No hay causa pérdida

No hay causa pérdida

Por el enorme desafío de proporciones épicas del personaje central, un extranjero ajeno a nuestra historia, que leyera el libro del presidente Uribe, bien se podría preguntar si lo que leyó fue una novela de ficción narrada en primera persona, o cuando menos, una novela histórica con licencia para extender la realidad al heroísmo sublime.

Por el enorme desafío de proporciones épicas del personaje central, un extranjero ajeno a nuestra historia, que leyera el libro del presidente Uribe, bien se podría preguntar si lo que leyó fue una novela de ficción narrada en primera persona, o cuando menos, una novela histórica con licencia para extender la realidad al heroísmo sublime. Pero no, es un testimonio histórico de la andadura de su autor como estadista en Colombia, en una narración reveladora de factura impecable que va hilvanando los momentos cruciales de su vida personal y publica y que mezcla magistralmente el elemento anecdótico, las cifras y el análisis político. Su autor ha tenido la cortesía con las futuras generaciones de sustraer la obra de la coyuntura política actual, haciendo de ella una pieza de literatura política perdurable e inexpugnable para sus detractores contemporáneos.

Es sobre todo una obra edificante para la juventud, pues enseña como de la violencia ejercida a la familia Uribe Vélez, broto el amor que le dio la fuerza a Álvaro para emprender tan titánica tarea de traer la paz a Colombia. Página a página, sin pretensiones, se nos va revelando ese gladiador de la democracia, adalid de la libertad y campeón de la paz, que es el presidente Uribe. Es también un viaje al pasado reciente donde la pericia narrativa del autor nos hace revivir los momentos de júbilo de la operación jaque, o el sentimiento de libertad cuando recuperamos las carreteras, o la sensación de justicia cuando cayó Reyes y se extradito a los paras, pero también, con la misma intensidad, nos hace recordar con inmenso dolor a los niños de Bojaya, o el asesinato en cautiverio de Gaviria y Echeverry, o el sacrificio de la valerosa Fiscal Cecilia Giraldo en cumplimiento de su deber, especialmente ahora que el ente acusador se afana tanto con la impunidad de sus verdugos. Es también una obra ejemplar para quienes ejercen la política. Su título le dice a gritos a los políticos que el primer requisito para serlo es tener una causa, un propósito, y a partir de ahí, les muestra los valores correctos para lograrlo: Amor, Coraje, Constancia, confianza, responsabilidad y lealtad. ¡Que lección para un entorno político enrarecido donde el ejemplo que cunde es que para ser exitoso basta con ser inescrupuloso y calculador!

Pero no solo es una obra inspiradora y ejemplarizante.  El libro es una mirada retrospectiva obligada que nos angustia, luego de que el peligro inminente ha pasado, al darnos cuenta con perplejidad de cuan cerca estuvimos de caer en el abismo. Y nos alerta de cuan frágiles pueden llegar a ser los logros obtenidos si no se continua avanzando por el camino correcto.La justicia poética en la vida real es elusiva. El epilogo del libro nos presenta al alcalde de Urrao reportándole desesperadamente  al ya ex presidente Uribe un atentado terrorista de las FARC. Para desventura de Colombia, el hecho no es anecdótico, es más bien premonitorio de años difíciles, como aquellos que en 1997 le pronostico Gabo al narrador en un hotel de Panamá. El rumbo se ha perdido, pero el gladiador sigue en la arena, y ya está viviendo un segundo tomo, porque no hay causa perdida…

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