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Sábado 22 de Septiembre del 2018

La comisión de historiadores la paz y el conflicto

Publicado en:

El Espectador  | 

Autor(a): Darío Acevedo Carmona  |

Fecha: 15/09/2014

 

Los historiadores profesionales no escriben sobre los temas del pasado para satisfacer designios o encargos políticos, como los que pretenden los negociadores de paz del conflicto colombiano.

En general este principio académico es aplicable a todas las disciplinas tanto en sus componentes pedagógicos como en los relativos a la investigación. El espíritu y el pensamiento liberal han sido medianamente consecuentes a este respecto, por ello, los avances en el conocimiento científico arrojan resultados sorprendentes, diversos y hasta contradictorios. Los académicos trabajan desde diversas perspectivas y enfoques en el análisis de sus objetos de estudio.

La escuela marxista, sustentada en el materialismo histórico, pretendió elevarse con todos sus axiomas, a la categoría de supraciencia y gran paradigma. Cualquier asunto podría ser resuelto y aclarado si se aplicaban sus preceptos. De allí, indefectiblemente, se derivaba un matrimonio indisoluble entre ciencia e ideología. Todo saber tenía su sello de clase. Esa máxima repetida sin cesar por todos los líderes marxistas devino en una religión civil para la que nada está por fuera de explicaciones totales, finalistas y para decirlo desde la crítica popperiana al historicismo marxista, que piensa los problemas de la sociedad, entre ellos los de las ciencias, aplicando un criterio fatalista según el cual el pasado determina el presente. En dicha óptica, la estructura social determina el individuo, lo somete, lo priva de autonomía y le confiere una misión a los sujetos según su condición social.

Adonde quiero llevar mi planteamiento es a mostrar que en La Habana los delegados oficiales cayeron en la trampa del pensamiento único e historicista que concibe el llamado “conflicto armado” producto de raíces históricas y causas objetivas.

Ese enfoque binario deriva en consideraciones que se incorporan al lenguaje corriente de manera espontánea en forma de dogmas. Por ejemplo, cuando los negociadores de las Farc expresan que sus víctimas deben entender que lo son no porque ellos las hayan propiciado sino porque eso es inherente al “conflicto armado” y que ellos han actuado de manera altruista y representan los intereses del pueblo, por tanto, las víctimas no son de ellos sino del “Conflicto” y por eso a La Habana van víctimas de todos los grupos victimarios. Podemos deducir que esa forma marxista de pensar conlleva a la negación de sus crímenes de guerra y de lesa humanidad.

La conformación de la comisión de historiadores sin que medie una voluntad real de paz y una declaración de cese del terror, es una de esas concesiones de la delegación gubernamental a dicha forma de pensar. Guerrilla y gobierno les demandan a sus integrantes, la elaboración de un diagnóstico del conflicto, de su origen, de sus “causas”, su desarrollo y sus perspectivas de solución. Las Farc, comunistas declaradas, lograron que los filósofos liberales Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle capitularan en esa cuestión central de dejarse llevar a una supuesta fundamentación socio-histórica del “conflicto”.

De la Calle y el crédulo Jaramillo creen que tal concesión no significa nada importante, no reconocen que entregaron la explicación de un problema a las pretensiones sociologistas y estructuralistas de las Farc, y que estas esperan de la comisión de historiadores, conformada en su mayoría por no historiadores, un “informe” que dé cuenta de las causas que justificaron su “alzamiento armado”.

Yo no sé si sus integrantes van a llegar o no a un entendimiento o si va a primar el criterio aceptado para otras situaciones históricas, de que no hay un paradigma ni un enfoque que dé cuenta de todos los aspectos del mismo, o si se van a plegar a la construcción de una justificación “académica” presentable intelectualmente sobre el “conflicto” como para lavar su degradación y criminalización con la rimbombante afirmación de que es un “conflicto social y armado”, una “guerra civil”, fruto de unas “estructuras sociales injustas” y de la “persecución e intolerancia del Frente Nacional, la oligarquía y el imperialismo”.

El diverso mundo científico y académico de las ciencias sociales y humanas no precisa de lineamientos ideológicos y políticos. Más aún, se resiste a estar al servicio de causas políticas o ideológicas. Por lo mismo, creo que en La Habana, lo que la academia sufrió fue una bofetada y no una honrosa misión.

Un académico puede y debería tener posiciones políticas pero no hasta el punto de hacer creer que por tener autoridad se gana razonabilidad en el mundo de la política. En el mundo académico se aplica una norma impasable en el sentido de que los productos se someten a consideración de pares académicas. Por eso cabe preguntarnos si esta Comisión ¿Va a admitir como pares académicos a Timochenko, a Iván Márquez, a Pablo Catatumbo o a Sergio Jaramillo, a Humberto de la Calle o a Óscar Naranjo? ¿Les van a presentar, como si ellos fuesen un jurado de reconocidos académicos, el fruto de su trabajo? Que me diga un especialista no ideologizado si un Comité Asesor de Posgrado de cualquier ciencia o disciplina social de cualquier universidad respetable someterían una tesis de grado a alguno de estos personajes para que rinda un concepto.

Hay quienes no se quieren dar cuenta que las Farc, con aquiescencia del gobierno, busca el “aggiornamiento” académico del “conflicto social y armado”, justificarlo intelectualmente y darle una aureola justiciera a “su lucha heroica”.

De modo que el problema de la tal comisión no reside, como equivocadamente acota el jurista Rodrigo Uprimny en que en su composición no hubo adecuada representación de mujeres investigadoras, o como más lejos fue la columnista Arlene Tickner al criticar la marginación de afrodescendientes e indígenas como si se refiriera a una asamblea popular, sino que nunca se debió aceptar su conformación.

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