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Lunes 11 de Diciembre del 2017

Liquiliqui para la paz

Publicado en:

El Colombiano  | 

Autor(a): Óscar Domínguez  |

Fecha: 08/10/2015

 

Humberto De la Calle - Foto: eluniversal.com.co

Aunque me volteo más que un desvelado, cuando esté en la intimidad del cubículo listo para votar en las próximas presidenciales, pensaré en un exnadaista que de niño salió como volador sin palo de Manzanares, su terruño caldense.

Salió por cuenta de alguna de las tantas formas de violencia que se dan silvestres en la parroquia. Con razón Humberto De la Calle, jefe de los negociadores criollos en La Habana, no cree en Dios. Cree en todos los dioses que nos harán el milagrito de que los hijos vuelvan a enterrar a sus padres.

No importan los kilos de más que “lo habitan”, a juzgar por lo que dejó ver la guayabera blanca de la paz que lucía en la firma del reciente acuerdo sobre justicia transicional y víctimas.

Guayabera que le quedó un tanto larga. No importa: la paz bien vale un pequeño exabrupto sartorial.

Para la firma de la paz total veo a De la Calle y a los demás usuarios de la blanca guayabera de riguroso liquiqui, el traje de luces del Caribe.

Hablaré con un amigo sastre para que les confeccione esa pinta con rebaja a los “pazólogos” habaneros, excluidos los roybarreras y otros lagartos parlamentarios que se colaron en el avión presidencial con su salario que rebasa los obscenos 26 millones de pesos mensuales.

Timochenko, irreconocible sin sus adjetivos prosopopéyicos y su lánguido camuflado, inocente como la paloma que luce el presidente Santos hasta para atravesar un cúmulos nimbus, apareció polichado por la manicurista y el peluquero.

Llegó en avioneta prestada por los exricos vecinos venezolanos. Primero lució prosaica sudadera bajada con horqueta de El Hueco con la inevitable toalla al hombro, guiño subliminal en homenaje a su jefe Tirofijo, el Coco Chanel que impuso la moda entre sus despelucados.

Veo a los funcionarios del Museo Nacional detrás de la sudadera y de la toalla de Timochenko para incorporarlas a sus cachivaches históricos.

El acto “guayaberil” de La Habana fue otro centímetro hacia la paz, aunque nos esperan seis eternos meses. Por eso Santos y sus muchachos están ensillando antes de traer las bestias.

Está bien plazos incumplidos: que en un año se firmaba la paz, ni un segundo menos; que no, que dentro cuatro meses se firma, que no, que en seis meses se echará la rúbrica.

Hablaré en Oslo con los que adjudican el Nobel de la paz para notificarles que ni se les ocurra adjudicárselo al frío jugador de póquer. Podríamos quedar con premio y sin paz. No nos merecemos otra patria boba.

Aunque don Timo (como habría que decirle cuando entregue los fierros) les ordenó a sus pupilos que apuren pa que se acabe la vaina. No más mosquitos ni menús recargado de micos y culebras.

Quiera la Virgen, como dicen mis tías, que la paz no se nos escurra esta vez.

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