EL CHÁVEZ QUE YO CONOCÍ (II)

EL CHÁVEZ QUE YO CONOCÍ (II)

En 1951, el ministro de gobierno de Colombia, Lucio Pabón Núñez, publicó El Pensamiento político del Libertador. Se trata de una magnífica compilación de frases de Bolívar, ordenadas por materia. Ese trabajo, hoy, con la ayuda de computador, merecería todos los aplausos. En 1951, hacer un índice analítico y recopilar todo lo dicho por Bolívar sobre cada una de las materias, era una proeza. No sobra informar que Lucio Pabón, uno de nuestros más preclaros cultivadores del pensamiento bolivariano, fue caracterizado ideólogo de la derecha colombiana del siglo XX.

Yo tenía dos ejemplares de la primera edición del libro, una de ellas empastada lujosamente. ¿Qué mejor presente para alguien como Chávez, que se declaraba heredero de ese pensamiento recopilado por Lucio Pabón? En el avión que nos conducía a una de las constantes reuniones bilaterales Uribe-Chávez, esa vez en Isla Margarita, comenté al presidente Uribe que llevaba ese regalo para el venezolano.

Al contrario de lo que ocurría con Uribe, a quien todo el mundo se le acercaba para saludarlo, la guardia pretoriana de Chávez, integrada por cubanos gigantescos y mal encarados, creaba un cerco de hierro impenetrable, que solo podía traspasar la persona que era señalada y llamada por el propio dictador. En Isla Margarita, Chávez (o su guardia) andaba particularmente paranoico y ni siquiera los ministros de la delegación colombiana tuvieron acceso al salón de reunión. En fin, que el libro de Pabón Núñez nunca le iba a ser entregado a Chávez, pensé, y me desentendí del asunto. Subí a trabajar tranquilo a la habitación del hotel, pero a eso de las 12 de la noche, sentí que golpeaban fuertemente a la puerta. –¿Usted es Gaviria?, preguntó uno de los ogros cubanos. -El presidente Chávez lo llama. A partir de ese momento, el desapercibido asesor de Uribe, con rango de soldado raso o de esclavo egipcio, ascendió, para los cubanos, a una especie de arcángel en la jerarquía del reino celestial. Si el presidente Chávez había pronunciado mi nombre y me llamaba a su presencia, todo el mundo tenía que postrarse a mi paso y cada una de las mil puertas que me separaran del caudillo, tenían que abrirse. ¡Y se abrieron!

¿Qué había pasado?  Resulta que al terminar la cumbre, Chávez le dijo a Uribe: ¿por qué no trajiste a Gaviria? -¡Claro que vino!, respondió Uribe, y te tiene un regalo (a pesar de todas las circunstancias, Uribe y Chávez nunca dejaron de ‘tutiarse’). Esa la razón de por qué terminé aquella noche tertuliando con Chávez sobre la que yo llamé “la forzada conversión del más profundo pensador liberal de América latina, Bolívar, en un burlesco agitador marxista tropical”.

El cuento de ese encuentro es largo; más propio para capítulo de unas memorias que para el estrecho espacio de una columna periodística. Unos días después publiqué en El Tiempo y en El Colombiano un ensayo en el que reunía parte de lo que aquella noche dije a Chávez. Él, a su vez, hizo publicar en revistas venezolanas, ríspidas respuestas de sus intelectuales contra mis argumentaciones. Mi ensayo llevaba un título desafiante, Historia de un gran fraude, y comenzaba con este reto: “Carlos Marx escribió: "Bolívar fue el canalla más cobarde, brutal y miserable". Y los marxistas, durante muchos años, creyeron a pie juntillas ese disparate”. Pero más urticaria le produjo a Chávez mi tesis de que, dado que a principios del siglo XX, el marxismo enfrentaba encarnizadamente a la democracia norteamericana como a su principal enemigo, una de las más graves razones para que los dichos marxistas odiaran al Libertador, había sido la evidente admiración de Bolívar por el pueblo, las instituciones y la memoria de los fundadores de Norteamérica. El alegato fue bueno, les aseguro. Después les cuento pormenores.

Por José Obdulio Gaviria Vélez
22/03/2012
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