al menos cuatro años más.

 

Y digo al menos porque "la paz", como ellos la entienden, requerirá de décadas de esfuerzo mancomunado. ¿Será que a Santos se le están pegando las mañas de las malas compañías? Confiemos en que la cosa haya sido apenas un lapsus. El lema de la campaña fue expuesto ese mismo día, unas horas después.

 

Santos dijo que su "visión es la de una Colombia justa, moderna y segura". JMS, por las primeras letras de cada palabra. Habría que ser ingenuo para pensar que es una coincidencia.

 

En cualquier caso refleja que la "prosperidad democrática" de la primera campaña quedó a un lado porque en los tiempos que corren, con una desaceleración de la economía que empieza a propagarse como la peste desde la industria a otros sectores y una abismal incapacidad para ejecutar, será difícil vender la idea de una verdadera mejora del bienestar de todos.

 

Además, las tres palabritas encajan bien con la teoría de los estrategas electorales gringos de que en campaña se deben vender tres y nada más que tres ideas fuerza y que ellas deben ser sencillas y fáciles de recordar y repetir por cualquiera.

 

Más allá del gesto vanidoso de que las iniciales sean las mismas que las del nombre del Presidente, el lema reconoce que el deseo de dejar atrás los asuntos de seguridad, como si hubieran sido resueltos, no se cumplió.

 

Al hacerlo explícito no solo busca responder a la preocupación creciente entre los ciudadanos, sino además quiere quitarle su principal bandera al uribismo.

 

En fin, hacia adentro el anuncio presidencial también busca generar efectos. Por un lado, alinear a los parlamentarios, nerviosos como los potros antes de la carrera. Por el otro, notificar a Germán Vargas que, si quiere ser candidato, tendrá que esperar cuatro años.

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